Las dos formas del servicio cristiano

Las dos formas del servicio cristiano

Por David G. Bonagura, Jr.

El cristianismo es una religión de paradojas. Una de ellas es la extraña relación entre el mundo natural, que vemos, y el mundo sobrenatural, que no vemos. Este último es donde Dios habita y es nuestro hogar definitivo. Al mismo tiempo, está siempre presente: sostiene y penetra el orden natural mientras nos envuelve de múltiples maneras.

Dios está presente en nosotros mediante la gracia sacramental y delante de nosotros en la Eucaristía. También está presente en los demás, en las personas con las que nos encontramos, hecho asombroso que Jesús enseñó claramente: los actos de caridad trascienden ambos mundos. «En verdad os digo, que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25,41).

Servir a los demás es tan esencial en la práctica cristiana como el culto dominical, la oración y el cumplimiento de los mandamientos, y las oportunidades para servir abundan. Con razón, las escuelas católicas y los programas de formación religiosa exigen a sus alumnos realizar obras de caridad, con la esperanza de que aprendan a cultivar el hábito del servicio.

En el libro X de La ciudad de Dios, San Agustín nos recuerda otra forma de servicio:

«Si un hombre se ama a sí mismo, su único deseo es alcanzar la bienaventuranza, que consiste en estar cerca de Dios. Por tanto, si un hombre sabe amarse correctamente, el mandamiento de amar al prójimo le exige hacer todo lo posible para llevar a su prójimo a amar a Dios. Este es el culto a Dios; esta es la verdadera religión; esta es la devoción recta; este es el servicio que solo a Dios se debe.»

Si el acto más grande de caridad es dar a Dios a otra persona, ¿por qué no fomentamos más esta forma de dar? Tal vez porque es más fácil dar dinero o cosas materiales. Tal vez porque nuestra idea de servicio está afectada por una falsa dicotomía entre culto y caridad. Tal vez porque, en el fondo, no creemos que Dios sea el bien supremo de nuestra vida.

Esto no significa dejar de lado la caridad material, que es necesaria para todo católico. Pero la caridad, como todo, debe entenderse en contexto. La caridad material católica nunca se da sola: va unida al Evangelio.

Por ejemplo, los franciscanos no dan comida a los pobres y luego los despiden. Se sientan con ellos, los escuchan y se hacen amigos suyos, con la intención de invitarlos a conocer a Dios. La caridad material es el canal que conduce a Dios, quien es la misma Caridad, es decir, el Amor mismo.

Por eso —dicho sea de paso— los ataques de los gobiernos contra las Hermanitas de los Pobres y otras instituciones católicas de caridad, bajo el argumento de que realizan “trabajo social” y no “trabajo religioso”, son ataques a la esencia misma del catolicismo. Estas órdenes gubernamentales son, por tanto, intrusiones ilegítimas en el libre ejercicio de la religión.

Más cerca de nuestra vida cotidiana, ¿cómo podemos dar a otros el supremo don de la caridad —Dios mismo—, sin necesidad de enseñar la fe directamente?

Primero, y quizá lo más importante, podemos llevar a alguien a la Misa que de otro modo no iría o no podría ir. Puede tratarse de un católico alejado o de una persona mayor que necesita ayuda para llegar al templo. El primero requiere valor para invitarlo; el segundo exige un sacrificio real de tiempo y esfuerzo para ayudarlo a entrar y salir del coche y del templo. «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis» (Mateo 10,8).

Segundo, podemos llevar a la Misa a quienes ya no pueden venir. Es decir, ofrecer una Misa por el alma de un ser querido o un amigo fallecido. Aún mejor sería asistir personalmente a esa Misa y ofrecer nuestras oraciones por el difunto, mientras el único sacrificio de Cristo se renueva sobre el altar. Recomendaría esta práctica especialmente a los candidatos a la Confirmación: que organicen dos Misas por sus difuntos, paguen el estipendio de su bolsillo y luego asistan a ambas. Así anticipan la gracia de la Confirmación, que da la fortaleza para testimoniar la fe y compartirla con otros.

Tercero, y muy cercano a los dos anteriores, podemos invitar —o animar— a alguien a confesarse. La reconciliación del hombre con Dios fue la misión de Jesús. Cada absolución restaura al penitente a la unión con Dios para la cual fue creado. La Confesión y la Comunión, juntas, nos acercan tanto a Dios como es posible en esta vida. ¿Qué mejores dones podríamos ofrecer?

Cuarto, podemos invitar a alguien a rezar con nosotros. Rezar es entrar en comunión con Dios, de modo que cada oración cumple el fin mismo de nuestra existencia. No se requieren oraciones largas o solemnes. Un desafío sencillo: la próxima vez que comas con otros, en casa o en público, invita a tus acompañantes a rezar antes de comer, y guía tú mismo la oración.

«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Juan 15,13). Jesús entregó su vida para que tuviéramos a Dios. Nuestros sacrificios de caridad deben seguir su ejemplo.

Entregamos la vida por los demás no solo porque “es lo correcto” o por la regla de oro. Damos, material y espiritualmente, por Dios y para conducir a otros a Él. El auténtico servicio cristiano mantiene a Dios en el centro, como nuestro motivo y nuestro fin.

Sobre el autor

David G. Bonagura, Jr. es autor de 100 Tough Questions for Catholics: Common Obstacles to Faith Today y traductor de Jerome’s Tears: Letters to Friends in Mourning. Profesor adjunto en el Seminario de San José y en Catholic International University, es editor de religión de The University Bookman, revista fundada en 1960 por Russell Kirk. Su sitio web personal está disponible aquí.

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