León XIV exhorta a los religiosos italianos a “gobernar la esperanza” con discernimiento y espíritu sinodal

León XIV exhorta a los religiosos italianos a “gobernar la esperanza” con discernimiento y espíritu sinodal

Esta mañana, en el Palacio Apostólico del Vaticano, el Santo Padre León XIV recibió en audiencia a los participantes de la 65ª Asamblea General de la Conferencia Italiana de Superiores Mayores (CISM).

El encuentro tuvo lugar bajo el lema “Gobernar la esperanza. Formas y estilos de gobierno de las provincias en una Iglesia sinodal”, un tema que, según el Pontífice, “refleja la riqueza y también la complejidad del tiempo de gracia que la Iglesia está viviendo”.

León XIV agradeció a los religiosos su fidelidad al servicio de la Iglesia y los animó a ejercer la autoridad como un ministerio al servicio de la comunión y la esperanza, inspirado en el discernimiento, la transparencia y la corresponsabilidad.

Dejamos a continuación el mensaje completo pronunciado por el Santo Padre:

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¡La paz sea con vosotros!

Buenos días a todos y bienvenidos, ¡aquí hay más entusiasmo que en la jornada de los jóvenes! ¡Eso quiere decir que todos sois jóvenes!

Un cordial saludo a todos vosotros, participantes en la 65ª Asamblea General de la Conferencia Italiana de Superiores Mayores.

El tema que habéis escogido es “Gobernar la esperanza. Formas y estilos de gobierno de las provincias en una Iglesia sinodal”. Se trata de una perspectiva exigente, que refleja la riqueza del tiempo de gracia que la Iglesia está viviendo, así como su complejidad.

La comunidad de los creyentes nunca se ha sustraído ni a los estímulos ni a los desafíos de los tiempos y lugares en los que ha vivido. También hoy, con confianza y generosidad, quiere continuar haciéndolo, llevando el mensaje de Cristo a todos los ámbitos de la sociedad y a todas las partes del mundo. En este esfuerzo, la presencia de los religiosos ha sido siempre significativa y providencial, como fermento, profecía y fuerza para todo el Pueblo de Dios (cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen gentium, 44). Y el tema que habéis propuesto confirma vuestra fidelidad a este papel, en particular en el contexto del camino de “conversión sinodal” que hemos vivido en estos últimos años.

El Documento final del último Sínodo, a este respecto, ha señalado cómo es propio de las familias religiosas haber madurado, a lo largo de los siglos, “prácticas experimentadas de vida sinodal y de discernimiento comunitario, aprendiendo a armonizar los dones individuales y la misión común” (Documento final, 26 de octubre de 2024, n. 65). La sinodalidad, intrínseca a la vida de la Iglesia (cf. Francisco, Discurso a los fieles de la Diócesis de Roma, 18 de septiembre de 2021), es de hecho aún más propia de vuestra vocación, y esto os hace particularmente idóneos para contribuir a los esfuerzos que en todo el mundo se están realizando en esta dirección. A ello se añade el valor de la creciente interculturalidad de las comunidades de consagrados, que también responde a las necesidades de las sociedades en las que vivimos (cf. ibid.).

Sin embargo, este patrimonio no puede considerarse algo definido y estático: es fruto de una vitalidad de vida y de fe que necesita continuamente evolucionar, crecer, desarrollarse y expresarse, tanto en la multiplicidad de los contextos carismáticos como en la constante novedad de las situaciones y relaciones.

Esto implica la necesidad de cuidar este patrimonio como el fruto de un organismo vivo, que requiere alimento, atención y, a veces, también sanación; y en ello puede contribuir de modo determinante el ministerio de autoridad, con formas y estilos de “gobierno” capaces de suscitar esperanza en el camino de los hermanos, sosteniendo su generoso y fecundo apostolado.

En la búsqueda de las líneas guía por las cuales avanzar en este propósito, podemos remitirnos a lo que sugiere el citado Documento final del Sínodo, del cual se pueden extraer tres actitudes importantes: el discernimiento eclesial, el cuidado de los procesos decisionales, y el compromiso de rendir cuentas del propio trabajo y de evaluar los resultados y las modalidades (cf. ibid., n. 79). Se trata, como subraya el Documento, de procesos interconectados, que se sostienen y corrigen recíprocamente. La fidelidad a la Iglesia orienta e ilumina la implicación de los hermanos y alimenta su corresponsabilidad, garantizando la transparencia y facilitando esa apertura mutua que es la única que puede favorecer la cooperación de todos.

Por lo demás, la confrontación sincera, la participación, la corrección fraterna pueden ayudar mucho a evitar y contrarrestar posibles derivas particularistas y autorreferenciales (cf. Francisco, Discurso a los referentes diocesanos del Camino sinodal italiano, 25 de mayo de 2023). En el fondo, se trata de un camino de purificación destinado a hacer que las personas y las comunidades sean cada vez más libres en el bien, tanto en el crecimiento personal como en el ejercicio de la caridad. Y esto, claramente, también en favor de una fidelidad carismática renovada, que requiere un despojarse continuo de estructuras y apegos no esenciales, o incluso perjudiciales para una plena actualización de la misión original inspirada por los fundadores.

Y a este propósito quiero recordar, en particular, la importancia de fomentar, en las formas de gobierno, una provechosa alternancia en las responsabilidades y cargos, evitando los estancamientos que pueden favorecer rigideces y esclerosis. El papa Francisco, a este respecto, nos ha advertido en numerosas ocasiones del peligro de las “aguas estancadas”.

San Agustín, en sus Soliloquios, se pregunta: “¿Por qué deseas que las personas queridas vivan y convivan contigo?”, y añade esta bellísima respuesta: “Para que, en colaboración concorde, podamos investigar sobre nuestra alma y sobre Dios. Así, el que primero haya resuelto el problema, llevará sin esfuerzo a los demás al mismo resultado” (I, 12.20). Me parece un pensamiento muy significativo también para nosotros, en particular en referencia a la dimensión sinodal de la responsabilidad que se nos ha confiado hacia los hermanos.

Queridísimos, os agradezco la fidelidad con la que desempeñáis vuestra no fácil tarea. Os acompaño con mi oración y os bendigo de corazón. Gracias.

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