El nuevo libro del cardenal Sarah reivindica la grandeza de la música sacra

El nuevo libro del cardenal Sarah reivindica la grandeza de la música sacra

La próxima publicación del cardenal Robert Sarah, Song of the Lamb — Sacred Music and the Heavenly Liturgy, se presenta como una reflexión decisiva sobre la música sagrada y su lugar en la vida de la Iglesia. El libro, que será presentado en diversos actos públicos en Estados Unidos, nace de un extenso diálogo con Peter Carter —músico y subdirector de música sacra del Aquinas Institute de Princeton— y reivindica la grandeza objetiva del canto sacro, al tiempo que denuncia la pérdida de trascendencia que ha marcado a la liturgia en las últimas décadas.

En una entrevista telefónica concedida al National Catholic Register, Carter explica que el objetivo de la obra es devolver a la música sagrada su función esencial: conducir las almas a Dios, abrirlas al misterio y elevarlas hacia la santidad. A su juicio, esta propuesta pretende ir más allá de las tensiones propias de las llamadas “guerras litúrgicas” y recuperar la tradición viva que la Iglesia ha custodio durante siglos.

La música sagrada como anticipo del cielo

Carter subraya que la mejor música litúrgica introduce a los fieles —aunque de modo imperfecto— en la atmósfera del cielo. Sin embargo, reconoce que en muchas parroquias este ideal parece lejano y explica que la mediocridad de gran parte del repertorio moderno no se debe a mala intención, sino a una comprensión incompleta del fin principal del culto: la gloria de Dios.

Cuando la música se centra en “crear ambiente”, fomentar comunidad o resultar acogedora, afirma, se pierde de vista que la liturgia no es un encuentro social, sino participación en el sacrificio de Cristo. “La Iglesia siempre ha enseñado que la finalidad primaria es glorificar a Dios; la edificación de los fieles es secundaria y depende de la primera”, recuerda.

El desplazamiento desde el sacrificio hacia la asamblea

El libro expone que el problema está unido a un cambio de enfoque más amplio que ha afectado a la liturgia desde hace décadas: la tendencia a concebir la Misa ante todo como reunión comunitaria. Este énfasis excesivo, advertido en su día por Benedicto XVI, influye tanto en el uso extendido del versus populum como en la práctica de exigir que todo el repertorio sea cantado por la asamblea, eliminando la polifonía y gran parte del tesoro musical de la Iglesia.

El resultado, según Carter, es una participación mal entendida. La verdadera participación no consiste en “hacer cosas”, sino en entrar en la adoración del Dios vivo.

Es así como el cardenal Sarah aborda en el libro las raíces de la crisis litúrgica, comenzando por la comprensión misma de la liturgia. Cuando la definición del culto se deforma —dice—, las conclusiones teológicas y los gestos rituales se desvían de su sentido. Por ello, insiste en volver a la enseñanza de la Iglesia sobre la naturaleza del culto cristiano y su dimensión vertical.

¿Y qué pasa con la música moderna que “acerca a Dios”?

Carter reconoce que ciertos estilos musicales pueden ayudar a las almas en su vida espiritual personal. Pero distingue claramente la experiencia subjetiva de las normas litúrgicas universales. La música de la Misa no se define por gustos ni por popularidad, sino por su capacidad objetiva de reflejar belleza, verdad y dignidad sobrenatural.

El problema no es que alguien aprecie un estilo concreto, sino confundir lo que puede agradar a nivel personal con lo que es adecuado para el culto público de la Iglesia. Por eso, insiste en una actitud de humildad: dejar que la Iglesia forme nuestra sensibilidad, en lugar de moldear la liturgia según preferencias individuales.

El lugar del canto gregoriano en la liturgia

A la pregunta de si la restauración del canto gregoriano podría ser una solución, Carter responde sin dudar: el gregoriano es inseparable del desarrollo de la liturgia y no debe verse como un añadido “externo” a la Misa reformada. Recuperar su “puesto de honor”, tal como pidió el Concilio Vaticano II, sería un paso decisivo para sanar la liturgia.

Recuerda además que la tradición musical de la Iglesia no es un museo estático, sino una realidad viva: un canto del siglo IX, cuando se entona hoy, deja de ser “histórico” para convertirse en oración presente.

Formar músicos, sacerdotes y obispos

Carter espera que el libro ayude a sacerdotes y obispos a redescubrir su misión como custodios de la liturgia. Lamenta que existan pocos documentos recientes sobre música sagrada desde Musicam Sacram (1967) y considera providencial que el cardenal Sarah vuelva a poner el tema en primer plano.

El objetivo de la obra —señala— es mostrar la grandeza del tesoro musical de la Iglesia y animar a quienes aman la buena música sacra a profundizar en él. “La música no es algo que se piensa, sino algo que se vive y se respira para alabar a Dios”, comenta.

Si la Iglesia vuelve a la santidad y a la adoración, afirma el coautor, la renovación musical llegará como consecuencia. La historia demuestra que el Señor renueva su Iglesia a través de los santos, y que la música puede ser instrumento privilegiado para encender los corazones. A su juicio, hay motivos para la esperanza. Lo esencial es mantener la mirada en Cristo y avanzar con fidelidad.

Dejamos a continuación la entrevista completa:

—Señor Carter, ¿cuál es el impulso de este libro? ¿Cómo surgió?

La relevancia particular de este libro hoy es que responde al deseo y a la necesidad de belleza, sinceridad e integridad en la liturgia. Y lo hace, espero, de un modo que trasciende las discusiones y tensiones asociadas a las “guerras litúrgicas”.

El cardenal Sarah llama a la renovación constante de la sagrada liturgia mediante el redescubrimiento de la enseñanza y la tradición de la Iglesia sobre la música sagrada, y muestra por qué no solo sigue siendo relevante, sino digna de ser conocida y amada como ese “tesoro de valor inestimable” del que habla la Iglesia.

—Hace años hubo un libro famoso: Why Catholics Can’t Sing: The Culture of Catholicism and the Triumph of Bad Taste. En el suyo, usted habla de que la música sagrada nos introduce en la atmósfera del cielo. ¿Por qué la música litúrgica es considerada tan pobre en las últimas décadas?

Uno de los mayores elogios que puede recibir un músico de iglesia es que alguien diga que la música “le hizo sentir como si estuviera en el cielo”. Aunque pueda sonar exagerado, expresa una verdad teológica real: la participación en la liturgia en la tierra es, en esencia, una participación en la adoración celestial de Dios, rodeados de santos y ángeles ante el altar. Por eso la música sagrada —y toda la liturgia— debe orientarnos hacia esa realidad profunda, instruirnos e invitarnos al culto divino.

El problema persistente de la música sagrada poco inspiradora se entiende mejor si formulamos la pregunta de otra manera: ¿por qué tanta música litúrgica no consigue orientar las almas hacia el culto de Dios?

Normalmente la mala música no es fruto de negligencia intencionada, sino de una comprensión deficiente de los fines primarios. Muchas veces la prioridad se desplaza hacia “conectar a la gente”, crear un ambiente acogedor o fomentar la comunidad. Estos son valores importantes en sí mismos, pero no son la finalidad primaria de la liturgia, que —como recordaba san Pío X— es para el culto y la gloria de Dios.

Solo en segundo lugar —y subordinado a lo primero— la liturgia sirve para la santificación y edificación de los fieles.

La comunidad es vital, pero debe estar correctamente ordenada respecto al fin supremo: glorificar a Dios.

—¿Diría que esta tendencia está relacionada con la idea más amplia de concebir la Misa principalmente como un evento comunitario en vez de un sacrificio?

Sí, creo que es así. Este énfasis excesivo en la asamblea, destacado por teólogos como Benedicto XVI tanto antes como durante su pontificado, sigue afectando a muchos aspectos de las celebraciones litúrgicas actuales.

Incluye la práctica de celebrar versus populum y el hecho de que, en muchas parroquias, toda la música se exige que sea cantada por la asamblea. Esto excluye la mayor parte del repertorio tradicional de la Iglesia e intensifica un enfoque centrado en la comunidad más que en el misterio.

La teología litúrgica de la Iglesia es clara: la liturgia invita a los fieles y los introduce en los misterios de Cristo y en la vida de la Trinidad. El desafío es restaurar la música sagrada a su propósito auténtico: glorificar a Dios y guiar a los fieles hacia esa gloria.

—¿Cree que descubrir las raíces del problema puede ayudar a resolverlo? ¿El libro trata esto?

Sí. El cardenal Sarah aborda claramente la crisis litúrgica y examina sus raíces. Al iniciar el libro, ofrece una reflexión sobre la definición de liturgia y sobre cómo debemos entender la naturaleza y el propósito del culto cristiano.

Si este fundamento se entiende mal, nuestras prácticas y conclusiones teológicas reflejarán ese error. Él explica hermosamente la naturaleza de la liturgia y proporciona el marco adecuado para comprender las enseñanzas de la Iglesia sobre la música sagrada.

—¿Qué respondería a los fieles que dicen que les gustan los himnos modernos o la música de guitarra en la iglesia, porque les acerca a Dios?

El cardenal Sarah dedica a este tema una reflexión profunda. Nuestra vida entera —no solo la liturgia— debe acercarnos a Dios. Y muchas cosas, incluidos diversos estilos musicales, pueden ayudarnos espiritualmente fuera del contexto litúrgico. La belleza y bondad que encontramos en la creación pueden ser señales de la presencia de Dios.

Por eso, cuando un tipo de música nos conmueve, puede ser un indicio legítimo de la acción de Dios en nuestras vidas.

Creo que, en lugar de condenar directamente ciertos estilos modernos o populares, es más útil preguntarnos si discernimos verdaderamente la belleza como reflejo del Creador, y si dejamos que nuestras almas se formen para amar lo que refleja más plenamente sus atributos.

Sin embargo, cuando hablamos de la liturgia, la Iglesia ofrece criterios universales y comunitarios. La música litúrgica no se define por gustos personales ni por popularidad, sino por lo que es objetivamente bello y capaz de elevar el alma, aunque ciertos estilos —como la polifonía— no sean del agrado de todos.

Incluso grandes autores como Chesterton o Evelyn Waugh no siempre apreciaron ciertas obras consideradas sublimes, pero no por eso pretendieron impedir que otros las valoraran.

La cuestión es: ¿permitimos que la Iglesia forme nuestro gusto, o pretendemos que la liturgia se adapte a nuestras preferencias?

Como escribe el cardenal Sarah, nuestra postura debe ser humilde. Debemos imitar a los Apóstoles cuando dijeron: “Señor, enséñanos a orar”.

—El Concilio Vaticano II pidió que el canto gregoriano conservara un lugar privilegiado. ¿Una solución podría ser reintroducirlo en la Misa reformada?

El canto gregoriano está inseparablemente unido al desarrollo de la liturgia. No pueden separarse, porque el gregoriano es la música propia de la liturgia desde hace siglos.

Además, aunque la música sacra se desarrolló más tarde en formas polifónicas, el gregoriano sigue siendo la expresión litúrgica por excelencia, nacida en el seno de la Iglesia. Creo que avanzaríamos significativamente si las parroquias obedecieran al Concilio y devolvieran al gregoriano su “puesto de honor”.

Esto no debe entenderse como introducir artificialmente algo ajeno a la liturgia, sino como recuperar nuestras raíces musicales e identificar lo que es verdaderamente propio de nuestra identidad católica.

La música sagrada es una tradición viva, no un museo. Cuando hoy cantamos un himno del siglo IX o un salmo, esas palabras no son “antiguas”: son nuevas en el instante en que se cantan, porque se convierten en oración viva ante Dios.

Así, la música sagrada nunca está “acabada”: participa del mismo dinamismo de la liturgia, que no es una recreación histórica, sino un acto vivo que resuena entre el tiempo y la eternidad.

—¿Qué espera que logre el libro? ¿Qué cambios desea inspirar en la música sagrada actual?

El libro ofrece una introducción sólida a la rica tradición de la Iglesia sobre música sagrada, una enseñanza que muchos católicos desconocen. Desde Musicam Sacram (1967), no ha habido muchos documentos magisteriales recientes sobre el tema. Joseph Ratzinger escribió mucho al respecto, pero creo que es providencial que el cardenal Sarah retome esta cuestión hoy.

Mi esperanza es que el libro forme e inspire a sacerdotes y obispos en su misión como custodios de la liturgia, confirmándoles en la convicción de que vale la pena esforzarse por celebrar con belleza e integridad.

También espero que los músicos y los fieles que aman la música sagrada comprendan más profundamente por qué es tan importante, y que continúen formándose para alabar a Dios con mayor alegría y con todo su ser. La música sagrada no es solo algo que se analiza: es algo que se vive, se respira y se convierte en oración.

—La Iglesia, siendo “la única Iglesia verdadera”, debería tener la mejor música sagrada. ¿Cómo puede recuperarse esa excelencia?

Me viene a la mente el mandato de Cristo: “Busquen primero el Reino de Dios y lo demás se les dará por añadidura”. Todos estamos llamados a la santidad y a buscar el Reino. Si hacemos esto sinceramente, lo demás llegará.

Esto no significa que no haya que trabajar activamente por la renovación también en la música, pero no debemos perder de vista el fin último. Cristo ha renovado la Iglesia muchas veces a través de los santos, y ruego que la música sagrada sea uno de los instrumentos que Él utilice hoy para renovar el corazón de muchos.

Hay signos de esperanza. Solo debemos avanzar en la fe y mantener la mirada fija en Cristo.

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