Planellas concede una entrevista y vuelve a abochornar al sufrido pueblo fiel

Planellas concede una entrevista y vuelve a abochornar al sufrido pueblo fiel

Planellas, arzobispo de Público: manual de cómo decir lo que el mundo quiere oír

La entrevista de Público a Joan Planellas no es una conversación periodística inocente, sino una especie de examen de fidelidad al nuevo catolicismo de salón. Y el arzobispo de Tarragona lo pasa con nota. El titular elegido por el diario —«Rezar el rosario en la puerta de una clínica abortiva es ideologizar y banalizar la oración»— condensa a la perfección todo lo que viene después: una fe descafeinada, dócil al discurso dominante, obsesionada con no molestar al mundo y muy tranquila, en cambio, cuando se trata de corregir a los católicos que todavía se atreven a creer que el Evangelio es algo más que una coartada sentimental.

Desde la primera línea, la entrevista se sitúa en un marco muy claro: aquí no se trata de confrontar al mundo con la verdad de Cristo, sino de demostrar que la Iglesia está dispuesta a adaptarse casi sin condiciones. El periodista pregunta lo que el progresismo exige que se pregunte; Planellas responde como el progresismo espera que responda un obispo «moderno», «dialogante» y, sobre todo, inofensivo.

El episodio de la famosa frase «un xenófobo no puede ser un verdadero cristiano», lanzada contra Vox a propósito de Jumilla y Torre Pacheco, es paradigmático. No se discuten leyes concretas, ni modelos de integración, ni datos reales sobre delincuencia, islamización o desbordamiento de servicios. Todo se reduce a un juicio moral simplista: si cuestionas la inmigración masiva descontrolada, eres mala persona. Planellas recurre al Antiguo Testamento como si fuera un eslogan de ONG —«No te olvides ni desprecies a los emigrantes, que tú también fuiste emigrante en el país de Egipto»— pero omite cualquier referencia al derecho de los pueblos a defender su identidad, o al deber de los gobernantes de proteger el bien común de los suyos. El Dios que pide acoger al extranjero también castiga a los pueblos cuando abandonan Su ley; esa parte, curiosamente, no aparece en la entrevista.

Algo muy parecido sucede cuando se aborda la cuestión de los abusos sexuales. Sobre el caso de Rafael Zornoza, Planellas adopta la pose ya clásica de tantos obispos: tono compungido, palabras graves, mucha referencia al «procedimiento» y, al final, ninguna asunción concreta de responsabilidad. Habla de presunción de inocencia, de la Rota de Madrid, de investigaciones previas, de dicasterios y de trámites que parecen diseñados para que nunca se sepa bien quién ha decidido qué. Asegura que la Iglesia «ha aprendido o está aprendiendo» con el tema de los abusos, como si no lleváramos décadas de escándalos encadenados, informes demoledores y víctimas ignoradas sistemáticamente.

El ejemplo que ofrece sobre un sacerdote apartado hace las veces de escena edificante: él que escucha a la víctima, él que levanta la prescripción, él que envía el caso a Roma, él que, tres años después, recibe agradecimientos emocionados. Todo sin nombres, sin datos contrastables, sin elementos que puedan ser verificados. La moraleja es clara: el sistema funciona, los obispos sufren mucho, las víctimas terminan agradecidas. Lo que nunca se cuestiona es precisamente el sistema episcopal que permitió, durante décadas, el silencio, los traslados, las presiones y las medias verdades. Cuando Planellas confiesa que no es partidario de hacer los juicios en la diócesis porque «te compromete mucho», está diciendo sin querer lo esencial: no quiere verse salpicado por decisiones claras; prefiere que todo se diluya en una instancia lejana e impersonal. Menos responsabilidad personal, menos riesgo, menos cruz.

Pero el momento más indecente de la entrevista llega con el ataque frontal a los fieles que rezan el rosario ante los abortorios. Según Planellas, rezar el rosario en la puerta de una clínica abortiva «ideologiza» y «banaliza» la oración. Es difícil condensar tanta injusticia en tan pocas palabras. Ante un lugar donde cada día se elimina la vida de seres humanos inocentes, la preocupación del arzobispo no es denunciar el crimen, ni el negocio, ni la estructura de pecado que sostiene la industria abortista. Su problema son los católicos que se atreven a ponerse de rodillas en la calle y a rezar.

No hay una sola frase que llame al aborto por su nombre: un homicidio voluntario de un inocente. No aparece la expresión «pecado grave», ni «crimen abominable», ni una sola condena clara al sistema que ha hecho del aborto un derecho. En cambio, sí hay condescendencia hacia la famosa «solución fácil» que se ofrece a la mujer, presentada casi exclusivamente desde el punto de vista psicológico: puede traer consecuencias, «a veces», para la madre. El niño asesinado ni se menciona. La ofensa a Dios, tampoco. La banalización de la vida, mucho menos. Banalizar la oración es rezar el rosario en la calle; banalizar el asesinato de un no nacido parece perfectamente compatible con un arzobispado de Tarragona.

Y, por supuesto, se contrapone esa «religiosidad molesta» de los rosarios ante los abortorios a los proyectos cuidadosamente empaquetados de la diócesis: Llar Natalis, proyecto Raquel, proyecto Ángel… Iniciativas que pueden tener elementos positivos, pero que aquí se utilizan como coartada para deslegitimar a quienes combaten el aborto donde más duele: en la puerta de los centros donde se consuma. La diócesis acompaña, escucha, ofrece recursos, todo dentro de un marco razonable, moderado y socialmente aceptable. Los otros rezan y dan escándalo, y eso, al parecer, no se puede tolerar.

Al hablar de la eutanasia, el patrón se repite. Planellas introduce una distinción terminológica confusa entre «sedación paliativa» y «sedación terapéutica», juega con el lenguaje médico, habla de acompañar, de no alargar artificialmente la vida, de terapias del dolor… pero vuelve a faltar lo esencial: una condena clarísima de la eutanasia como homicidio directo. Tanta preocupación por el matiz, tanta retórica sobre el «camino más complejo» que elige el cristianismo, y ni una línea en la que se diga sin rodeos que no es moralmente lícito provocar la muerte de un enfermo, aunque se vista de compasión. Quien escucha a Planellas se queda con la sensación de que todo depende de una combinación de morfina, sensibilidad y discreción. El terreno firme de la moral católica desaparece bajo el barro del «discernimiento» gestionado a golpe de caso por caso.

Cuando llega el turno de las mujeres, la entrevista se convierte en un escaparate de cuotas. El arzobispo enumera con orgullo el número de mujeres en su diócesis: canciller general, directora de fundación, secretarias, jueces del tribunal eclesiástico, responsables de delegaciones. La presencia femenina en los órganos de gobierno se convierte en un argumento central, como si la Iglesia fuera una empresa obligada a presentar su informe de igualdad ante la opinión pública. Hasta ahí, en realidad, no habría gran problema: laicos y laicas pueden ejercer muchas funciones legítimas en la vida diocesana.

El problema real aparece cuando el periodista pregunta por la ordenación. En lugar de recordar con claridad la enseñanza de la Iglesia —que no tiene potestad para ordenar mujeres—, Planellas entra en el juego de la cuestión «abierta». Comenta que en Occidente se percibe como discriminación que la mujer no pueda ser sacerdote, anuncia que el sínodo ha dejado la cuestión sobre la mesa, y suelta la frase que lo delata: a él no le molestaría que una mujer fuera diaconisa o sacerdote; lo que le preocupa es que la Iglesia se divida. La verdad doctrinal deja de ser el criterio; ahora el criterio es la paz sociológica de la institución. Si se pudiese cambiar la doctrina sin romper la unidad, no parece que tuviera mayor inconveniente.

Lo más inquietante es que la entrevista presenta este deslizamiento como normalidad. Se da por supuesto que la tradición es un obstáculo, el magisterio firme un problema que habrá que «discernir» más adelante, y la fidelidad una especie de rigidez integrista. Se habla de la Iglesia universal para justificar la prudencia táctica —porque en África y Asia esto no se traga tan fácilmente—, pero no para recordar que la fe católica no depende de encuestas ni de correlaciones de fuerzas entre bloques ideológicos.

El mismo patrón se aprecia cuando se trata el tema LGTB, las nuevas formas de familia y el documento Fiducia supplicans. Planellas evita decir que el matrimonio, según la Iglesia, es indisolublemente la unión entre un hombre y una mujer ordenada a la procreación. Se limita a repetir que «la Iglesia piensa que el matrimonio es un hombre y una mujer», casi como una nota al pie, y pone toda la carga en la retórica de Francisco: escuchar, no condenar, acompañar, valorar lo positivo. Presenta la posibilidad de bendecir parejas homosexuales como un avance interesante, la gran aportación del pontífice, sin una sola reserva sobre el escándalo y la confusión que esto ha generado entre los fieles. La bendición deja de ser un gesto ordenado a la conversión y al crecimiento en la gracia para convertirse en una especie de caricia institucional a cualquier situación afectiva que reclame reconocimiento.

La cuestión de la libertad religiosa y de conciencia se despacha con una identificación simplista: «La libertad de conciencia equivale a la libertad religiosa». Se presenta la conciencia como un espacio intocable, casi absoluto, donde cada uno decide en qué quiere creer mientras no moleste demasiado a los demás. Ni rastro de la conciencia como juicio que debe conformarse a la verdad y que puede ser errónea, culpablemente o no. Ni una palabra sobre el deber que tiene la Iglesia de formar y corregir esa conciencia. El decreto conciliar sobre la libertad religiosa se cita como bandera, pero sin el menor esfuerzo por integrarlo en la tradición previa; basta con invocarlo para justificar una especie de relativismo práctico en el que cada uno «discierne» su fe, su moral y su dios a medida.

Cuando la conversación gira hacia León XIV, el retrato que hace Planellas del nuevo Papa es revelador. Habla de «tendencias integristas» que querrían volver a antes del Concilio Vaticano II, presenta la polarización dentro de la Iglesia como un reflejo de la polarización política mundial, y sitúa al pontífice estadounidense como el hombre llamado a apaciguar a esos sectores, manteniendo una línea social «clara» a favor de los pobres. Lo importante, para este esquema, no es la restauración de la doctrina ni de la liturgia, ni la corrección de los abusos teológicos y morales que han devastado la Iglesia desde hace medio siglo, sino garantizar que el barco continúe en la misma dirección, pero con gestos un poco más moderados.

Planellas celebra que el primer documento de León XIV sea sobre los pobres, ve claramente el guiño a León XIII y la Rerum novarum, y encaja al nuevo pontífice en la narrativa querida por la izquierda eclesial: prioridad absoluta a lo social, al discurso sobre el capitalismo, a la nueva «revolución» de la inteligencia artificial… todo ello sin que se toque, ni de lejos, la demolición doctrinal y litúrgica sufrida en las últimas décadas. Que un arzobispo bien visto por Público se declare tan cómodo con el nuevo Papa no es un detalle menor: es un síntoma de que muchos esperan continuidad con Francisco, solo que con menos gestos escandalosos y más gestión tranquila de la crisis.

En el terreno económico, el guion vuelve a repetirse. La Iglesia aparece como víctima del sistema: mucho patrimonio que sostener, pocas ayudas, necesidad de la casilla del IRPF, dificultad de autofinanciación. Se olvida, de paso, que pensar seriamente en una Iglesia sostenida por la fe real y el compromiso de sus fieles, y no por un flujo anónimo de dinero estatal, sería un signo de madurez eclesial. En lugar de abrir esa reflexión, se defiende el statu quo: la casilla representa el 40% de los ingresos, sin ella no se llega, y sobre las inmatriculaciones «se ha exagerado bastante». Los excesos son reconocidos de manera genérica, pero siempre desde la autocomplacencia: hemos hecho lo que la ley permitía, quizá en algún sitio nos hemos pasado, en otros nos hemos quedado cortos… Nada que huela a verdadera enmienda ni a examen de conciencia serio.

Al final de la lectura, lo que queda de esta entrevista es un retrato nítido: el de un arzobispo perfectamente adaptado al régimen cultural vigente. Duro con Vox, suave con el aborto. Comprensivo con las bendiciones a parejas homosexuales, incómodo con los fieles que rezan el rosario. Conmovido por las víctimas de abusos mientras no se cuestione el entramado episcopal que permitió esos abusos. Abierto a diaconisas y sacerdotisas, preocupado solo por las fracturas internas que eso pueda provocar. Encantado con un pontificado que mantiene la prioridad social mientras margina cualquier intento serio de restaurar la fe y la liturgia.

No se le oye una sola palabra verdaderamente incómoda para el mundo sobre la centralidad de Cristo, la gravedad objetiva del pecado, la necesidad de conversión, el deber de confesar la verdad «a tiempo y a destiempo». La única dureza visible se reserva, cómo no, para los católicos que molestan al orden establecido: los que rezan en la puerta de los abortorios, los que denuncian el caos doctrinal, los que se resisten a reducir el Evangelio a un suplemento espiritual de la agenda globalista. Público ha encontrado en Joan Planellas a su arzobispo ideal. La cuestión es si los fieles de Tarragona —y de toda la Iglesia— tienen derecho a algo más que a un gestor amable del derrumbe: un pastor que hable claro, que llame al mal por su nombre, que defienda a los pequeños, incluidos aquellos que nunca llegarán a nacer.

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