#iubilaeum2025 – Santa Misa con motivo del Jubileo del Mundo Misionario y de los Migrantes
León XIV presidió esta mañana, XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, la Santa Misa en la Plaza de San Pedro. A continuación ofrecemos íntegra en español la homilía pronunciada por el Santo Padre tras la proclamación del Evangelio.
celebramos hoy el Jubileo del Mundo Misionario y de los Migrantes. Es una hermosa ocasión para reavivar en nosotros la conciencia de la vocación misionera, que nace del deseo de llevar a todos la alegría y la consolación del Evangelio, especialmente a quienes viven una historia difícil y herida. Pienso de modo particular en los hermanos migrantes, que han debido abandonar su tierra, a menudo dejando a sus seres queridos, atravesando las noches del miedo y de la soledad, viviendo en su propia piel la discriminación y la violencia.
Estamos aquí porque, junto a la tumba del Apóstol Pedro, cada uno de nosotros debe poder decir con alegría: toda la Iglesia es misionera, y es urgente —como afirmó el Papa Francisco— que «salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demora, sin repulsiones y sin miedo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 23).
El Espíritu nos envía a continuar la obra de Cristo en las periferias del mundo, marcadas a veces por la guerra, la injusticia y el sufrimiento. Ante estos escenarios oscuros, reaparece el grito que tantas veces en la historia se ha elevado a Dios: ¿por qué, Señor, no intervienes? ¿Por qué pareces ausente? Este grito de dolor es una forma de oración que recorre toda la Escritura y, esta mañana, lo hemos escuchado del profeta Habacuc: «¿Hasta cuándo, Señor, clamaré pidiendo ayuda y no escuchas […]. ¿Por qué me haces ver la iniquidad y permaneces espectador de la opresión?» (Hab 1,2-3).
El Papa Benedicto XVI, que había recogido estos interrogantes durante su histórica visita a Auschwitz, volvió sobre el tema en una catequesis, afirmando: «Dios calla, y este silencio desgarra el ánimo del orante, que incesantemente llama, pero sin encontrar respuesta. […] Dios parece tan distante, tan olvidado, tan ausente» (Catequesis, 14 de septiembre de 2011).
La respuesta del Señor, sin embargo, nos abre a la esperanza. Si el profeta denuncia la fuerza ineluctable del mal que parece prevalecer, el Señor por su parte le anuncia que todo esto tendrá un término, un plazo, porque la salvación llegará y no tardará: «He aquí que sucumbe el que no tiene el alma recta, mientras el justo vivirá por su fe» (Hab 2,4).
Hay una vida, pues, una nueva posibilidad de vida y de salvación que proviene de la fe, porque ella no sólo nos ayuda a resistir al mal perseverando en el bien, sino que transforma nuestra existencia hasta convertirla en un instrumento de la salvación que Dios quiere realizar todavía hoy en el mundo. Y, como nos dice Jesús en el Evangelio, se trata de una fuerza mansa: la fe no se impone con los medios del poder ni de modos extraordinarios; basta con que sea como un grano de mostaza para hacer cosas impensables (cf. Lc 17,6), porque lleva en sí la fuerza del amor de Dios que abre caminos de salvación.
Es una salvación que se realiza cuando nos implicamos en primera persona y nos hacemos cargo, con la compasión del Evangelio, del sufrimiento del prójimo; es una salvación que se abre paso, silenciosa y aparentemente ineficaz, en los gestos y en las palabras cotidianas, que se vuelven como la pequeña semilla de la que nos habla Jesús; es una salvación que crece lentamente cuando nos hacemos “siervos inútiles”, es decir, cuando nos ponemos al servicio del Evangelio y de los hermanos sin buscar nuestros intereses, sino únicamente para llevar al mundo el amor del Señor.
Con esta confianza, estamos llamados a renovar en nosotros el fuego de la vocación misionera. Como afirmaba San Pablo VI, «a nosotros nos corresponde proclamar el Evangelio en este extraordinario período de la historia humana, un tiempo verdaderamente sin precedentes, en el que, a cimas de progreso jamás antes alcanzadas, se asocian abismos de perplejidad y de desesperación también ellos sin precedentes» (Mensaje para la Jornada Misionera Mundial, 25 de junio de 1971).
Hermanos y hermanas, hoy se abre en la historia de la Iglesia una nueva época misionera. Muy
Si durante mucho tiempo hemos asociado la misión con el “partir”, con ir hacia tierras lejanas que no habían conocido el Evangelio o se encontraban en situaciones de pobreza, hoy las fronteras de la misión ya no son geográficas, porque la pobreza, el sufrimiento y el deseo de una esperanza más grande, son ellos quienes vienen hacia nosotros. Nos lo testimonia la historia de tantos de nuestros hermanos migrantes, el drama de su huida de la violencia, el sufrimiento que les acompaña, el miedo a no lograrlo, el riesgo de peligrosas travesías a lo largo de las costas del mar, su grito de dolor y de desesperación: ¡hermanos y hermanas, esas barcas que esperan avistar un puerto seguro en el cual detenerse y esos ojos cargados de angustia y de esperanza que buscan una tierra firme en la que desembarcar, no pueden y no deben encontrar la frialdad de la indiferencia o el estigma de la discriminación!
No se trata tanto de “partir”, sino más bien de “quedarse” para anunciar a Cristo a través de la acogida, la compasión y la solidaridad: quedarse sin refugiarnos en la comodidad de nuestro individualismo, quedarse para mirar a la cara a quienes llegan de tierras lejanas y martirizadas, quedarse para abrirles los brazos y el corazón, acogerlos como hermanos, ser para ellos una presencia de consolación y esperanza.
Son muchas las misioneras, los misioneros, pero también los creyentes y las personas de buena voluntad, que trabajan al servicio de los migrantes, y para promover una nueva cultura de la fraternidad en el tema de las migraciones, más allá de los estereotipos y prejuicios. Pero este precioso servicio interpela a cada uno de nosotros, en lo pequeño de nuestras propias posibilidades: este es el tiempo —como afirmaba el Papa Francisco— de constituirnos todos en un «estado permanente de misión» (Evangelii gaudium, 25).
Todo esto exige al menos dos grandes compromisos misioneros: la cooperación misionera y la vocación misionera.
Ante todo, os pido promover una renovada cooperación misionera entre las Iglesias. En las comunidades de antigua tradición cristiana como las occidentales, la presencia de tantos hermanos y hermanas del Sur del mundo debe ser percibida como una oportunidad, para un intercambio que renueve el rostro de la Iglesia y suscite un cristianismo más abierto, más vivo y más dinámico. Al mismo tiempo, todo misionero que parte hacia otras tierras está llamado a habitar las culturas que encuentra con sagrado respeto, orientando al bien todo lo que halla de bueno y noble, y llevándoles la profecía del Evangelio.
Quisiera recordar luego la belleza y la importancia de las vocaciones misioneras. Me dirijo en particular a la Iglesia europea: hoy se necesita un nuevo impulso misionero, de laicos, religiosos y presbíteros que ofrezcan su servicio en las tierras de misión, de nuevas propuestas y experiencias vocacionales capaces de suscitar este deseo, especialmente en los jóvenes.
Queridísimos, envío con afecto mi bendición al clero local de las Iglesias particulares, a los misioneros y a las misioneras, y a quienes se encuentran en discernimiento vocacional. A los migrantes en cambio les digo: ¡sean siempre bienvenidos! Los mares y los desiertos que habéis atravesado, en la Escritura son “lugares de salvación”, en los que Dios se ha hecho presente para salvar a su pueblo. ¡Os deseo encontrar este rostro de Dios en las misioneras y en los misioneros que encontraréis!
Confío a todos a la intercesión de María, primera misionera de su Hijo, que camina de prisa hacia los montes de Judea, llevando a Jesús en su seno y poniéndose al servicio de Isabel. Que ella nos sostenga, para que cada uno de nosotros se convierta en colaboradores del Reino de Cristo, Reino de amor, de justicia y de paz.