Planellas, póngase a trabajar

Planellas, póngase a trabajar

«Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses

2 Tesalonicenses 3, 7-12

Hermanos: Ya saben cómo deben vivir para imitar mi ejemplo, puesto que, cuando estuve entre ustedes, supe ganarme la vida y no dependí de nadie para comer; antes bien, de día y de noche trabajé hasta agotarme, para no serles gravoso. Y no porque no tuviera yo derecho a pedirles el sustento, sino para darles un ejemplo que imitar. Así, cuando estaba entre ustedes, les decía una y otra vez: «El que no quiera trabajar, que no coma».

Y ahora vengo a saber que algunos de ustedes viven como holgazanes, sin hacer nada, y además, entrometiéndose en todo. Les suplicamos a esos tales y les ordenamos, de parte del Señor Jesús, que se pongan a trabajar en paz para ganarse con sus propias manos la comida.»

 

La segunda lectura de hoy —2 Tesalonicenses 3, 7-12— se la dedico, con cariño fraternal y unas gotas de ácido sulfúrico, al arzobispo Joan Planellas. Sí, usted, excelentísimo: el mismo que se escandaliza más por un rosario delante de un abortorio que por el aborto mismo; el que detecta “ideologización” cuando una anciana reza un avemaría en la acera, pero no cuando un medio militante le marca la agenda pastoral como quien da órdenes al chófer.

Dice San Pablo, con una claridad que a usted seguramente le parecerá “poco sinodal”: «Cuando estuve entre ustedes, trabajé día y noche hasta agotarme; no porque no tuviera derecho, sino para darles un ejemplo. El que no quiera trabajar, que no coma». Y uno, inevitablemente, piensa en usted, monseñor. No porque no trabaje —faltaría más—, sino porque el “trabajo” que practica últimamente consiste en repetir como un eco dócil todos los mantras del progresismo clerical, pero con ese acento litúrgico que hace creer a algunos que la cosa viene de lo alto y no de la redacción de Público.

San Pablo sabía ganarse el pan con sus manos. No vivía de titulares complacientes ni de entrevistas prefabricadas. No estaba obsesionado en caer simpático al mundo. No necesitaba que un periodista de confianza le sirviera en bandeja una batería de preguntas a medida. Pablo era curtido; usted, en cambio, parece recién salido de un cursillo de sensibilidades líquidas. Cuando el Apóstol dice “el que no quiera trabajar, que no coma”, uno sospecha que le habla directamente, como quien deja caer una carta sobre una mesa llena de papeles desordenados “con método”. Porque usted, trabajar, lo que se dice trabajar, desde luego no se deslomó en una fábrica como aquellos curas obreros que tanto idolatra la progresía de antaño. Eso sí que era progresismo: equivocadísimo, pero al menos sudaban el pan y no vivían con la cuidadora rusa de su madre mientras daban lecciones sobre la explotación de los oprimidos.

Es curioso: los progres auténticos, los de mono azul y sirena de taller, aquellos que se metían en la mina, en el astillero o en el tajo, podrán haber confundido el Evangelio con el Comité Central, pero por lo menos se levantaban a las cinco de la mañana. Usted, en cambio, ha perfeccionado el progresismo de salón: todo son sermones sobre la acogida, la inclusión y los migrantes, mientras demoniza a los fieles que rezan el rosario y bendice con entusiasmo las ocurrencias de la última moda planetaria. Pero poner el lomo, lo que se dice poner el lomo… eso jamás. En eso no es nada veterotestamentario.

Y luego está lo de entrometerse. San Pablo habla de los que “no hacen nada y además se entrometen en todo”. Qué retrato más fino: el obispo que, incapaz de alzar la voz contra el aborto, el escándalo litúrgico o el derrumbe doctrinal, encuentra sin embargo energías ilimitadas para regañar a los católicos que osan rezar en la vía pública. Unos rezan, otros pontifican sobre si rezar les parece adecuado. ¿Quién trabaja y quién se entromete?

La lectura de hoy no requiere grandes exégesis. No hace falta un tratado patrístico, ni un sínodo, ni un proceso de escucha comunitaria. Es más simple. San Pablo le está diciendo a usted, monseñor: deje de vivir de frases hechas, deje de tratar la fe como si fuera un comunicado de Amnistía Internacional, deje de acomodarse en una diócesis cuyo principal problema, según usted, parece ser que unos fieles recen demasiado en voz alta. Trabaje. Enséñenos la fe. Defienda a los inocentes. Llame pecado al pecado. Llame injusticia a la injusticia. Asuma que el Evangelio no vino a pedir disculpas.

Mientras tanto, ahí queda la lectura de hoy. No se preocupe si escuece: la Palabra de Dios suele hacerlo. Y más cuando se le aplica a quien no quiere mancharse las manos, pero se anima a corregir a los que todavía sí las usan para rezar el rosario.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando