El Opus Dei se queda sin aliados, Roma y el cuento de la lechera

El Opus Dei se queda sin aliados, Roma y el cuento de la lechera

Lo tienen claro en el Opus Dei. Tan claro, que ya el propio prelado manda cartas para dejar el mensaje cifrado a sus fieles: que venga lo que venga de Roma, ellos seguirán haciendo lo que les dé la gana. Traducido al lenguaje curial, suena más piadoso: «Nada cambia en el espíritu, ni en las normas de piedad y costumbres de familia». Pero quien sabe leer entre líneas entiende el mensaje: hagan lo que hagan en el Vaticano, nosotros seguiremos siendo los mismos. Y en el fondo, eso equivale a decir que harán lo que les parezca.

La ironía es que todo lo que les pasa ahora —la inminente mutilación jurídica, la pérdida del poder interno, la indiferencia de Roma— es el precio de décadas de docilidad, de prudencia mal entendida, de confundir fidelidad con sumisión y fe con comodidad. El Opus Dei ha prestado, quizá sin quererlo, un servicio monumental a la progresía eclesial: el de anestesiar a buena parte de los católicos fieles en una obediencia sin alma, en una espiritualidad burguesa, en un cristianismo institucional, perfectamente domesticado.

Durante años, mientras la Iglesia ardía, ellos administraban sonrisas, retiros y direcciones espirituales como quien gestiona una empresa. Jamás alzaron la voz contra la demolición litúrgica o doctrinal, y cuando lo hicieron fue en voz tan baja que no se oyó fuera de sus propios centros. Ahora que les ha tocado el turno, no queda nadie para defenderlos. Porque no construyeron fidelidad, sino dependencia; no formaron testigos, sino empleados.

Los olvidados

Recuerdo al obispo Rogelio Livieres, el primer numerario del Paraguay, con quien tuve la suerte de intercambiar cartas antes de su muerte. Fue el primer mártir de la crueldad de Bergoglio. Le arrebataron la diócesis, lo humillaron públicamente, lo expulsaron como a un extraño. ¿Y qué hizo el Opus Dei? Nada. Lo dejaron tirado como a un perro. Ni una palabra, ni una defensa. Es más, hicieron un comunicado infame diciendo que «recibía formación del Opus Dei», pero que no era «miembro». El hombre que había dado su vida por la Obra murió solo, traicionado por los suyos. Roma lo crucificó, y la Obra bajó la cabeza.

Lo mismo con Vallejo Balda, encarcelado en los sótanos del Vaticano por orden del mismo pontífice que hoy canonizan en los medios. Cuando lo detuvieron, el Opus Dei corrió a publicar un comunicado, Ctrl+C; Ctrl+V del comunicado de Livieres: “No pertenece a la prelatura”. Ni un gesto de misericordia, ni una visita. Nada. Ratas huyendo del barco. No fuera a ser que manchara la reputación de la casa.

La misa que no fue

Y qué decir de la liturgia. Sabido es que san Josemaría nunca celebró la Misa nueva. Su fidelidad al rito de siempre fue absoluta, incluso cuando todos corrían a adaptarse al espíritu de los tiempos. Sin embargo, sus herederos hicieron justo lo contrario: aceptaron sin pestañear los abusos litúrgicos, los experimentos, los grupos emocionales de guitarras y globos. Permitieron que florecieran en su seno proyectos como Hakuna, donde se manosea la Eucaristía con pretexto juvenil, porque convenía tener contento a Francisco y quedar del lado “simpático” de la Iglesia.

Del “no quitarse la sotana salvo en casa” se ha pasado al polo clerical y al aire de ejecutivo pastoral. De la misa con comulgatorio y silencio se ha pasado a Emaús. Y ahora se sorprenden de que Roma los apuñale en su momento de mayor debilidad, tras la pérdida del Banco Popular. Pero era inevitable. Cuando uno renuncia a ser, acaba dejando de existir.

La factura de la obediencia

En el fondo, esto no es un castigo: es una liquidación. Roma no paga «traidores», ni premia la tibieza. La Santa Sede está aplicando con ellos la misma lógica que ellos aplicaron con tantos otros: silencio, distancia, formalismo, y después, olvido. El Opus Dei creyó que su prudencia le ganaría inmunidad. Pero en la Iglesia de hoy, la prudencia es sospechosa y la ortodoxia, un estorbo. Les han pagado con la misma moneda que ayudaron a acuñar.

Y sin embargo, hay algo casi poético en esta caída. Los que durante décadas enseñaron a obedecer sin pensar, a callar ante la injusticia, a “ofrecer” la humillación, reciben ahora su propia lección. Han sido obedientes hasta el final. Y al final, los han obedecido hasta borrarlos.

El último acto

Ocáriz escribe cartas suaves, llenas de citas de san Josemaría, de exhortaciones a la fidelidad, de apelaciones al amor. Pero entre líneas suena el tono de un general derrotado que ordena mantener la formación, aunque el cuartel esté ardiendo. “Nada cambia en el espíritu”, dice. Y tiene razón: lo que cambia es todo lo demás.

Roma, implacable en su paternalismo, les dejará conservar los recuerdos, las devociones, los modos, las sonrisas, las tertulias y los cafés con leche. Pero les quitará lo que más valoraban: el poder. Y cuando eso ocurra, nadie llorará. Ni los progresistas, que nunca los quisieron; ni los fieles, que ya no los reconocen.

El Opus Dei, por una vez, tendrá que aprender —como tantos otros antes que ellos— que la neutralidad, en tiempos de confusión, no es virtud: es cobardía disfrazada de prudencia.

La ilusión de Roma

Conviene decirlo con claridad: Roma tampoco debería confundirse. Si en la Curia alguien imagina que al desmantelar el Opus Dei va a quedarse con sus bienes, sus obras o sus colegios, más le vale leer la letra pequeña. El Opus Dei podrá haber sido ingenuo en lo espiritual, pero no en lo jurídico. Y los que han puesto la firma en este proceso deberían saber que lo que se desmantela canónicamente no implica un traspaso patrimonial. La prelatura no posee casi nada: las obras, los colegios, los centros, las residencias, todo está inscrito a nombre de asociaciones civiles, fundaciones o particulares leales. Cuando Roma llegue con la llave, descubrirá que no hay puerta que abrir.

Es la misma lección que el Vaticano ya debería haber aprendido con el Sodalicio de Vida Cristiana. Allí también pensaron que bastaba con una intervención para controlar sus recursos y su estructura, y se encontraron con un laberinto de personas jurídicas autónomas, imposibles de centralizar. Lo mismo ocurrirá aquí: el Opus Dei no es una parroquia, sino una red de obras privadas sostenidas por laicos. Desmantelar la estructura canónica no equivale a apropiarse de la realidad material. Podrán suprimir la prelatura, pero no podrán tocar sus cuentas.

Los romanos se han hecho el cuento de la lechera, creyendo que una vez liquidada la Obra quedará un botín de colegios, residencias y propiedades dispuesto para una nueva gestión “pastoral”. Lo que les espera, en cambio, es una decepción monumental: descubrirán que lo que creían un tesoro institucional es solo un mosaico de entidades privadas, cada una con su propio gobierno y sus propios abogados. El día después de la reforma, Roma se encontrará con un cascarón vacío.

Por eso, si el Vaticano pensaba cobrarse en bienes lo que considera una deuda de poder, pronto verá que ha calculado mal. El Opus Dei puede haber perdido la autoridad, pero no la astucia. Y cuando llegue la hora de ejecutar el nuevo mapa canónico, Roma entenderá —como ya entendió con el Sodalicio— que ha desmantelado una estructura, pero no ha recuperado nada. Ni poder, ni obediencia, ni patrimonio. Solo el eco de lo que fue una Obra viva, convertida ahora en una sombra jurídica.

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