“Nostra Aetate”: 60 años del llamamiento del Concilio a la fraternidad entre los pueblos

“Nostra Aetate”: 60 años del llamamiento del Concilio a la fraternidad entre los pueblos

Hace seis décadas, el 28 de octubre de 1965, el Concilio Vaticano II promulgó la declaración Nostra Aetate, sobre la relación de la Iglesia católica con las religiones no cristianas. Aunque breve en extensión, este documento marcó un antes y un después por la forma en que la Iglesia se acercó a culturas y creencias distintas, reconociendo las realidades espirituales que encuentran su origen en Dios.

Contexto y finalidad

En un mundo cada vez más interconectado, el Concilio advirtió que la humanidad comparte un origen común —“Dios hizo que todo el género humano habite sobre la faz de la tierra” (Proemio 1). La Iglesia, en su misión de unidad y caridad entre los hombres, decidió reflexionar con atención la propia relación respecto de las religiones no cristianas, no como mera tolerancia, sino como deber de verdad y de amor.

Contenidos esenciales

El documento afirma que la Iglesia “no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo” y reconoce que aunque difieran de su propia enseñanza, “reflejan a menudo un rayo de aquella verdad que ilumina a todos los hombres”.

Respecto al judaísmo, Nostra Aetate afirma con claridad: “Dios no rechaza a su pueblo, el que en tiempos pasados acogió sus palabras”, y enseña que “no se debe adjudicar a todos los judíos, sin distinción, la muerte de Cristo”. También se dirige al Islam, reconociéndolo como una religión que adora al único Dios, y llama al respeto mutuo y al diálogo. Finalmente, condena toda forma de discriminación por raza, condición de vida o religión.

Relevancia actual y desafíos

Sesenta años después, el valor de Nostra Aetate persiste, aunque enfrenta retos. En un mundo dominado por el relativismo, el pluralismo y la reivindicación identitaria, la Iglesia está llamada a sostener un equilibrio: promover el diálogo sin perder la propia identidad; reconocer los valores presentes en otras creencias sin abdicar de la Verdad revelada en Cristo.

Esto significa formar en la fe pero también dialogar con el mundo contemporáneo con claridad: no reduciendo el mensaje de Cristo a mero buenismo, ni convirtiendo la Iglesia en un club ecuménico sin contenido, sino anunciando con valentía que “Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14:6) y que al mismo tiempo «todo lo que es verdadero y santo» en culturas y religiones puede tener su origen en Dios.

Una invitación para el futuro

El aniversario de Nostra Aetate es una oportunidad para reafirmar que la misión de la Iglesia no se limita a los bautizados, sino que abraza la universalidad de la fraternidad humana. Pero esa misión exige coherencia: la acogida del otro debe ir acompañada de la transmisión del Evangelio; el respeto por las religiones debe integrarse con el anuncio de la salvación en Cristo.

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