El obispo, signo de reconciliación y humildad
Tomando como punto de partida el lema episcopal del nuevo nuncio —Gloria Deo, Pax Hominibus (“Gloria a Dios y paz a los hombres”)—, León XIV explicó que el ministerio episcopal consiste en hacer visible la gloria de Dios a través de la paz y la reconciliación. “Es el programa de toda vida cristiana”, afirmó el Pontífice, “buscar siempre que la gloria de Dios resplandezca en la paz entre los hombres”.
El Papa recordó que la vocación del obispo es continuar la misión reconciliadora de Cristo, llevando la misericordia de Dios a las almas y promoviendo la unidad de la Iglesia. “Rendir visible, con la propia vida, la alabanza de Dios y su deseo de reconciliar el mundo consigo”, subrayó, citando la Segunda Carta a los Corintios (5,19).
Humildad y servicio, fundamentos del episcopado
Comentando el Evangelio del día (Lc 18,9-14), el Santo Padre contrastó la actitud del fariseo con la del publicano para recordar que “no son los méritos los que justifican al hombre ante Dios, sino el corazón contrito”. En esa clave, exhortó a los obispos a evitar la autosuficiencia espiritual y a vivir con humildad interior: “No la humildad de las palabras, sino la que habita en el corazón del que sabe que es siervo, no dueño; pastor, no propietario del rebaño”.
León XIV describió al obispo como un hombre de oración y penitencia, que intercede por su pueblo desde la verdad de su pequeñez. Su autoridad —dijo— no procede del poder, sino de la gracia que se manifiesta en la mansedumbre y la fidelidad.
El obispo, custodio y sembrador de esperanza
El Papa utilizó una imagen profundamente simbólica: el obispo como campesino de Dios, llamado a sembrar con paciencia y a esperar con esperanza. “Del contacto con la tierra aprendemos que la fecundidad nace de la espera y de la fidelidad”, señaló, explicando que la misión episcopal no se mide por resultados visibles, sino por la constancia en el servicio. “El obispo es custodio, no propietario; hombre de oración, no de posesión”.
La fecundidad espiritual —afirmó— se mide en términos de santidad y entrega. “El Señor confía al obispo una misión para que la cuide con la misma dedicación con que el labrador cuida su campo: cada día, con fe y perseverancia”.
Fidelidad en medio de la prueba
Inspirándose en las palabras de San Pablo —“He combatido el buen combate, he conservado la fe” (2 Tm 4,7)—, el Papa recordó que la vida del pastor es un combate espiritual continuo. “El verdadero enemigo no son los demás, sino las tentaciones del desánimo, del cálculo y del orgullo”, advirtió. Por eso, insistió en que la fidelidad es la virtud que sostiene el ministerio, una fidelidad que no busca éxito ni reconocimiento, sino la perseverancia en el deber y la verdad del Evangelio.
La diplomacia como testimonio de fe
Dirigiéndose al nuevo nuncio apostólico, el Papa agradeció su servicio en la Secretaría de Estado y en las representaciones pontificias, recordando que la diplomacia de la Santa Sede “no se apoya en intereses humanos, sino en la verdad del Evangelio”. El nuncio, dijo, está llamado a ser “padre, pastor y testigo de esperanza” en una tierra marcada por el dolor y el deseo de renacer. “La fidelidad del obispo —añadió— no es de quien busca poder, sino de quien sirve con respeto, con discreción y con profesionalidad iluminada por la fe”.
Citando a San Pablo VI y su carta apostólica Sollicitudo omnium Ecclesiarum, León XIV recordó que el nuncio representa la solicitud del Sucesor de Pedro por todas las Iglesias, y que su misión principal es promover la unidad, el diálogo y la paz.
La Iglesia en Irak: fe que resiste la persecución
El Papa evocó las raíces apostólicas del cristianismo en Mesopotamia, donde —según la tradición— San Tomás llevó el Evangelio tras la destrucción del Templo de Jerusalén. “En esa región se reza todavía en la lengua que hablaba Jesús: el arameo”, recordó, destacando la fidelidad heroica de los cristianos de Oriente, cuya fe ha resistido la violencia y el martirio.
En referencia a la visita del Papa Francisco a Irak en 2021, León XIV situó su exhortación en continuidad con el magisterio reciente, llamando a proseguir “el camino de la fraternidad y del diálogo”, pero siempre anclado en la verdad de Cristo. “La diplomacia de la Santa Sede nace del Evangelio y se alimenta de la oración”, afirmó.
Un llamado a los pastores
En un tono final profundamente espiritual, León XIV pidió al nuevo obispo que sea “hombre de comunión y de silencio, de escucha y de diálogo”, y que en su mirada “el pueblo reconozca la paz de Cristo”. Encomendó su misión a María, Reina de la Paz, y a los santos de la antigua Iglesia oriental, deseándole que “la gloria de Dios ilumine su camino y la paz de Cristo habite donde él ponga su paso”.
Con esta homilía, el Papa ofreció una auténtica catequesis sobre el ministerio episcopal, recordando a toda la Iglesia que la autoridad del obispo no se mide por su poder ni por su influencia, sino por su capacidad de servir, orar y amar. “El obispo —dijo— es ante todo un signo de reconciliación y un testigo de esperanza”.
Dejamos a continuación la homilía completa:
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy la Iglesia de Roma se alegra junto con la Iglesia universal, exultando por el don de un nuevo obispo: Mons. Mirosław Stanisław Wachowski, hijo de tierra polaca, arzobispo titular electo de Villamagna de Proconsolare y nuncio apostólico ante el querido pueblo de Irak.
El lema que él ha escogido —Gloria Deo Pax Hominibus— resuena como el eco del canto navideño de los ángeles en Belén: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres que ama» (Lc 2,14). Es el programa de toda una vida: buscar siempre que la gloria de Dios resplandezca en la paz entre los hombres. Este es el sentido profundo de toda vocación cristiana y, de modo particular, de la vocación episcopal: hacer visible, con la propia vida, la alabanza de Dios y su deseo de reconciliar el mundo consigo mismo (cf. 2 Cor 5,19).
La Palabra de Dios que acabamos de proclamar nos ofrece algunos rasgos esenciales del ministerio episcopal. El Evangelio (Lc 18,9-14) nos muestra a dos hombres que oran en el templo: un fariseo y un publicano. El primero se presenta con seguridad, enumerando sus obras; el segundo se queda al fondo, sin atreverse a levantar la mirada, y confía todo a una sola invocación: «¡Oh Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador!» (v. 13). Jesús dice que en realidad es él, el publicano, quien recibe la gracia y la salvación de Dios, porque «todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será exaltado» (v. 14).
La oración del pobre atraviesa las nubes —nos recuerda el Sirácida—: Dios escucha la súplica de quien se confía totalmente a Él (cf. Sir 35,15-22).
Esta es la primera lección para todo obispo: la humildad. No una humildad de palabras, sino la que habita en el corazón de quien sabe que es siervo, no dueño; pastor, no propietario del rebaño.
Me conmueve pensar en tu tierra humilde, que en Mesopotamia se eleva desde hace siglos como incienso hacia Dios. Es la misma tierra donde nació Abraham, el padre de la obediencia, que en el silencio y con fe dijo: «Oh Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador». Su oración sube al cielo, y hoy la Iglesia confía a ese mismo silencio y a ese mismo corazón que, con confianza, atraviesan las nubes y tocan el corazón de Dios.
Querido Monseñor Mirosław, vienes de una tierra de lagos y bosques. En esos paisajes, donde el silencio es maestro, aprendiste a contemplar; entre la nieve y el sol, adquiriste la sobriedad y la fortaleza; en una familia campesina, la fidelidad a la tierra y al trabajo. Las mañanas que comienzan temprano te enseñaron la disciplina del corazón, y el amor por la naturaleza te reveló la belleza del Creador.
Estas raíces no son solo un recuerdo para conservar, sino una escuela permanente. En contacto con la tierra aprendiste que la fecundidad nace de la espera y de la fidelidad: dos palabras que definen también el ministerio episcopal. El obispo está llamado a sembrar con paciencia, a cultivar con respeto, a esperar con esperanza. Es custodio, no propietario; hombre de oración, no de posesión. El Señor te confía una misión para que la cuides con la misma dedicación con la que el campesino cuida su campo: cada día, con constancia y con fe.
Al mismo tiempo, hemos escuchado al apóstol Pablo, que al mirar su propia vida dice: «He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he conservado la fe» (2 Tm 4,7). Su fuerza no nace del orgullo, sino de la gratitud, porque el Señor lo ha sostenido en los trabajos y en las pruebas.
Así también tú, querido hermano, que has recorrido un camino de servicio a la Iglesia en las Representaciones Pontificias en Senegal y en tu Polonia, en las Organizaciones Internacionales de Viena y en la Secretaría de Estado, como minutante y luego subsecretario para las Relaciones con los Estados, has vivido la diplomacia como obediencia a la verdad del Evangelio, con discreción y competencia, con respeto y dedicación, y por ello te estoy agradecido.
Ahora el Señor te pide que ese don se convierta en paternidad pastoral: ser padre, pastor y testigo de esperanza en una tierra marcada por el dolor y el deseo de renacer. Estás llamado a combatir el buen combate de la fe, no contra los demás, sino contra la tentación de cansarte, de encerrarte, de medir los resultados, confiando siempre en la fidelidad que es tu rasgo distintivo: la fidelidad de quien no busca a sí mismo, sino que sirve con profesionalidad, con respeto y con una sencillez que ilumina sin ostentar.
San Pablo VI, en la Carta Apostólica Sollicitudo omnium Ecclesiarum, recuerda que el representante pontificio es signo de la solicitud del Sucesor de Pedro por todas las Iglesias. Está llamado a consolidar la unidad, a promover el diálogo con las autoridades civiles y religiosas y a favorecer la paz.
En Irak, tierra de tu misión, este servicio asume un significado especial. Allí la Iglesia católica, en plena comunión con el Obispo de Roma, vive en diversas tradiciones: la Iglesia caldea, con su Patriarca de Babilonia de los Caldeos y la lengua aramea de la liturgia; las Iglesias siro-católica, armena-católica, greco-católica y latina. Es un mosaico de ritos, culturas e historias de fe que pide ser acogido y custodiado en la caridad.
La presencia cristiana en Mesopotamia es antiquísima: según la tradición, fue el apóstol Santo Tomás quien, después de la destrucción del Templo de Jerusalén, llevó el Evangelio a esa tierra; y fueron sus discípulos Addai y Mari quienes fundaron las primeras comunidades. En esa región se reza en la lengua que hablaba Jesús: el arameo. Esta raíz apostólica es un signo de continuidad que ni la violencia, manifestada con ferocidad en los últimos decenios, ha podido apagar. Más aún, la voz de quienes en esas tierras fueron privados de la vida de modo brutal no se ha extinguido. Hoy ellos oran por ti, por Irak, por la paz en el mundo.
Por primera vez en la historia, un Pontífice se ha desplazado a Irak. En marzo de 2021, de hecho, el Papa Francisco llegó allí como peregrino de fraternidad. En aquella tierra, donde Abraham, nuestro padre en la fe, escuchó la llamada de Dios, mi predecesor recordó que «Dios, que creó a los seres humanos iguales en dignidad y en derechos, nos llama a difundir amor, benevolencia y concordia». También en Irak la Iglesia católica desea ser amiga de todos y, mediante el diálogo, colaborar de modo constructivo con las demás religiones por la causa de la paz. (Francisco, Discurso a las Autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático, 5 marzo 2021).
Hoy tú estás llamado a continuar ese camino: a custodiar los brotes de esperanza, a fomentar la convivencia pacífica, a mostrar que la diplomacia de la Santa Sede nace del Evangelio y se alimenta de la oración.
Querido Monseñor Mirosław, sé siempre un hombre de comunión y de silencio, de escucha y de diálogo. Lleva en tu palabra la mansedumbre que edifica y en tu mirada la paz que consuela. En Irak, el pueblo te reconocerá no por lo que digas, sino por cómo ames.
Encomendamos tu misión a María, Reina de la Paz, a los santos Tomás, Addai y Mari, y a los muchos testigos de la fe en Irak. Que ellos te acompañen y sean luz en tu camino.
Y así, mientras la Iglesia, en oración, te acoge en el Colegio de los Obispos, oramos juntos para que la gloria de Dios ilumine tu camino y la paz de Cristo habite allí donde pongas tus pasos.
Gloria Deo, Pax Hominibus. Amén.