Carta del general Enrique Gorostieta a los obispos mexicanos
Desde que comenzó nuestra lucha, no ha dejado de ocuparse periódicamente la prensa nacional, y aun la extranjera, de posibles arreglos entre el llamado gobierno y algún miembro señalado del Episcopado mexicano para terminar el problema religioso. Siempre que tal noticia ha aparecido, han sentido los hombres en lucha que un escalofrío de muerte los invade, peor mil veces que todos los peligros que se han decidido a arrostrar, peor, mucho peor que todas las amarguras que han debido apurar. Cada vez que la prensa nos dice de un obispo posible parlamentario con el callismo, sentimos como una bofetada en pleno rostro, tanto más dolorosa cuanto que viene de quien podríamos esperar un consuelo, una palabra de aliento en nuestra lucha; aliento y consuelo que, con una sola honorabilísima excepción, de nadie hemos recibido […]. Siempre han sido esas noticias como duchazos de agua helada a nuestro cálido entusiasmo […]. Ahora que los que dirigimos en el campo necesitamos de un apoyo moral por parte de las fuerzas directoras, de manera especial de las espirituales, vuelve la prensa a esparcir el rumor de posibles pláticas entre el actual Presidente y el Sr. Arzobispo Ruiz y Flores […].
No sé lo que haya de cierto en el asunto, pero, como la Guardia Nacional es institución interesada en él, quiero de una vez por todas, y por el digno conducto de Uds., exponer la manera de sentir de los que luchamos en el campo a fin de que llegue a conocimiento del Episcopado mexicano, y a fin de que también sean ustedes servidos en tomar las providencias que sean necesarias para que, llegando hasta Roma, obtengamos de nuestro Santo Vicario un remedio a nuestros males; remedio que no es otro que el de obtener el nombramiento de un nuncio o el de un primado, que venga a poner fin al caos existente y que unifique la labor político-social de nuestros obispos, príncipes independientes.
Creemos los que luchamos en el campo que los obispos, al entrar en pláticas con el gobierno, no pueden presentarse sino aprobando la actitud asumida sin género de duda por más de cuatro millones de mexicanos, y de cuya actitud es producto la Guardia Nacional, que cuenta por ahora con más de veinte mil hombres armados y con otros tantos que, sin armas, pueden seguramente ser considerados en derecho como beligerantes […]. Si los obispos, al tratar con el gobierno, desaprueban nuestra actitud; si no toman en cuenta a la Guardia Nacional y tratan de dar solución al conflicto independientemente de lo que nosotros anhelamos, y sin dar oídos al clamor de enorme multitud que tiene todos sus intereses y sus ideales jugándose en la lucha; si se olvidan de nuestros muertos, si no se toman en consideración nuestros miles de viudas y huérfanos, entonces levantaremos airados nuestra voz y, en un nuevo mensaje al mundo civilizado, rechazaremos tal actitud como indigna y como traidora, y probaremos nuestra aseveración.
Personalmente haré cargos a los que ahora aparecen como posibles mediadores […]. Los señores obispos, alejados por cualquier motivo del país, han vivido estos años desconectados de la vida nacional, ignorantes de las transformaciones que en esta etapa de amarga lucha ha sufrido el pueblo, y por lo tanto incapaces de representarlo en acto de tamaña trascendencia […]. Es el pueblo mismo el que necesita una representación; es la voluntad popular la que hay que consultar; es el sentir del pueblo el que hay que tomar en consideración; de este paupérrimo pueblo nuestro que se bate en su propia patria contra un puñado de bastardos que se escudan con una montaña de elementos de destrucción y de tortura.
No son en verdad los obispos los que pueden con justicia ostentar esa representación. Si ellos hubieran vivido entre los fieles, si hubieran sentido en unión de sus compatriotas la constante amenaza de su muerte por sólo confesar su fe; si hubieran corrido, como buenos pastores, la suerte de sus ovejas; si siquiera hubieran adoptado una actitud firme, decidida y franca en cada caso, para estas fechas fueran en verdad dignísimos representantes de nuestro pueblo. Pero no fue así, o porque no debió ser o porque no quisieron que así fuera […].
Lo que nos hace falta en fuerza material no lo pedimos al Episcopado; lo obtendremos por nuestro esfuerzo. Sí pedimos al Episcopado fuerza moral que nos haría omnipotentes y está en sus manos dárnosla, con sólo unificar su criterio y orientar a nuestro pueblo para que cumpla con un deber, aconsejándole una actitud digna y viril, propia de cristianos y no de esclavos […].
Creo de mi deber declarar de una manera enfática y categórica que el principal problema que hemos tenido que afrontar los directores de este movimiento no sea el de los pertrechos. El principal problema ha sido y sigue siendo eludir la acción nociva y fatal que en el ánimo del pueblo provocan los actos constantes de nuestros obispos y la más directa y desorientada que realizan algunos señores curas y presbíteros, siguiendo los lineamientos que a ellos señalan sus prelados. Nosotros hubiéramos contado con pertrechos y contingentes abundantísimos si, en vez de cinco estados de la República, respondieran al grito de muerte lanzado por la patria treinta o más diócesis. El decantado poder del tirano […] hubiera caído hecho añicos al primer golpe de maza, tal vez con que hubiera logrado que por primera y única vez en la historia de nuestros martirios nacionales los Príncipes de nuestra Iglesia hubieran estado de acuerdo únicamente para declarar que la defensa es lícita y, en su caso, obligatoria… […]
Que los señores obispos tengan paciencia, que no se desesperen; que día llegará en que podamos con orgullo llamarlos, en unión de nuestros sacerdotes, a que vengan otra vez entre nosotros a desarrollar su sagrada misión, entonces sí en un país de libres. ¡Todo un ejército de muertos nos manda obrar así! […]
