Con un gesto para el diálogo entre las Iglesias cristianas, la Conferencia de Iglesias Europeas (CEC) y el Consejo de Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) firmaron el 5 de noviembre en Roma la versión actualizada de la Charta Oecumenica, documento conjunto que renueva el compromiso de las Iglesias de Europa con la unidad, la colaboración y el testimonio común de la fe.
Un paso hacia la «unidad cristiana»
La nueva Charta Oecumenica fue suscrita por el arzobispo Nikitas de Tiatira y Gran Bretaña, presidente de la CEC, y el arzobispo Gintaras Grušas de Vilna, presidente del CCEE. Ambos destacaron que el documento representa una llamada a la cooperación y al testimonio común de la fe. “Nuestro compromiso como Iglesias no es abstracto: está arraigado en una fe compartida, vivida en medio del dolor, la división y la esperanza”, afirmó el arzobispo Nikitas. “Debemos proclamar juntos el Evangelio, defender la dignidad humana y trabajar por la justicia, la paz y el cuidado de la creación”.
Por su parte, el arzobispo Grušas subrayó que la nueva carta llega “en un momento crucial para Europa”, al ofrecer herramientas para responder unidos “a las heridas de la guerra, al drama de los migrantes y a los desafíos éticos de las nuevas tecnologías”. También insistió en la necesidad de involucrar a los jóvenes en la construcción de la unidad cristiana y de crear espacios de reconciliación y diálogo.

Una visión cristiana para los desafíos actuales
Originalmente firmada en 2001, la Charta Oecumenica ha sido desde entonces un texto de referencia para el movimiento ecuménico en Europa. La versión actualizada, publicada en el año en que se conmemoran los 1700 años del Concilio de Nicea, responde a un contexto social, cultural y religioso en transformación. El documento reafirma el compromiso de las Iglesias con la paz y la reconciliación, la acogida de los migrantes y refugiados, la protección de la creación y el diálogo con las comunidades judía y musulmana. Además, aborda las implicaciones éticas de las tecnologías emergentes y otorga un papel destacado a los jóvenes como protagonistas del ecumenismo.
Un ecumenismo horizontal y una Iglesia en diálogo
El contenido de la nueva Carta refleja una tendencia creciente: la de un ecumenismo de cooperación práctica más que de conversión doctrinal. Se habla con insistencia de “unidad visible”, “diálogo” y “diversidad reconciliada”, pero el texto evita toda referencia explícita al primado de Pedro, a la Eucaristía como centro de comunión, o a la Iglesia como “Cuerpo de Cristo visible y jerárquico”.
Este tipo de ecumenismo —presentado como extensión del actual camino sinodal— se apoya en la horizontalidad del consenso y en el lenguaje de la cooperación, dejando en segundo plano la dimensión teológica y sacramental. La Iglesia, en su legítimo deseo de promover la unidad, no puede diluir su identidad en negociaciones diplomáticas ni esconder su esencia apostólica detrás de acuerdos ambiguos. La caridad exige diálogo; pero la verdad exige claridad.
El verdadero ecumenismo no consiste en rebajar las diferencias para convivir mejor, sino en llamar a todos los bautizados a la plenitud de la fe y de la comunión eclesial. Cuando la Iglesia olvida este horizonte, corre el riesgo de convertirse en un actor social más, perdiendo su fuerza misionera y su celo apostólico.
