Por: Víctor Lenore
Rosalía es la cantante española más importante de nuestro tiempo, dominadora absoluta de la última década, además de haber logrado un alto perfil internacional. Su nuevo álbum, el lanzamiento más sonado de 2025, es llamativo por varias razones: por esa portada donde aparece con hábitos de monja, por el título que alude a la palabra que inaugura la Creación —Lux—y por la decisión de cantar en catorce idiomas distintos. También por un abandono del pop comercial en favor de formas más líricas y solemnes.
En varias declaraciones, explica que ahora vive un acercamiento a Dios, quizá una conversión: “Como artista, hay una conexión entre el vacío y la divinidad. Si tú haces espacio, quizá Alguien que está por encima de ti puede llegar y pasar a través de ti. Yo tengo un deseo que sé que este mundo no lo puede satisfacer”, confesó en el podcast Radio Noia, de Radio Primavera. “Dios es el único que puede llenar los espacios si tú tienes la predisposición, la actitud y la manera de abrirte para que eso pueda pasar”, añadió. Es un razonamiento con ecos de Simone Weil, filósofa católica del siglo XX a la que la cantante admira, pero Rosalía va incluso más allá. «Me gusta la idea de vivir en clausura, como una monja», remató.
La polémica es inevitable, con efectos de lo más delirante, como que los anticatólicos hayan abrazado más este giro religioso que los católicos. El PSOE, por ejemplo, salió en tromba a apropiarse del fenómeno, con el presidente Sánchez lanzando un tuit viral que superó los cinco millones de interacciones y que fue compartido por varios ministros. Muchos creyentes, en cambio, recibieron el álbum con recelo, aunque con menor hostilidad de cuando se anunció hace unos meses que la reguetonera colombiana Karol G. participaría en un concierto masivo en la plaza de San Pedro del Vaticano. Algunos temían escenas incómodas y se encontraron una diva recatada que aportó amor, emoción y elegancia al espectáculo. No siempre hay que desconfiar de las estrellas pop. Recordemos que la provocadora Madonna también tuvo momentos de gran valentía, como publicar un himno antiaborto (“Papa don’t preach”) en los nihilistas años ochenta. En Lux nadie podrá decir que haya faltas de respeto al cristianismo en favor del espectáculo.
El álbum coloca a Dios en el centro del debate sociocultural. Tanto en el fondo como en la forma, impone un cambio de registro donde se evapora el exhibicionismo sexual y las aventuras de discoteca que reinaban en Motomami (2022) y se pone el foco en las atmósferas reflexivas y detalladas, envueltas en arreglos de cuerda. Rosalía refuerza su vena más intimista para buscar matices que la eleven. Concibe Lux como un trabajo conceptual en cuatro movimientos, en vez de como colección de himnos pop. El primer movimiento trata de los excesos, la devoción y la fragilidad humana; el segundo, de la dualidad entre deseo y redención; el tercero, de la vulnerabilidad en la era digital; por último, se trata el perdón y la redención.
Entre tanta espiritualidad, chirría un poco la amargura de la ranchera “La perla”, un himno de despecho a su expareja Rauw Alejandro, a quien califica —con escaso ánimo de perdonar— como “Un playboy, un campeón/ Gasta el dinero que tiene y también el que no/ Él es tan encantador, estrella de la sinrazón/ Un espejismo, medalla olímpica de oro al más cabrón/ Tienes el podio de la gran desilusión”, reprocha. Más crípticos son los versos finales de ‘La rumba del perdón”, una turbia historia de armas, abandono familiar y tráfico de drogas que finaliza con una imagen inquietante: “Anudar y desanudar, desnudarse y desnudar/ Para hacerlo como se debe, tres cosas necesitarás/ Fuego en las manos, ternura en los ojos/ Y a mí presente en el lugar/ Técnicamente, eso sería un trío/ Pero si solo miro, no contará”, recita. Suena a degradación libertina, pero seguramente es una referencia a que el sexo es vacío sin entrega y confianza.
Lo más intenso del lote es “Berghain”, bautizada como el gran templo europeo del techno, pero que no apuesta por la electrónica sino que confía en un bajo ostinato de la sección de cuerda para crear una atmósfera intensa, con apoyo de los artistas pop experimentales Björk y Yves Tumor. El disco no es en absoluto innovador, lo que intenta ya se alcanzó en la efervescencia de los noventa, pero muestra afán de seriedad, tanto en los pasajes clásicos como en el acercamiento al fado clásico o a ese flamenco trascendental de los años setenta, del que fueron emblema los clásicos Lole y Manuel. Tampoco es tan rompedor el estilismo de monja, que ya usó Rocío Dúrcal en la película La novicia rebelde de 1972.
Otra canción destacada del álbum es “Reliquias”, donde el amor religioso vuelve a fundirse con el carnal. La protagonista de la historia habla de viajar por las ciudades más cool del planeta y de sufrir todo tipo de altibajos emocionales en ellas. “Pero mi corazón nunca ha sido mío/ Yo siempre lo doy/ Coge un trozo de mí, quédatelo pa’ cuando no esté/ Seré tu reliquia, soy tu reliquia”, canta entre volutas pop al estilo de Nelly Furtado. Encontramos aquí sus versos más lorquianos: “Somos delfines saltando/ saliendo y entrando/En el aro escarlata/Y brillante del tiempo/Es solo un momento/Es solo un momento”, canta.
El riesgo del disco, largo y denso, está en querer llegar a muchos sitios y quedarse a mitad de camino de todos. Tras varios días de escucha, la sensación es que Lux impacta más por saturación que por intensidad o grandes canciones. El cierre busca ser monumental con “Magnolias”, donde fantasea con su propio funeral, acompañada por la escolanía de Montserrat. Al final se queda en simple grandilocuencia, sin gran pegada poética ni musical. Se trata de una canción demasiado ególatra en la letra, donde presume de ser un ser semidivino (“Dios desciende y yo asciendo/ nos encontramos en el medio”) y se recrea en un sepelio fastuoso, donde asegura que acudirán hasta sus enemigos. La atmósfera general, como en muchos tramos del disco, es más pomposa que vibrante.
A pesar de todo, no le debemos quitar un ápice de valentía, ya que declarar su devoción a Dios no le acarrea ventajas de ningún tipo. El problema es que Rosalía parece ser víctima de una densa e indigesta empanada espiritual, como muestra alguna de sus últimas declaraciones: “Me atrae la idea de la posreligión, de que puede haber una forma más inclusiva y abierta de entender la fe y la espiritualidad. (…) Resueno en el budismo, en el islam, en el cristianismo, en el hinduismo», declaró en El País, evidenciando cierta desorientación. Es como si el fuerte marco posmoderno y globalista de su música le impidiese un acercamiento limpio al catolicismo.
No es una declaración aislada, sino que también ha dicho que “este álbum me ayudó a reconciliarme conmigo misma desde la curiosidad y el amor por entender al otro. Estar en un mundo como el actual es confuso, no sabes bien lo que es verdad y lo que no. Quizá es más necesaria que nunca una fe o una certeza. La que sea, la de cada uno”, compartía. Ni que decir tiene que el catolicismo no se considera como una fe más y que la verdad es solo una y no se trocea según el enfoque de cada ser humano.
Seguramente la mejor respuesta al impacto mediático del álbum llegó en una empática hoja parroquial firmada por el obispo del Baix Llobregat, Xavier Gómez. “Querida Rosalía: estamos tan lejos… Te escribo desde esta portada como quien lanza a la mar un mensaje en una botella. Quién sabe si te puede llegar. No consigo entenderte, pero me gustaría hacerlo. Tu arte, hipnóticamente ecléctico y performativo, y tú misma, me generáis preguntas. Quizá no hace falta entenderlo. Pero me pregunto qué hay dentro de ti, en tu mundo interior, en esta etapa o ciclo de tu vida como mujer y artista”, plantea.
Luego profundiza: “Cuando hablas de una ‘sed’ que el mundo no puede satisfacer, que sólo Dios puede llenar ese hueco, me viene a la cabeza la búsqueda de sentido que atraviesa la película Andrei Rublëv, de Tarkovsky. El pintor ruso, en medio de la oscuridad y la violencia, busca la luz, la belleza, la fe, pese a no encontrar respuestas fáciles. Como él, tú pareces vivir el arte como una travesía espiritual, donde la creación es una forma de peregrinación hacia lo que trasciende. Pero no acabas de hacerlo… y sin soltar amarras no será fácil llegar al puerto que anhelas. Si quisieras llegar”, expresa en tono de duda, pero animándola a profundizar.
Según publica la Agencia Flama, el administrador parroquial Luis Alfonso García ha explicado que la abuela de Rosalía se puede considerar devota, y que la artista era reservada y apegada a su familia, pero que la cantante no está bautizada. Lux puede ser el comienzo de un nuevo camino artístico y espiritual, pero hasta ahora solo se ha dado un primer y tímido pasito.
