Este lunes 17 de noviembre, el cardenal Matteo Zuppi, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), dio inicio a la Asamblea General de los obispos en Asís con un discurso en el que afirmó que el fin de la civilización cristiana no debe entenderse como una derrota, sino como un “kairos”, un tiempo oportuno querido por Dios para que la Iglesia “vuelva a lo esencial” y recupere “la libertad de los comienzos”.
Según Zuppi, la secularización no supone el ocaso del Evangelio, sino el fin de un “orden de poder y cultura”. A su juicio, el cristiano contemporáneo ya no es “custodio de un mundo cristiano”, sino “peregrino de una esperanza” que avanza incluso en un contexto social descristianizado.
Una «nueva cristiandad» desligada de la antigua
Como recuerda La Nuova Bussola Quotidiana, la propuesta de Zuppi no es nueva. En los últimos años, figuras como el cardenal Jozef De Kesel, arzobispo emérito de Malinas-Bruselas, defendieron planteamientos similares. La idea tiene raíces en cierta teología de los años sesenta y en el pensamiento de Jacques Maritain, que soñó con una “nueva cristiandad” desligada de la antigua.
La novedad es que esta tesis vuelva a ser proclamada con tanta fuerza por el presidente de la CEI, precisamente en un momento cultural marcado por la disolución acelerada de los vínculos cristianos en la sociedad europea.
El planteamiento genera una inquietud de fondo: si la secularización es un “tiempo de gracia”, entonces —implícitamente— la cristiandad habría sido un error histórico, un desvío, un periodo en el que la fe habría quedado “oscurecida” por estructuras políticas y culturales que, según Zuppi, no transmitieron el Evangelio con suficiente transparencia.
“La cristiandad no fue un error, el error es despreciarla”
La crítica central se dirige contra la interpretación negativa de los siglos en los que la fe marcó la cultura, el derecho, el arte y la vida social de Europa. La Bussola señala que reducir la cristiandad a un sistema de poder es un juicio “históricamente injusto y teológicamente empobrecido”, que ignora la fecundidad espiritual, cultural y misionera de esos siglos.
La afirmación de Zuppi supone entonces, afirmar que los santos, los fundadores, las comunidades cristianas y los grandes movimientos de reforma vivieron y anunciaron el Evangelio de manera oscurecida, y que solo ahora —gracias a la secularización— la Iglesia puede hacerlo con autenticidad.
Del dato al dogma: la secularización como principio teológico
Otro punto de crítica se centra en el riesgo de convertir un fenómeno sociológico —la secularización— en un principio de interpretación teológica. En ese sentido, Zuppi no se limita a describir el estado de la sociedad, sino que eleva ese estado a criterio normativo, transformando un hecho cultural en un “dogma práctico” a partir del cual se reinterpretan la fe, la misión y la propia historia de la Iglesia.
El problema es que la secularización no es un fenómeno neutro ni espontáneo: es el resultado de un largo proceso de pensamiento contrario al cristianismo, desde la Reforma hasta los movimientos anticlericales modernos. Tomarla ahora como una luz que debe orientar a la Iglesia implicaría legitimar las mismas fuerzas que en su origen quisieron apartar a la sociedad de la fe.
El centenario de Quas primas: un contraste inevitable
El mensaje de Zuppi llega, además, en una fecha cargada de simbolismo: el centenario de Quas primas, la encíclica de Pío XI sobre la Realeza social de Cristo. Publicada el 11 de diciembre de 1925, la encíclica afirmaba exactamente lo contrario de lo que sugiere Zuppi: que la fe no debe ser relegada al ámbito privado y que la sociedad necesita reconocer la soberanía de Cristo para alcanzar su verdadero orden. La lógica del discurso del cardenal llevaría a considerar Quas primas como un error histórico, propio de una época “superada”, incompatible con el nuevo “kairos” de la secularización.
