En el gris ceniciento de la tarde,
y mientras la blasfemia restallaba,
la Mano eterna y tierna cincelaba
un Título que aún en las venas me arde.
De amor materno el más humilde alarde,
ese Título en mi alma resonaba,
mientras tu yema, Niña, acariciaba,
perdonando, mi palidez cobarde.
Cuando la vida ya se me deslíe,
si me lacera el alma una dolora,
¡aquel Título antiguo me sonríe!,
y del crepúsculo en mi torpe hora,
tu Título me invita a que confíe,
en Ti, ¡porque eres mi Corredentora!
Mons. Alberto José González Chaves