¿Qué diría C. S. Lewis sobre la ordenación de mujeres?

¿Qué diría C. S. Lewis sobre la ordenación de mujeres?

Por Luis E. Lugo

El anuncio del nombramiento de Sarah Mullally como la 106.ª arzobispa de Canterbury marca un primer hecho histórico para la Iglesia de Inglaterra (CoE), que remonta sus orígenes a más de 1.400 años, a la época de san Agustín de Canterbury. Además de ser la cabeza de la CoE, el arzobispo de Canterbury sirve también como líder espiritual de la Comunión Anglicana mundial, cuyas florecientes iglesias del Sur Global se han ido alienando crecientemente de la iglesia madre debido a la deriva de esta última hacia el liberalismo teológico. Este nombramiento seguramente ampliará esa brecha.

Ya en la década de 1940 circulaban en la CoE propuestas en apoyo de la ordenación de mujeres sacerdotes. Aquellos primeros esfuerzos motivaron un ensayo de 1948 del conocido escritor anglicano, C. S. Lewis. Los argumentos que expone en “¿Sacerdotisas en la Iglesia?” merecen ser revisitados y parecen tan pertinentes hoy como cuando los escribió por primera vez, tanto para católicos como para anglicanos.

Como deja claro Lewis desde el comienzo, su oposición a la ordenación de mujeres no se basa en la afirmación de que las mujeres sean menos capaces que los hombres respecto de las muchas cualificaciones asociadas al ministerio sacerdotal: «Nadie entre quienes no gustan de la propuesta [de la ordenación de mujeres] sostiene que las mujeres sean menos capaces que los hombres de piedad, celo, saber y cualquier otra cosa que parezca necesaria para el oficio pastoral. […] [Las mujeres] pueden ser tan “semejantes a Dios” como un hombre, y una mujer dada mucho más que un hombre dado».

Lewis afirma además que la oposición histórica de la Iglesia a la práctica de la ordenación femenina no pudo haber estado arraigada en un desprecio por las capacidades religiosas de las mujeres. Y eso por una razón sencilla. Como escribe, «la Edad Media llevó su reverencia por una Mujer hasta un punto en el que podría plausiblemente sostenerse que la Santísima Virgen se convirtió a sus ojos casi en “una cuarta Persona de la Trinidad”». Pese a ello, continúa Lewis, nunca «en todos esos siglos se atribuyó a ella algo que se pareciera a un oficio sacerdotal».

Lewis presenta cuatro argumentos para su oposición.

El primero concierne a la naturaleza del oficio sacerdotal. En la comprensión más tradicional, el sacerdote se ve principalmente como representante; de hecho, es un «doble representante, que nos representa a nosotros ante Dios y a Dios ante nosotros». Esta última función, en la que el sacerdote representa a Dios ante nosotros, es algo que solo un varón puede desempeñar: «Solo alguien que lleva el uniforme masculino puede (provisionalmente, y hasta la Parusía) representar al Señor ante la Iglesia: pues todos nosotros, corporativa e individualmente, somos femeninos respecto de Él».

Su segundo argumento gira en torno a la autoridad de la Iglesia. La práctica de ordenar solo varones al sacerdocio es algo que la Iglesia ha hecho en cuanto portadora de la revelación divina, como guardiana del depositum fidei. Si esta pretensión de autoridad de la Iglesia fuera falsa, sostiene Lewis, «entonces no queremos hacer sacerdotisas, sino abolir a los sacerdotes». Pues entonces la Iglesia no tendría autoridad para ordenar a nadie.

El tercer argumento de Lewis se centra en el hecho de que la imaginería y el lenguaje de la Iglesia reflejan el orden correcto de las cosas. La Iglesia afirma, por ejemplo, que en la celebración eucarística el sacerdote actúa in persona Christi, en la persona de Cristo. Pero la segunda Persona de la Trinidad se llama el Hijo, no la Hija. Y el matrimonio místico es entre Cristo Esposo y la Iglesia como su Esposa; una inversión de estos papeles es simplemente impensable. Además, en el Padre nuestro nos dirigimos a «Padre», no a «Madre».

Para Lewis, este lenguaje tiene gran peso. Convertir el lenguaje masculino en femenino (o, por extensión, en alguna variación neutra) violenta nuestra comprensión de Dios. En otras religiones se adoraron diosas, pero no en el cristianismo, señala. De modo que feminizar (o neutralizar) la divinidad es emprender otra religión. El mismo Dios, observa Lewis con intención, «nos ha enseñado cómo hablar de Él».

La imaginería importa, y afirmar que no importa «es decir o bien que toda la imaginería masculina no es inspirada, es meramente humana en su origen, o bien que, aun siendo inspirada, es totalmente arbitraria e intrascendente». Esto es intolerable, «o, si tolerable, es un argumento no a favor de sacerdotisas cristianas sino contra el cristianismo».

Por último, Lewis considera que el impulso hacia la ordenación de mujeres se basa en un malentendido antropológico —aún más común en nuestro tiempo que en el suyo— que ve el sexo como «algo superficial, irrelevante para la vida espiritual». Ya no se ve al hombre y a la mujer como unidad orgánica de cuerpo y alma, sino como partes homogéneas e intercambiables en lugar de «órganos distintos y complementarios de un cuerpo místico».

Como escribe con fuerza Lewis, «no tenemos autoridad para tomar las figuras vivas y “semíticas” [significantes seminalmente] que Dios ha pintado en el lienzo de nuestra naturaleza y moverlas como si fueran simples figuras geométricas».

Lewis concluye trazando un paralelo sugerente, aunque algo fantasioso, entre la Iglesia y un Baile (Ball). A diferencia de la fábrica o de un partido político, observa, «el Baile existe para estilizar algo natural que concierne al ser humano en su integridad: el cortejo». No podemos alterar ese arreglo sin socavar su propósito, afirma.

Esto se aplica con aún mayor fuerza a la Iglesia, «pues allí tratamos con lo masculino y lo femenino no meramente como hechos de la naturaleza, sino como sombras vivas y tremendas de realidades por completo fuera de nuestro control y en gran parte fuera de nuestro conocimiento directo. O más bien, no somos nosotros los que tratamos con ellas sino —como pronto aprenderemos si nos entrometemos— ellas las que tratan con nosotros».

En las diversas confusiones de la ideología de género contemporánea, estamos cosechando el amargo fruto de aquella «intromisión» contra la cual Lewis advirtió tan proféticamente.

Sobre el autor

Luis E. Lugo es profesor universitario jubilado y exdirectivo de fundaciones que escribe desde Rockford, Michigan.

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