El sacerdote y teólogo italiano Nicola Bux, consultor en materia litúrgica durante los pontificados de Benedicto XVI y Francisco, ha hecho pública una carta abierta dirigida al cardenal Blase Cupich, arzobispo de Chicago, en la que rebate sus recientes críticas a la Misa tradicional. La misiva, publicada este 18 de noviembre por Edward Pentin, defiende la vigencia y la importancia del usus antiquior como expresión de la identidad profunda de la Iglesia.
Para situarnos un poco en contexto, la carta es una respuesta a la reflexión de Cupich sobre la exhortación apostólica Dilexit te, de León XIV, en la que el cardenal rebaja la solemnidad de la Misa a una asamblea fraterna que puede ser compartida con los más pobres. Para Cupich, la Misa Tradicional resulta ser un espectáculo influenciado por los elementos de cortes imperiales y reales:
«La reforma litúrgica se benefició de la investigación académica sobre los recursos litúrgicos, identificando esas adaptaciones, introducidas a lo largo del tiempo, que incorporaban elementos de las cortes imperiales y reales. Esa investigación dejó claro que muchas de estas adaptaciones habían transformado la estética y el significado de la liturgia, haciendo que la liturgia fuera más un espectáculo que la participación activa de todos los bautizados para que se formen para unirse a la acción salvadora de Cristo crucificado. Al purificar la liturgia de estas adaptaciones, el objetivo era permitir que la liturgia sostuviera el renovado sentido de la Iglesia de sí misma».
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Es así como mons. Bux sitúa su reflexión en una clave teológica: la liturgia, afirma, no es un ejercicio estético ni una animación comunitaria, sino la manifestación pública del culto debido a Dios, una realidad que los cristianos han sostenido incluso frente a persecuciones. Por ello, rechaza que el Concilio Vaticano II haya pedido una liturgia “pobre” o banalizada, y recuerda que la “noble sencillez” solicitada por Sacrosanctum Concilium se refiere a la claridad ritual, no al empobrecimiento del culto.
La belleza del culto como signo de la majestad divina
Bux recuerda que tanto Oriente como Occidente han entendido desde antiguo que la liturgia posee una cualidad “regia”, porque expresa que solo Dios merece adoración. Cita incluso a san Francisco de Asís, quien, lejos de abogar por un culto despojado, pedía que los mejores ornamentos y vasos sagrados fueran empleados en la Misa.
Participación activa: entrar en el misterio, no copiar al mundo
En la carta, el teólogo retoma la noción conciliar de “participación activa”, que describe como una entrada en el Misterio mediante oraciones y ritos, en continuidad con santo Tomás de Aquino. Critica, en cambio, la tendencia a confundir participación con espectáculo o animación.
Cita una reflexión del entonces sacerdote Robert Prevost —hoy Papa León XIV— pronunciada en 2012, donde afirmaba que evangelizar hoy implica reorientar la atención del público desde el espectáculo hacia el misterio. Según Bux, esto es precisamente lo que consigue la liturgia tradicional.
Advertencia sobre las “deformaciones” del novus ordo
El sacerdote invita a Cupich a recordar lo que Benedicto XVI describió como “deformaciones al límite de lo soportable” presentes en algunos contextos litúrgicos posteriores al Concilio: aplausos, bailes y elementos impropios del culto, ya denunciados por san Cipriano. Por ello, sostiene que la liturgia debe conservar su carácter solemne y apologético, capaz de mover a la conversión.
Dejamos a continuación la carta completa de mons. Bux:
A Su Eminencia el Cardenal Blase Cupich
Su Eminentísima Excelencia,
«Porque pienso que Dios nos ha expuesto a nosotros los apóstoles como últimos de todos, como condenados a muerte; porque nos hemos convertido en espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres» (1 Cor 4, 9). Esta afirmación del Apóstol describe la identidad del cristianismo, tanto como proclamación del Evangelio como culto público de la Iglesia. Centrándonos en esto último, se puede decir con razón que la liturgia es el espectáculo que ofrecen al mundo aquellos que adoran a Cristo, único Señor del cosmos y de la historia, al que pertenecen y no al mundo. Esto lo recuerda la expresión «servicio litúrgico», que es verdaderamente apropiada —a diferencia del término «animación», ahora en boga—, como si el culto no estuviera ya animado por Jesucristo y por el Espíritu Santo.
Después de las persecuciones, esto se hizo evidente, porque los cristianos no quemaban incienso al emperador romano, sino a Jesús, el Hijo de Dios. Por lo tanto, la liturgia católica tiene características reales e imperiales —las liturgias orientales nos lo enseñan— porque la adoración a Dios se opone a cualquier adoración a los gobernantes mundanos del momento.
No es cierto que el Concilio Vaticano II deseara una liturgia pobre, ya que pide que «los ritos resplandezcan de noble sencillez» (Constitución sobre la liturgia, 34), porque deben hablar de la majestad de Dios, que es la nobleza misma de la belleza, y no de banalidades mundanas. La Iglesia lo entendió así desde el principio, tanto en Oriente como en Occidente. Incluso san Francisco prescribió que se utilizaran los lienzos y vasos más preciosos en el culto.
¿Qué es entonces la «participación» de los fieles, si no es formar parte y tomar parte en el «espectáculo» de una fe que afirma a Dios y, por lo tanto, desafía al mundo y sus espectáculos profanos, que son realmente espectaculares: pensemos en las megaconferencias y los conciertos de rock? La liturgia expresa lo sagrado, es decir, la presencia de Dios; no es una representación teatral. La participación deseada por el último Concilio debe ser plena, consciente, activa y fructífera (ibíd. 11 y 14), es decir, una «mistagogia», una entrada en el Misterio que tiene lugar per preces et ritus [a través de oraciones y ritos], que, como nos recuerda santo Tomás, debe elevarnos lo más posible a la verdad y la belleza divinas (quantum potes tantum aude); o, en palabras del entonces padre Robert F. Prevost: «Nuestra misión es introducir a las personas en la naturaleza del misterio como antídoto contra el espectáculo. Por consiguiente, la evangelización en el mundo moderno debe encontrar los medios adecuados para reorientar la atención del público, desplazándola del espectáculo hacia el misterio» (11 de mayo de 2012). El usus antiquior del rito romano cumple esta función; de lo contrario, no habría podido resistir la secularización de lo sagrado que entró en la liturgia romana, hasta el punto de hacer creer a la gente que el propio Concilio lo quería así. Esta es la identidad y la misión de la Iglesia.
Por último, Eminencia, le invito a considerar que la liturgia, desde la antigüedad, era solemne con el fin de convertir a muchos a la fe, y por esta razón también debe tener un valor apologético y no imitar las modas del mundo, como nos recuerda San Cipriano (aplausos, bailes, etc.), hasta las «deformaciones al límite de lo soportable» que entraron en el novus ordo, como observó Benedicto XVI. Esta es la autenticidad de la «sagrada liturgia»; este es el ars celebrandi, como lo demuestra el ofertorio de la misa, que se realiza para las necesidades del culto y para los pobres.
Por lo tanto, Eminencia, ¡le pido que entable un diálogo sinodal por el bien de la unidad eclesial!
En el Señor Jesús,
P. Nicola Bux
