Por: Yousef Altaji Narbon
Aquellos que siguen o conocen del calendario tradicional dentro de la Santa Madre Iglesia, tienen presente que el último domingo del mes de octubre se celebra la Fiesta de Cristo Rey, ya que pronto estamos terminando de ver los misterios de la vida de Nuestro Salvador. Resuenan las palabras paternales del Papa Pío XI en la famosa Encíclica Quas Primas cuando establece la fiesta: “…Nos pareció también el último domingo de octubre mucho más acomodado para esta festividad que todos los demás, porque en él casi finaliza el año litúrgico; pues así sucederá que los misterios de la vida de Cristo, conmemorados en el transcurso del año, terminen y reciban coronamiento en esta solemnidad de Cristo Rey, y antes de celebrar la gloria de Todos los Santos, se celebrará y se exaltará la gloria de aquel que triunfa en todos los santos y elegidos.”. El querer destacar la reyecía de Cristo en el plano temporal, es una carencia palpable en este yermo de Naturalismo imperante que busca la autodestrucción de la Iglesia Católica, con el fin de endiosar al hombre como culmen sublime de todo lo creado.
Un mundo que muestra, con el pasar de las horas, la insondable inanición que sufre por haber elegido al demonio antes que a Dios; por esta razón notoria, hace que surja la necesidad de reiterar incesantemente el Magisterio perenne del Cuerpo Místico de Jesucristo en estos temas de vital importancia para todos. Existen verdades que son parte de la Fe Católica que hoy en día son desplazadas a las periferias de la palestra pública dado que son consideradas como: triunfalistas, medievales, rígidas, incompatibles con la realidad moderna, o sencillamente, de poca relevancia para el hombre moderno; una de estas doctrinas ocultas dolosamente es la de Cristo Rey. Solo hay que preguntarnos: ¿Cuándo fue la última vez que se escuchó una homilía masiva sobre la obligatoriedad de instaurar el Reinado Social de Cristo por medio de la Cristiandad? Salvo las escasas excepciones, esto no se predica pública y orgullosamente desde las parroquias, esto es tan grave como dejar de enseñar sobre la Transustanciación. El respetado Padre Leonardo Castellani, con su claridad acostumbrada, no se guarda ni la más mínima migaja de verdad sobre Cristo Rey. Sus palabras nos calientan de forma acogedora en el fuego incólume del Depósito de la Fe, para poder comprender a Cristo Rey en la crisis actual que atraviesa la Cristiandad. Leamos con detenimiento esta augusta exégesis:
Hoy celebramos la fiesta de Cristo Rey, fiesta de primera clase. Cristo delante de Pilatos afirmó tres veces que Él era Rey, en el mismo sentido que lo entendía Pilatos. “Luego en definitiva ¿Tú eres Rey? – Tú lo has dicho; o sea “estás en lo cierto”. Es cierto que le dijo: “Mi Reino no es de aquí”; pero no dijo: “mi Reino no está aquí”. Usó el adverbio “hinc” que indica movimiento y no existe en castellano: existe en alemán. Ese adverbio “hinc” significaba tres cosas juntas: “Mi reino no procede de este mundo; mi Reino está en este mundo; mi Reino va de este mundo al otro Reino”.
Es un “pobre Rey” aparentemente, que hoy día no reina mucho, puesto que si reinara, el mundo andaría mejor. Una gran parte del mundo ni siquiera lo conoce; otra parte lo conoce y reniega dél, como los judíos: “Nolumus Hunc regnare super nos” – no queremos que Éste reine sobre nosotros; finalmente otra parte lo reconoce en las palabras y lo niega prácticamente en los hechos; que somos los cristianos cobardes. Pero hay esto que también notó Cristo: que si a un Rey se le sublevan los vasallos, no deja de ser Rey mientras conserve el poder de castigarlos y avasallarlos de nuevo. Si no tiene ese poder, es otra cosa. Y así hoy los herejes modernistas admiten que Cristo es Rey “en cierto sentido”, pero niegan la Segunda Venida de Cristo. Entonces sí, sería un pobre Rey. Los modernistas, o cambian enteramente el sentido de la Parusía, convirtiéndola en OTRA COSA (como Teilhard de Chardin) o bien dicen que vendrá dentro de 18 millones de años – que es como decir “nunca”.
Pio XI instituyó la fiesta de Cristo Rey contra el “Liberalismo”; justamente el Liberalismo es una especie de cobardía. El liberalismo niega la Reyecía de Cristo, su poder de derecho sobre la sociedad humana. Esta actual herejía cristiana es complicada, tiene como tres secciones, Liberalismo económico, Liberalismo político y Liberalismo religioso; y parecería que no son tan malos, y que el Liberalismo económico no tiene nada que ver con la religión, es un sistema económico; pero no es así, porque ese sistema se basa en la idea teológica herética de que “el hombre es naturalmente bueno, es la sociedad la que lo hace malo”; por tanto, dando libertad omnímoda a todo hombre (y en lo económico, al contrario, al comercio y al capital), el hombre se vuelve automáticamente buenito, bueno, más bueno, buenísimo y santo. Niega pues la elevación del hombre al estado sobrenatural, la caída del hombre, y la necesidad de la redención del hombre. Nada menos. Y con eso niega la Reyecía de Cristo…
El liberalismo eliminó la Reyecía de Cristo diciendo una cosa inocente: que la religión era un asunto privado, que por tanto las naciones debían respetar todas las religiones y que la Iglesia no debía meterse en camisa de once varas – o sea en asuntos públicos. El gran filósofo alemán Josef Pieper observa que si hacemos a Dios un asunto privado (un asunto del interior de la conciencia de cada uno), por el mismo caso hacemos Dios al Estado y a Jesucristo y al Padre Eterno lo convertimos en subdioses. En efecto, el Estado es un asunto público, y por tanto, la religión es inferior y debe someterse a él, puesto que lo público es muy superior a lo privado, y lo privado debe sometérsele. En efecto, la Historia mostró pronto que el “laicismo liberal”, – era en realidad verdadera hostilidad; y acaba por deificar, divinizar al Estado; lo cual pronto se organizó en sistema filosófico monstruoso e idolátrico: la “estatolatría”, el sistema de Hegel y de Carlos Marx.
No tengo tiempo de hablar sobre la otra herejía que niega la Reyecía de Cristo quizás más radicalmente; el modernismo que nació del liberalismo; y es la herejía novísima, que está luchando ahora en el seno del Concilio Ecuménico [Vaticano II]. Debo decir algo sobre los malos soldados del Rey Cristo, es decir, los cristianos cobardes. Nada aborrece tanto a un Rey como la cobardía en sus soldados; si sus soldados son cobardes, el Rey está listo.
No hacen honor al Rey Cristo los cristianos que tienen una especie de complejo de inferioridad de ser cristianos. ¿Qué cristiano será un católico Ministro de Educación que entrega la Universidad Argentina a los comunistas por ejemplo? ¿O dos gobernantes católicos que van a buscar justamente a un escritor ateo y blasfemo, enemigo de Cristo, para ponerlo de Director de la Biblioteca Nacional (J.L. Borges), y así mostrarse magnánimos? Si ese escritor anticristiano fuese el más competente, más apto que cualquier católico, podría quizás justificarse la cosa diciendo: “No hay que mirar la religión, hay que mirar la competencia”. Pero de hecho se dio el caso que el elegido era incompetente, poco competente, menos competente que muchos otros: la única ventaja que le sacaba a los otros era el ser impío. Un profesor de La Plata me dijo: “El ser izquierdista paga dividendos; porque al izquierdista lo ayudan los izquierdistas y los ayudan los católicos, por “magnanimidad”. Los Católicos reservan sus iras y sus ganas de luchar para sus hermanos en religión”.
No tanto como eso: aquí en la Argentina será cobardía, pero es más bien una buena dosis de bobería. Una señora me preguntó: “¿Cómo es posible que Fulano, que es católico y dueño de la revista Tal y Cual haya puesto de director a un izquierdista, que le está arruinando la revista?” Yo le dije: “Señora, los católicos ponen en altos puestos a los izquierdistas, aunque sean incompetentes, para ¡convertirlos!”.
No en balde el pecado de San Pedro fue la cobardía. Cristo reprendió de “cobardes” a los Apóstoles durante la Tempestad; y sintió tanto la cobardía de San Pedro que le obligó a arrepentirse públicamente. “Pedro – le dijo con ironía – ¿me amas tú más que todos estos?”, porque Pedro antes del pecado había dicho “¡Aunque todos éstos te abandonen, yo no te abandonaré!” Pedro se guardó muy bien de repetir su bravata y decir: “Sí, te amo más que todos éstos!”, aunque puede que entonces fuese verdad. Dijo humildemente: “Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que yo te amo…” – punto.
Para que Cristo sea realmente Rey, por lo menos en nosotros, hemos de vencer el miedo, la cobardía, la pusilanimidad; no ser “hombres para poco”, como decía Santa Teresa, y ¡pobre de aquél a quien ella se lo aplicaba! ¿Y cómo podemos vencer al miedo? ¡El miedo es un gigante!
“¿Os olvidasteis que Yo estaba con vosotros?”
Fuente: Leonardo Castellani Th. D – Domingueras Prédicas – Ed. Jauja – 1997 – Págs- 327-332.
