El proyecto ganador para la “resignificación” del Valle de los Caídos ya está sobre la mesa del Gobierno. La propuesta, titulada La base y la cruz y firmada por Pereda Pérez Arquitectos y Lignum S.L., promete —según elDiario.es— transformar el acceso monumental de la basílica en un “espacio de acogida” con un patio circular abierto al cielo, una “sombra horizontal democrática frente al eje vertical autoritario”.
El lenguaje no es casual: pretende sustituir la verticalidad trascendente del cristianismo —el hombre que mira hacia Dios— por una horizontalidad ideológica, símbolo de una humanidad que se basta a sí misma. Lo que para la fe era elevación espiritual, para la política posmoderna se ha convertido en un gesto de sometimiento al relato del Estado.
De templo a “espacio de acogida”
El proyecto prevé eliminar la gran escalinata que conduce a la basílica, reemplazándola por una estructura soterrada con un patio circular de cuarenta metros de diámetro. Allí se ubicará un centro de interpretación y un área “museográfica” para explicar el origen del monumento, su contexto histórico y el uso de mano de obra republicana en su construcción.
La intervención se describe como “un acto de reconciliación con lo vivido”, pero en realidad parece buscar algo más profundo: borrar la sacralidad del conjunto, su vocación de templo y su orientación hacia lo eterno.
El propio documento habla de “desactivar la centralidad simbólica de la basílica” y de sustituir el “eje autoritario” por una “sombra horizontal democrática”. Es decir, sustituir lo sagrado por lo simbólico, la fe por la ideología política, y la cruz por la memoria estatal.
“La piedra símbolo del poder inmutable”
Uno de los pasajes más reveladores del proyecto se refiere al tratamiento de los materiales:
“La piedra, antes símbolo del poder inmutable, se convierte en materia de reencuentro”,
explican los autores.
así se proponen reciclar el granito de los “elementos de menor interés” —como esculturas o fragmentos retirados— para utilizarlo como adorno.
En nombre de la “unidad”, lo que se proyecta es triturar físicamente los signos cristianos que dieron sentido al lugar —como La Piedad de Juan de Ávalos— y convertir sus restos en gravilla decorativa. Es difícil imaginar una metáfora más elocuente: de la roca de la fe a la piedra picada ideológica del relativismo.
El vaciamiento simbólico
El Valle de los Caídos no fue concebido como un mausoleo político, sino como un monumento a la reconciliación y una basílica expiatoria. Su centro no era Franco, sino la Cruz. Y su sentido original, el de rezar por todos los muertos —sin distinción de bando— en un gesto que el mundo contemporáneo, tan acostumbrado a la revancha, parece incapaz de comprender.
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La llamada “resignificación” no es una mera reforma estética: es un intento de rescribir la historia espiritual de España, reinterpretando su memoria bajo la lógica de la “diversidad” y de la “memoria democrática”. No se trata ya de rezar, sino de “reflexionar”. No de elevar el alma, sino de descender a un patio circular que sustituye la Cruz por una “sombra acogedora”.
El arte profanado
Cuando un Estado decide triturar esculturas como La Piedad —obra de un artista republicano que encontró en el arte sacro un puente de reconciliación— y convertirlas en piedra decorativa, no está reinterpretando el pasado: lo está profanando.
La fe se sustituye por ideología; la liturgia, por “recorridos pedagógicos”; la cruz, por un círculo vacío.
Así, bajo el lenguaje amable de la “memoria democrática”, se consuma la demolición moral de un símbolo cristiano. El Valle de los Caídos se despoja de su alma para ser un espacio de visitas, pero no de oración.
