Este lunes 17 de noviembre, el Papa envió un videomensaje dirigido a las Iglesias del Sur Global con motivo de la COP30 en Belém, reforzando la implicación del Vaticano en el debate climático y pidiendo un apoyo explícito al Acuerdo de París. Su intervención, cargada de urgencia moral, consolida la orientación del actual pontificado hacia una presencia activa —y cada vez más visible— en los marcos multilaterales de la gobernanza climática global.
El mensaje del Santo Padre coincide con la presentación de un documento común de cardenales de América Latina, África y Asia en defensa de la “casa común”. Pero la preocupación de fondo permanece: ¿hasta qué punto la Iglesia puede involucrarse en estructuras internacionales profundamente marcadas por agendas ideológicas ajenas, o incluso contrarias, a la antropología cristiana? Ese es el debate que subyace, cada vez con más fuerza.
Una llamada a la acción en el contexto de la COP30
El mensaje no se limitó a una reflexión espiritual sobre la creación; fue también una advertencia respecto al costo humano de la inacción. León XIV subrayó que la crisis climática está golpeando especialmente a los más pobres y vulnerables, y denunció la indiferencia de quienes siguen viendo el fenómeno como algo lejano o abstracto. Describió con crudeza las inundaciones, sequías y olas de calor que afectan a millones, y alertó sobre el cierre progresivo de la ventana para contener el aumento de la temperatura global.
Al mismo tiempo, ofreció una visión de esperanza. Valoró el esfuerzo conjunto de las Iglesias del Sur Global reunidas en Belém y llamó a renovar la determinación para realizar “acciones concretas”, insistiendo en que la cooperación internacional sigue siendo indispensable para cualquier avance real.
El Papa agradece a las Iglesias del Sur Global por no resignarse y por construir “una comunidad global que trabaja en conjunto”. Sin embargo, la insistencia en presentar la Amazonia como “símbolo vivo de la creación” —concepto que desde hace años opera como categoría política además de ecológica— muestra cómo el discurso ambiental de la Santa Sede se ha imbricado profundamente en la narrativa promovida por los organismos internacionales presentes en la COP.
Un respaldo explícito al Acuerdo de París
El Pontífice afirma sin matices que el Acuerdo de París “sigue siendo nuestra herramienta más poderosa” para afrontar la crisis climática. Y reprocha la falta de voluntad política de los Estados para aplicarlo con la contundencia que él considera necesaria.
Vemos así el alineamiento casi literal con el discurso climático de la ONU. La Iglesia tiene autoridad moral para denunciar injusticias y defender la creación; pero, como recuerdan diversos obispos y teólogos, su misión no es avalar sin reservas estructuras políticas globales cuya visión del ser humano suele incluir propuestas contrarias a la dignidad de la vida, a la libertad educativa, a la familia natural o a la soberanía moral de los pueblos.
León XIV habla de una “ventana que se está cerrando” y llama a actuar “con rapidez, fe y profecía”. Sin embargo, cuando la Santa Sede se expresa con una contundencia casi idéntica a la de los líderes políticos de la COP, la voz profética de la Iglesia comienza a diluirse y surge una Iglesia que se identifica más como una ONG global que como la depositaria de la verdad sobre el hombre y su relación con Dios.
La Iglesia como “guardiana de la creación”, entre cooperación y prudencia
León XIV evocó la necesidad de caminar junto a científicos, líderes políticos y religiosos, subrayando que la Iglesia debe actuar como “guardiana de la creación”, no como rival de otras instituciones. Sin embargo, ese mismo lenguaje evidencia una tensión. La Iglesia puede y debe cuidar la creación, pero no puede permitir que su misión profética se diluya en una narrativa climática que, en muchas ocasiones, viene acompañada de propuestas contrarias a la dignidad humana y al orden natural.
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El desafío es conservar la claridad doctrinal mientras se participa en el diálogo internacional. Con este mensaje, León XIV busca mostrar una Iglesia comprometida con los más vulnerables, pero la forma de ese compromiso deberá ser discernida con atención para no quedar atrapada en un discurso políticamente condicionado.
A continuación, dejamos el mensaje íntegro de León XIV:
“Saludo a las Iglesias particulares del Sur Global reunidas en el Museo Amazónico de Belém, acompañando la voz profética de mis hermanos Cardenales en la COP 30, diciendo al mundo con palabras y gestos que el Amazonas sigue siendo un símbolo vivo de la creación con una urgente necesidad de cuidado.
Ustedes eligieron la esperanza y la acción en lugar de la desesperación, construyendo una comunidad global que trabaja en conjunto. Se han logrado avances, pero no suficientes. La esperanza y la determinación deben renovarse, no sólo con palabras y aspiraciones, sino también con acciones concretas.
La creación clama en inundaciones, sequías, tormentas y un calor implacable. Una de cada tres personas vive en gran vulnerabilidad debido a estos cambios. Para ellos, el cambio climático no es una amenaza distante. Ignorar a estas personas es negar nuestra humanidad compartida. Aún hay tiempo para mantener el aumento de la temperatura global por debajo de 1,5 °C, pero la ventana se está cerrando. Como custodios de la creación de Dios, estamos llamados a actuar con rapidez, fe y profecía para proteger el don que Él nos confió.
El Acuerdo de París ha impulsado un progreso real y sigue siendo nuestra herramienta más poderosa para proteger a las personas y al planeta. Pero debemos ser honestos: no es el Acuerdo el que está fallando, sino nuestra respuesta. Lo que está fallando es la voluntad política de algunos. El verdadero liderazgo implica servicio y apoyo a una escala que pueda hacer de verdad la diferencia. Acciones climáticas más contundentes crearán sistemas económicos más sólidos y justos. Medidas políticas y climáticas firmes constituyen una inversión en un mundo más justo y estable.
Caminamos junto a científicos, líderes y pastores de todas las naciones y credos. Somos guardianes de la creación, no rivales por sus bienes. Enviemos juntos un mensaje global claro: las naciones permanecen unidas en firme solidaridad con el Acuerdo de París y la cooperación climática.
Que este Museo Amazónico sea recordado como el espacio donde la humanidad eligió la cooperación sobre la división y la negación.
Que Dios los bendiga a todos en sus esfuerzos por seguir cuidando la creación de Dios. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.”
