Este fin de semana se celebró en Montmeló (Barcelona) el festival católico Har Tabor, organizado por la Delegación de Juventud de la Diócesis de Terrassa, que reunió a centenares de jóvenes en torno a la música cristiana, la Eucaristía y la adoración al Santísimo Sacramento.
Según informó El Debate, el evento contó con varios escenarios musicales, testimonios y momentos de oración. En la programación oficial se incluyó la Exposición del Santísimo en una gran carpa, a modo de capilla, mientras se ofrecían conciertos de música cristiana en el mismo espacio y en los aledaños.
La intención evangelizadora es innegable: acercar a los jóvenes a Cristo a través del arte y la música. Pero el modo concreto en que se ha realizado —una custodia expuesta en un escenario de conciertos— plantea un problema de fondo. No se trata de un juicio a las intenciones, sino de una llamada a la prudencia. La presencia real de Cristo no puede compartir escenario con un espectáculo, por muy piadoso o bienintencionado que este sea.
El riesgo de convertir el Misterio en ambiente
Durante siglos, la Iglesia ha custodiado con un celo absoluto el Santísimo Sacramento. Lo reservamos en tabernáculos, lo exponemos en altares consagrados, lo procesionamos en ocasiones solemnes y con autorización expresa. Cada gesto, cada forma, cada norma expresa una misma verdad: Cristo está realmente presente.
Cuando se expone el Santísimo en el contexto de un festival musical, con focos, aplausos o guitarras de fondo, se corre el riesgo de que el Misterio se transforme en ambiente, en parte de una escenografía emocional. Cristo no puede convertirse en decoración ni en un “símbolo” que acompaña un momento de intensidad musical.
El mismo acto de colocar la custodia junto al escenario, aunque sea con devoción, desdibuja la frontera entre adoración y espectáculo, entre lo sagrado y lo profano.
La sacralidad exige separación
El templo separa el espacio de lo sagrado del mundo cotidiano. Esa distinción no es elitismo ni formalismo: es pedagogía divina. Sin ella, todo se confunde. Por eso la Exposición del Santísimo —fuera de la Misa— tiene normas estrictas, que exigen silencio, recogimiento y un entorno adecuado.
En Har Tabor, la Exposición se realizó en una carpa improvisada mientras los conciertos se sucedían alrededor. Aunque la organización habló de momentos de oración y respeto, la simultaneidad de música y custodia con el Santísimo no puede considerarse una forma litúrgicamente segura. El Santísimo no puede compartir la misma atmósfera que el entretenimiento, aunque el contenido de las canciones sea religioso.
De la emoción al Misterio
El catolicismo no desconfía de la emoción, pero sabe que el sentimiento no sustituye al Misterio. La adoración eucarística no es un “momento bonito” ni una experiencia sensorial: es la presencia real del Dios vivo, que pide silencio, rodillas y adoración.
Cuando se mezcla el Sacramento con dinámicas propias del entretenimiento —luces, aplausos, micrófonos—, la reverencia se debilita y el mensaje se diluye: Cristo pasa de ser adorado a ser acompañado, como si su presencia necesitara de un ambiente emocional para ser acogida.
Si hoy en un festival, ¿mañana en una biblioteca?
Muchos justificarán estos formatos apelando a la “creatividad pastoral”. Pero la historia enseña que toda banalización comienza con una buena intención. Si hoy admitimos la custodia junto a un escenario, ¿qué impedirá mañana que se exponga el Santísimo en una una biblioteca o incluso en el salón de una casa mientras cenamos con los amigos? ¿por qué no?
El riesgo es claro: que el pueblo de Dios pierda el sentido del asombro y del temor reverente ante el Misterio. Que el Sacramento se convierta en una presencia cotidiana, manipulable, “a medida” de nuestras emociones.
La prudencia que protege el Misterio
Cualquier acto público de adoración debe contar con autorización expresa del obispo y con las condiciones de reverencia, silencio y seguridad que exige la liturgia. No basta con buena voluntad: la forma expresa la fe.
El Santísimo no necesita escenario
Evangelizar a los jóvenes es urgente. Pero Cristo no necesita luces ni guitarras: basta Su presencia. La adoración eucarística no se trata de emocionar, sino de adorar. Dejar que el Santísimo comparta espacio con el espectáculo, aunque sea religioso, es olvidar que estamos ante Dios mismo.
Hay aspectos de la fe que no necesitan de escenografía mundana, sino especificamente sacra. Y la Iglesia no debe ceder a la tentación de hacer del Misterio un evento. Porque cuando todo se convierte en experiencia, lo sagrado se evapora.
