León XIV abre el Año Académico exhortando a combatir el individualismo y el vacío cultural

El papa León XIV inauguró este viernes el Año Académico de la Pontificia Universidad Lateranense con un amplio discurso en el que reafirmó la misión única de este centro universitario, históricamente vinculado al Sucesor de Pedro. Ante autoridades académicas, profesores y estudiantes, el pontífice subrayó la responsabilidad de la institución en la formación teológica, filosófica y jurídica de la Iglesia, así como en la investigación interdisciplinar que responda a los desafíos culturales, científicos y pastorales del mundo contemporáneo.

León XIV insistió en la necesidad de una formación arraigada en la verdad, abierta al diálogo y orientada al bien común, animando a la Lateranense a mantener su vocación universal y su servicio directo al Magisterio.

Dejamos a continuación el discurso que el Papa dirige a los presentes:

Queridos hermanos y hermanas:

Saludo al Gran Canciller, el Cardenal Reina – a quien agradezco sus palabras –, al Rector Magnífico, S.E. Mons. Amarante, a los miembros del Consejo Superior de Coordinación, a los docentes, a los estudiantes, al personal auxiliar, y a las Autoridades civiles y religiosas presentes.

Me alegra estar aquí entre ustedes, en la Pontificia Universidad Lateranense, para la inauguración del 253.º año académico desde su fundación. Se trata de una ocasión especial en la que, mientras miramos con gratitud la larga historia que nos precede, estamos también orientados hacia la misión que nos espera, hacia los caminos por explorar, hacia el servicio que ofrecer a la Iglesia en la realidad de hoy y ante los desafíos futuros. Una mirada agradecida al pasado, por tanto, pero también ojos y corazón dirigidos hacia el futuro, porque es necesario el valioso servicio que presta la universidad.

Cada universidad es, en efecto, un lugar de estudio, de investigación, de formación, de relaciones, de vínculos con la realidad en la que está inserta. En particular, las Universidades eclesiásticas y pontificias, erigidas o aprobadas por la Sede Apostólica, son comunidades en las que se elabora la «necesaria mediación cultural de la fe que, articulándose en una reflexión abierta al diálogo con otros saberes, encuentra su fuente primaria y perenne en Jesucristo».[1]

Entre las instituciones académicas, la Universidad Lateranense tiene un vínculo del todo especial con el Sucesor de Pedro, y este es un rasgo constitutivo de su identidad y misión desde sus origines, cuando en 1773 Clemente XIV confió la escuela de teología del Colegio Romano al clero secular, pidiendo que dicha institución dependiera del Papa para formar a sus presbíteros. Desde ese momento, todos los sucesivos Pontífices han mantenido y reforzado una relación privilegiada con la que se convertiría en la actual Universidad Lateranense. Entre ellos, el Beato Pío IX, que dio la estructura aún vigente de las cuatro Facultades: Teología, Filosofía, Derecho canónico y Derecho civil, con la potestad de conferir grados académicos en Utroque Iure; León XIII, que fundó el Instituto de Alta Literatura; Pío XII, que erigió en el Ateneo el Pontificio Instituto Pastoral; San Juan XXIII, que otorgó al Ateneo el título de Universidad; y San Pablo VI, que, siendo profesor en estas aulas, al visitar la Universidad recién elegido, reafirmó el estrecho vínculo entre ella y la Curia Romana.

Este peculiar vínculo fue subrayado por San Juan Pablo II: «Ustedes constituyen – dijo – a título especial, la Universidad del Papa: título indudablemente honorífico, pero por ello mismo oneroso». Con palabras igualmente afectuosas, dicho vínculo fue reiterado por el Papa Benedicto y por el Papa Francisco; este último quiso instituir dos Ciclos de estudios: en Ciencias de la Paz y en Ecología y Medioambiente.

Al reiterar y confirmar todo lo establecido y concedido por mis venerados Predecesores, deseo señalar la misión peculiar de la Pontificia Universidad Lateranense en las actuales circunstancias.

Esta Universidad, a diferencia de otras ilustres instituciones académicas, también romanas, no tiene un carisma de fundador que custodiar, profundizar y desarrollar, sino que su orientación peculiar es el magisterio del Pontífice. Por su naturaleza y misión, por tanto, constituye un centro privilegiado en el que la enseñanza de la Iglesia universal es elaborada, recibida, desarrollada y contextualizada. Desde este punto de vista, se trata de una institución a la que también puede referirse el trabajo de la Curia Romana para su labor cotidiana.

Al mismo tiempo, la reflexión académica, inspirada por el carisma petrino, se abre a perspectivas interdisciplinares, internacionales e interculturales. Esta misión encuentra una aplicación diversificada en las cuatro Facultades y los dos Institutos presentes en esta sede, así como en los tres Institutos ad instar facultatis con sedes externas: el Pontificio Instituto Patrístico Augustinianum, de los Agustinos; la Pontificia Academia Alfonsiana para los estudios de Teología Moral, de los Redentoristas; el Pontificio Instituto Claretianum de Teología de la Vida Consagrada, de los Claretianos.

A estos deben añadirse los 28 Institutos de diverso título asociados en tres continentes – Europa, Asia y América – tanto a la Facultad de Teología como al Institutum Utriusque Iuris: una realidad amplia y diferenciada, expresión de la riqueza de culturas y experiencias y, al mismo tiempo, de la búsqueda de unidad y fidelidad a la enseñanza petrina.

Queridos amigos, hoy tenemos urgente necesidad de pensar la fe para poder expresarla en los escenarios culturales y en los desafíos actuales, pero también para contrarrestar el riesgo del vacío cultural que, en nuestra época, se vuelve cada vez más invasivo. En particular, la Facultad de Teología está llamada a reflexionar sobre el depósito de la fe y a hacer emerger su belleza y credibilidad en los distintos contextos contemporáneos, para que aparezca como una propuesta plenamente humana, capaz de transformar la vida de las personas y de la sociedad, de suscitar cambios proféticos ante los dramas y pobrezas de nuestro tiempo y de fomentar la búsqueda de Dios. Esta misión exige que la fe cristiana sea comunicada y transmitida en los diferentes ámbitos de la vida y de la acción eclesial, y por ello considero de vital importancia el servicio desempeñado por el Instituto Pastoral.

En la Universidad Lateranense, el estudio de la filosofía (cf. Veritatis gaudium, art. 81, § 1) debe orientarse a la búsqueda de la verdad mediante los recursos de la razón humana, abierta al diálogo con las culturas y, sobre todo, con la Revelación cristiana, para un desarrollo integral de la persona humana en todas sus dimensiones. Se trata de un compromiso importante, también frente a una actitud a veces renunciante que marca el pensamiento contemporáneo, así como ante las formas emergentes de racionalidad vinculadas al transhumanismo y al posthumanismo.

Las Facultades jurídicas, de Derecho canónico y civil, que distinguen a nuestra Universidad desde hace siglos, están llamadas a estudiar y enseñar el Derecho mediante la más amplia valorización de la comparación entre los sistemas jurídicos de los ordenamientos civiles y el de la Iglesia católica. En particular, los animo a considerar y estudiar en profundidad los procesos administrativos, desafío urgente para la Iglesia.

Finalmente, merecen una palabra aparte los ciclos de estudio de Ciencias de la Paz y Ecología y Medioambiente, que con los años irán adquiriendo una configuración institucional más definida. Las temáticas que abordan son parte esencial del reciente Magisterio de la Iglesia, la cual, establecida como signo de la alianza entre Dios y la humanidad, está llamada a formar operadores de paz y justicia que edifiquen y testimonien el Reino de Dios. La paz es ciertamente don de Dios, pero requiere al mismo tiempo mujeres y hombres capaces de construirla cada día y de apoyar, a nivel nacional e internacional, los procesos hacia una ecología integral. Pido, por tanto, a mi Universidad que continúe desarrollando y potenciando de manera inter y transdisciplinar estos dos ciclos de estudio y, si es necesario, que los integre con otros itinerarios.

Todo esto concierne a la misión educativa de la Universidad en general, pero quisiera también imaginar con ustedes la Universidad Lateranense como un espacio que – como decía al principio – tiene ojos y corazón orientados hacia el futuro, y se lanza a los desafíos contemporáneos a través de algunas dimensiones peculiares que destaco brevemente.

La primera es esta: en el centro de la formación deben estar la reciprocidad y la fraternidad. Hoy, lamentablemente, se usa a menudo la palabra “persona” como sinónimo de individuo, y el atractivo del individualismo como clave de una vida lograda tiene consecuencias inquietantes en todos los ámbitos: se apunta a la promoción de uno mismo, se alimenta la primacía del yo y cuesta cooperar; crecen los prejuicios y los muros hacia los demás, especialmente hacia quienes son distintos; se confunde el servicio de responsabilidad con un liderazgo solitario y, al final, se multiplican los malentendidos y los conflictos. La formación académica nos ayuda a salir de la autorreferencialidad y promueve una cultura de la reciprocidad, de la alteridad, del diálogo. Contra lo que la Encíclica Fratelli tutti define como «el virus del individualismo radical» (n. 105), les pido cultivar la reciprocidad mediante relaciones marcadas por la gratuidad y experiencias que fomenten la fraternidad y el encuentro entre culturas diferentes. La Pontificia Universidad Lateranense, enriquecida por la presencia de estudiantes, docentes y personal de los cinco continentes, representa un microcosmos de la Iglesia universal: sean, por tanto, signo profético de comunión y fraternidad.

La segunda dimensión que deseo recordar es la cientificidad, que debe promoverse, defenderse y desarrollarse. El servicio académico a menudo no goza del debido aprecio, también a causa de prejuicios arraigados que desafortunadamente flotan incluso en la comunidad eclesial. A veces se observa la idea de que la investigación y el estudio no sirven para la vida real, que lo que cuenta en la Iglesia es la práctica pastoral más que la preparación teológica, bíblica o jurídica. El riesgo es deslizarse hacia la tentación de simplificar las cuestiones complejas para evitar el esfuerzo del pensamiento, con el peligro de que, incluso en la acción pastoral y en sus lenguajes, se caiga en la banalidad, en la aproximación o en la rigidez.

La investigación científica y el esfuerzo de la búsqueda son necesarios. Necesitamos laicos y sacerdotes preparados y competentes. Por ello, los exhorto a no bajar la guardia en cuanto a la cientificidad, llevando adelante una apasionada búsqueda de la verdad y un diálogo riguroso con las demás ciencias, con la realidad, con los problemas y los sufrimientos de la sociedad.

Esto exige que la Universidad cuente con docentes preparados, colocados en condiciones – pastorales, jurídicas y económicas – que les permitan dedicarse a la vida académica y a la investigación; que los estudiantes estén motivados y entusiastas, dispuestos al estudio riguroso. Exige que la Universidad dialogue con otros centros de estudio y de enseñanza, para que en esta perspectiva inter y transdisciplinar se puedan emprender caminos aún inexplorados.

La tercera dimensión que recuerdo sintéticamente es la del bien común. El fin del proceso educativo y académico debe ser formar personas que, en la lógica de la gratuidad y en la pasión por la verdad y la justicia, puedan ser constructores de un mundo nuevo, solidario y fraterno. La Universidad puede y debe difundir esta cultura, convirtiéndose en signo y expresión de este mundo nuevo y de la búsqueda del bien común.

Queridísimos, un ilustre teólogo de este Ateneo, el profesor Marcello Bordoni, en una de sus reflexiones sobre la relación entre cristología e inculturación, afirma que es necesario asumir el compromiso de pensar la fe y que «el diálogo con el mundo, con su historia que cambia y que a menudo pone a prueba la fe del cristiano ante los nuevos problemas y las nuevas situaciones de vida, constituye el gimnasio de este empeño que es la “fatiga del concepto”» (M. Bordoni, Reflexión teológica sobre la verdad de la revelación cristiana, en Path 2002/2, 263).

Les deseo que continúen sondeando el misterio de la fe cristiana con esta pasión y que se ejerciten siempre en el gimnasio del diálogo con el mundo, con la sociedad, con las preguntas y los desafíos de hoy. La Universidad Lateranense ocupa un lugar especial en el corazón del Papa y el Papa los anima a soñar en grande, a imaginar espacios posibles para el cristianismo del futuro, a trabajar con alegría para que todos puedan descubrir a Cristo y, en Él, encontrar la plenitud a la que aspiran.

¡Gracias! ¡Y buen año académico!

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