El papa León XIV realizó este 14 de octubre una visita oficial al presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella, en el Palacio del Quirinal. En su discurso, el Pontífice subrayó la importancia de las relaciones cordiales entre Italia y la Santa Sede, destacando la colaboración en la organización del Jubileo 2025 y el testimonio histórico del país en la vida de la Iglesia.
La familia y la natalidad
Uno de los ejes de la intervención fue la cuestión demográfica y el papel de la familia. El Papa expresó su preocupación por el descenso de la natalidad en Europa y animó a Italia a sostener y promover la vida familiar.
“Padre, madre, hijo, hija, abuelo, abuela son, en la tradición italiana, palabras preciosas que sustentan comunidades sólidas y transmiten valores esenciales a la sociedad”.
Pidió confianza para las familias jóvenes, alentando políticas que favorezcan la natalidad y recordando que el futuro se construye “con la acogida de la vida, desde la concepción hasta la vejez, hasta el momento de la muerte”.
Migrantes e integración
El Santo Padre agradeció la asistencia generosa que Italia ofrece a los migrantes y el esfuerzo contra la trata de personas. Al mismo tiempo, insistió en la necesidad de una integración respetuosa de las tradiciones y valores del país, para que el encuentro entre pueblos sea un auténtico enriquecimiento.
“No valoremos demasiado poco lo que somos y lo que hemos recibido. No despreciemos lo que nos ha hecho crecer como sociedad”.
Subrayó que cuanto más se reconoce y ama la propia identidad cultural, más fácil es abrirse al otro sin miedo y con el corazón abierto.
El aniversario de San Francisco de Asís
Con vistas al próximo año, León XIV recordó que en 2026 se cumplirán 800 años de la muerte de San Francisco de Asís, patrono de Italia. Invitó a redescubrir el mensaje del santo en el respeto de la creación, describiendo al país como depositario de una misión particular.
“Italia ha recibido de modo especial la misión de transmitir a los pueblos la cultura que reconoce la tierra como una hermana y como una madre bella que nos acoge en sus brazos”.
El Papa concluyó su mensaje animando a los italianos a redescubrir “la riqueza inmensa, a veces escondida” de su nación, para afrontar con esperanza los desafíos presentes y futuros, confiando en las raíces de libertad, responsabilidad y solidaridad que han marcado la historia del país.
Dejamos a continuación el discurso completo (y traducido) de León XIV:
Discurso del Santo Padre León XIV
Visita oficial al Presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella
Palacio del Quirinal – Martes, 14 de octubre de 2025
Señor Presidente,
Le agradezco las amables palabras que me ha dirigido y por la invitación a venir aquí, al Quirinal, Palacio al que tanto se une la historia de la Iglesia Católica y la memoria de numerosos Pontífices.
Como Obispo de Roma y Primado de Italia, para mí es significativo renovar, con esta visita, el fuerte vínculo que une la Sede de Pedro al Pueblo italiano, que Usted representa, en el marco de las cordiales relaciones bilaterales que existen entre Italia y la Santa Sede, basadas en una sincera amistad y en una mutua y efectiva colaboración.
Se trata, en el fondo, de una feliz unión que tiene sus raíces en la historia de esta Península y en la larga tradición religiosa y cultural de este País. Vemos sus signos, por ejemplo, en las innumerables iglesias y campanarios que jalonan el territorio, verdaderos relicarios de arte y de devoción, en los que la creatividad innata de este Pueblo, unida a su fe genuina y sólida, ha entregado el testimonio de tanta belleza: artística, ciertamente, pero sobre todo moral y humana.
Aprovecho nuestro encuentro para expresar el vivo agradecimiento de la Santa Sede por lo que las Autoridades italianas han hecho y continúan haciendo con ocasión de diversos y exigentes eventos eclesiales con centro en Roma y resonancia universal.
Deseo manifestar en particular mi reconocimiento por el esfuerzo desplegado a varios niveles tras la muerte de mi venerado Predecesor, el Papa Francisco. Precisamente aquí, en el Quirinal, él había dicho: “Mis raíces están en este País” (Discurso en la Visita Oficial al Presidente de la República Italiana, 10 junio 2017), y ciertamente su amor por la tierra y el pueblo italianos encontró en aquellos días una respuesta conmovedora y cálida, que se manifestó también en el gran y concertado esfuerzo realizado durante el sucesivo Cónclave para la elección del nuevo Pontífice.
Quiero también dar un sincero “gracias” a Usted, Señor Presidente, y a toda la nación por el hermoso testimonio de acogida, unido a la eficaz organización, con que Italia desde hace meses está acogiendo a los numerosos peregrinos del Jubileo, procedentes de diversos países, y por el compromiso de garantizar el buen desarrollo de las celebraciones —logística, seguridad, infraestructuras y gestión de los flujos de fieles—, abriendo su corazón y sus brazos para acogerlos. La Iglesia universal se prepara a celebrar el Jubileo de la esperanza. El Papa Francisco, en la Spes non confundit, con vistas al Jubileo de 2025, subrayaba la importancia de “prestar atención al tanto bien que está presente en el mundo para no caer en la tentación de sentirse abrumados por el mal y la violencia” (n. 7). Pienso que la bella sinergia y colaboración que estamos viviendo en estos días constituye ya de por sí un signo de esperanza para todos aquellos que, con fe, vienen a cruzar la Puerta Santa y a rezar sobre las tumbas de Pedro y de los Apóstoles.
Dentro de pocos años celebraremos el centenario de los Pactos de Letrán. Con mayor razón me parece justo subrayar lo importante que es la recíproca distinción de ámbitos, a partir de la cual, en un clima de cordial respeto, la Iglesia Católica y el Estado Italiano colaboran para el bien común, al servicio de la persona humana, cuya dignidad inviolable debe estar siempre en primer lugar en los procesos decisionales y en la acción, en todos los niveles, por el desarrollo social, especialmente en la protección de los más frágiles y necesitados. A tal fin alabo e impulso el compromiso recíproco a mantener y a promover toda colaboración a la luz y en el pleno respeto del Concordato de 1984.
Como por desgracia aparece evidente, vivimos tiempos en los que, junto a tantos signos de esperanza, abundan situaciones de grave sufrimiento que hieren a la humanidad a nivel mundial y exigen respuestas urgentes y, al mismo tiempo, de largo alcance.
El primer compromiso que deseo recordar es el de la paz. Son numerosas las guerras que devastan nuestro planeta y, mirando las imágenes, leyendo las noticias, escuchando las voces y encontrando a las personas que son dolorosamente golpeadas, resuenan fuertes y proféticas las palabras de mis Predecesores. Cómo no recordar la advertencia irrefutable, aunque ignorada, de Benedicto XV durante el primer conflicto mundial (cf. Carta a los Jefes de los Pueblos beligerantes, 1° agosto 1917). Y, en vísperas del segundo, la del venerable Pío XII (cf. Radiomensaje a los Gobiernos y a los Pueblos ante el inminente peligro de la guerra, 24 agosto 1939).
Miremos los rostros de quienes son arrastrados por la ferocidad irracional de quienes sin piedad planifican muerte y destrucción. Escuchemos su grito y recordemos, con el santo Papa Juan XXIII, que “cada ser humano es persona, es decir, una naturaleza dotada de inteligencia y de voluntad libre; y por ello sujeto de derechos y deberes que fluyen inmediatamente y al mismo tiempo de su misma naturaleza” (cf. Pacem in terris, 11 abril 1963).
Renuevo por tanto el llamamiento a los responsables de las naciones para que trabajen por la paz con valentía y previsión, que reaviven la conciencia de que la guerra es siempre una derrota de la humanidad y que se comprometan en el diálogo sincero y paciente, instrumento de la diplomacia y base de una convivencia justa, pacífica y estable (cf. San Pablo VI, Mensaje para la celebración de la Jornada de la Paz, 1° enero 1968).
Expreso mi aprecio por el empeño del Gobierno italiano en favor de tantas situaciones de sufrimiento vinculadas a la guerra y a la miseria, en particular hacia los niños de Gaza, también en colaboración con el Hospital Bambino Gesù. Se trata de contribuciones significativas para construir una convivencia digna, pacífica y próspera para todos los miembros de la familia humana.
Con este fin, ciertamente ayuda el compromiso común que el Estado Italiano y la Santa Sede siempre han mantenido y siguen manteniendo en favor del multilateralismo. Es un valor importantísimo. Los desafíos complejos de nuestro tiempo exigen que se busquen y adopten soluciones compartidas. Por eso es indispensable implementar dinámicas y procesos que recuerden los objetivos originarios, encaminados principalmente a resolver conflictos y favorecer el desarrollo (cf. Francisco, Enc. Fratelli tutti, 3 octubre 2020, 172), promoviendo lenguajes transparentes y evitando ambigüedades que puedan provocar divisiones (cf. Id., Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 enero 2025).
Nos preparamos a celebrar el próximo año un aniversario importante: el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís, Patrono de Italia, el 3 de octubre de 1226. Esto nos ofrece ocasión de poner el acento sobre la urgente cuestión del cuidado de la “casa común”. San Francisco nos enseñó a alabar al Creador en el respeto de todas las criaturas, lanzando su mensaje desde el “corazón geográfico” de la Península y haciéndolo llegar, por la belleza de sus escritos y el testimonio suyo y de sus frailes, a lo largo de las generaciones hasta nosotros.
Por esto, considero que Italia ha recibido de modo especial la misión de transmitir a los pueblos la cultura que reconoce la tierra “como una hermana con la que compartimos la existencia y como una madre bella que nos acoge en sus brazos” (Laudato si’, 1).
En las últimas décadas hemos visto en Europa, como sabemos, un notable descenso de la natalidad. Esto requiere empeño en promover opciones válidas a varios niveles en favor de la familia, sosteniendo sus esfuerzos, promoviendo su valor, protegiendo las necesidades y los derechos. “Padre”, “madre”, “hijo”, “hija”, “abuelo”, “abuela”, son, en la tradición italiana, palabras preciosas, que sustentan comunidades sólidas y transmiten valores esenciales a la sociedad.
La vocación y misión de Italia es también testimoniar que el futuro se construye con el don generoso de sí mismo y con la acogida de la vida, que significa apertura a la natalidad y también a la paternidad. Hagamos todo lo posible por dar confianza a las familias, sobre todo a las jóvenes, para que puedan mirar serenamente al futuro y crecer en armonía.
En este contexto se inscribe la importancia fundamental, en todos los niveles, del respeto y tutela de la vida, en todas sus fases, desde la concepción hasta la edad avanzada, hasta el momento de la muerte (cf. Francisco, Discurso a la Asamblea plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). Espero que esta sensibilidad siga creciendo, también en lo que concierne al acceso a la atención médica y a los medicamentos, según las necesidades de cada uno.
Expreso gratitud por la asistencia que este País ofrece con gran generosidad a los migrantes que llaman cada vez más a sus puertas, así como por su compromiso en la lucha contra la trata de seres humanos. Son desafíos complejos de nuestro tiempo, ante los cuales Italia nunca se ha echado atrás. Animo a mantener siempre vivo el espíritu de apertura y solidaridad.
Al mismo tiempo, quisiera recordar la importancia de una integración constructiva de quienes llegan, en los valores y tradiciones de la sociedad italiana, porque el don recíproco que se realiza en este encuentro de pueblos sea verdaderamente un enriquecimiento y un bien para todos. Subrayo cuánto es precioso, para cada uno, amar y comunicar la propia historia y cultura, con sus signos y expresiones: cuanto más se reconoce y se ama serenamente lo que uno es, tanto más fácil es encontrar e integrar al otro sin miedo y con el corazón abierto.
Existe, sin embargo, cierta tendencia, en estos tiempos, a no apreciar lo suficiente, a varios niveles, los modelos y valores transmitidos en los siglos que forman nuestra identidad cultural, hasta el punto de quererlos deconstruir. No valoremos demasiado poco lo que somos y lo que hemos recibido. No despreciemos lo que nos ha hecho crecer como sociedad. Al contrario, hagamos tesoro de ello, reforzando en las personas jóvenes el amor por las grandes raíces de libertad, responsabilidad y solidaridad, para que puedan asumir con renovada confianza las tareas que les esperan.
Señor Presidente, a Usted y, en Usted, a todo el pueblo italiano quiero expresar, en conclusión, mi más vivo augurio de todo bien. Italia es un país de una riqueza inmensa, a menudo humilde y escondida, y que por ello a veces necesita ser descubierta y redescubierta. Esta es la bella aventura a la que animo a todos los italianos a lanzarse, para sacar esperanza y afrontar con confianza los desafíos presentes y futuros. Gracias.
