Por el P. Peter M. J. Stravinskas
A los quince años, San John Henry Newman emprendió un camino espiritual que duraría décadas: según su lema, ex imaginibus et umbris in veritatem (“De las imágenes y sombras hacia la verdad”). Durante muchos años de su peregrinación teológica, Newman se mantuvo fiel a los 39 Artículos de Religión de la Comunión Anglicana, incluyendo aquel que calificaba al Purgatorio como una doctrina “perniciosa”. Sin embargo, con mucha oración, un profundo estudio de la Sagrada Escritura y la convincente enseñanza de los Padres de la Iglesia, terminó escribiendo una de las obras más bellas y profundas sobre el Purgatorio, The Dream of Gerontius (El sueño de Gerontius), que rivaliza en hondura espiritual con la visión de Dante en la Divina Commedia. Tal vez esta obra sea más conocida por el hermoso himno “Praise to the Holiest”, citado por Benedicto XVI en su homilía durante la beatificación de Newman.
En el poema, un alma agonizante intenta comprender sus últimos momentos, asistida por su Ángel de la Guarda. El moribundo no entiende por qué ha hallado tanta calma ante la muerte, antes temida. El ángel le explica que las oraciones del sacerdote y de sus amigos le han dado confianza y que “la calma y el gozo que brotan en tu alma son el primer fruto de tu recompensa, el Cielo que comienza.”
El hombre siente cómo sus sentidos se apagan poco a poco y teme perder la conciencia; el ángel lo consuela: “Hasta la Visión Beatífica estarás ciego; pues incluso tu Purgatorio, que viene como fuego, es fuego sin luz.”
Confortado por esta verdad, el alma se abandona a la voluntad de Dios, pidiendo solo ver el Rostro divino por un instante antes de iniciar su purificación. El ángel le promete que verá a Dios “por un abrir y cerrar de ojos”, pero le advierte: “Esa visión del Más Hermoso te alegrará, pero también te traspasará.”
El alma aprende que “la llama del Amor Eterno arde antes de transformar”. Se dispone así al juicio de Dios, cuya visión “encenderá en tu corazón pensamientos tiernos, reverentes y agradecidos.”
¿Y cuáles son esos pensamientos? Dejemos hablar a la poesía del propio Newman, quien sabía bien que cor ad cor loquitur (“el corazón habla al corazón”):
Te enfermarás de amor, y ansiarás por Él,
y sentirás compasión de Aquel tan dulce,
que quiso colocarse en tal desventaja,
para ser usado por una criatura tan vil.
Hay un ruego en sus ojos pensativos
que te herirá hasta el alma y te turbará.
Y te odiarás, y te aborrecerás, pues,
aunque ya sin pecado, sentirás haber pecado
como nunca antes sentiste; y querrás huir,
esconderte de Su mirada;
y, sin embargo, desearás permanecer
en la hermosura de Su semblante.
Y estos dos dolores, tan opuestos y agudos –
el anhelo de Él cuando no lo ves,
la vergüenza de ti al pensar en verlo –
serán tu más verdadero, más ardiente Purgatorio.
Cuando el alma se acerca al tribunal divino, se asombra al oír voces terrenales: son las del sacerdote y los amigos que rezan el Subvenite (“Venid en su ayuda, santos de Dios”). Estas súplicas traen al Ángel de la Agonía, aquel que fortaleció a Cristo en Getsemaní, para acompañar también a esta alma hacia la eternidad.
Una vez allí, el alma —ya enamorada de Dios— “vuela a los queridos pies de Emmanuel”, pero no llega del todo, pues la santidad del Altísimo la abrasa y la deja pasiva ante “el terrible Trono”. Y, sin embargo, el ángel exclama: “¡Oh alma feliz en el sufrimiento! Porque estás a salvo, consumida y vivificada por la mirada de Dios.”
El alma concuerda: está “feliz en mi dolor” y desea alejarse enseguida, no por miedo, sino para apresurar el día en que podrá regresar y gozar plenamente de Dios. Corre, pues, hacia lo que el ángel llama “la prisión dorada” del Purgatorio. El alma exclama con esperanza:
“Allí cantaré a mi Señor y Amor ausente:
llévame, para que más pronto me eleve
y lo vea en la verdad del día eterno.”
El ángel cumple sus santos deseos. Así concluye Newman su magnífica obra, a la vez teológica e imaginativa, realista y poética, dando la última palabra al mensajero de Dios:
Suavemente y con ternura, alma rescatada con amor,
en mis brazos te estrecho amorosamente;
y, sobre las aguas penales que ruedan,
te sostengo, te bajo y te guardo.Y con cuidado te sumerjo en el lago,
y tú, sin un sollozo ni resistencia,
atraviesas el torrente veloz,
hundiéndote cada vez más en la penumbra.Los ángeles, a quienes toca esta tarea santa,
te cuidarán y arrullarán mientras yaces;
y las Misas en la tierra y las oraciones del Cielo
te asistirán ante el Trono del Altísimo.Adiós, pero no para siempre, hermano querido,
sé valiente y paciente en tu lecho de dolor;
pronto pasará tu noche de prueba,
y volveré a despertarte en la aurora.
El Día de los Fieles Difuntos reúne en sí los grandes temas de la teología cristiana: la justicia y la misericordia divinas, la responsabilidad y dignidad humanas, la solidaridad en la oración y el sufrimiento, y la vida presente vista desde la eternidad. En la Iglesia y el Señor, que nos incorporan en Su Cuerpo Místico, los lazos no se rompen con la muerte, sino que se fortalecen en la Comunión de los Santos.
¿Quién, pues, no podría sentirse esperanzado y gozoso ante verdades tan consoladoras? La sobriedad litúrgica del día refleja ese instante del Purgatorio, preludio perfecto de la gloria eterna del Amor que nos posee y al que pertenecemos para siempre.
Sí, Señor: oramos hoy por todos los que aman y ansían tu amor purificador; haz que ellos —y nosotros— seamos cum sanctis tuis in aeternum, quia pius es (“con tus santos por siempre, porque Tú eres misericordioso”).
Dejemos que el Cardenal Newman tenga la última palabra con dos de sus más bellas oraciones:
Que Él nos sostenga durante todo el día,
hasta que las sombras se alarguen y llegue la tarde,
y el mundo ajetreado guarde silencio,
y la fiebre de la vida termine, y nuestra labor concluya.
Entonces, en Su misericordia,
que nos conceda un refugio seguro, un santo descanso y paz al final.
Y esta otra:
Oh, mi Señor y Salvador,
sosténme en esa hora en los brazos fuertes de Tus Sacramentos
y con el fresco perfume de Tus consuelos.
Que las palabras de absolución se digan sobre mí,
que el santo óleo me selle,
que Tu Cuerpo sea mi alimento y Tu Sangre mi aspersión.
Que mi dulce Madre, María, exhale sobre mí su aliento,
y mi Ángel me susurre paz,
y mis gloriosos Santos sonrían hacia mí;
para que en ellos y por ellos reciba el don de la perseverancia
y muera como deseo vivir: en Tu fe, en Tu Iglesia, en Tu servicio y en Tu amor. Amén.
Sobre el autor
El P. Peter M. J. Stravinskas posee doctorados en administración escolar y teología. Es fundador y editor de The Catholic Response y editor de Newman House Press. Recientemente lanzó un programa de posgrado en administración de escuelas católicas a través de Pontifex University.