Por Stephen P. White
“Ángel de Dios, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Guárdame mientras descanso, no me dejes solo, pues soy tu hijo.” Amén.
No sé cuántas veces en mi vida he rezado estas palabras. Sin duda, muchos miles. Fue una de las primeras oraciones que aprendí, parte de la rutina nocturna de mi infancia, y yo mismo la he enseñado a mis hijos al rezar las oraciones antes de dormir. No es solo una oración para ir a la cama, por supuesto, y conviene repetirla con frecuencia a cualquier hora del día o de la noche. Si hiciera falta algún estímulo adicional, la piadosa recitación de esta venerable oración conlleva indulgencia parcial.
La oración en sí es sorprendentemente antigua, originándose al menos en los siglos XI o XII. La veneración a los ángeles, desde luego, es mucho más antigua, como muestra incluso una lectura superficial tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. La devoción particular a los ángeles custodios, cuya fiesta celebramos hoy (2 de octubre), se remonta a los primeros siglos de la Iglesia. San Basilio Magno enseñaba en el siglo IV que, “cada uno de los fieles tiene a un ángel custodio que lo protege, guarda y guía a lo largo de su vida.”
El Papa San Juan XXIII (cuya devoción a los ángeles quizá tuviera algo que ver con su nombre de bautismo, Angelo) exhortaba a los fieles a rezar a menudo a sus ángeles custodios. “Cada uno de nosotros está encomendado al cuidado de un ángel”, decía, “Por eso debemos tener una devoción viva y profunda a nuestro ángel custodio, y debemos repetir con frecuencia y confianza la querida oración que aprendimos en los días de nuestra infancia.”
Para muchos de nosotros, la Oración al Ángel de la Guarda está tan estrechamente asociada con la niñez que a veces es fácil asociar la devoción a los ángeles con puerilidad, un error aún más común por las imágenes dulzonas de los ángeles custodios que suelen encontrarse en el kitsch católico. Pero los ángeles custodios no son el equivalente espiritual de Lassie.
El Catecismo nos recuerda, citando a San Agustín, que: “Ángel es el nombre de su oficio, no de su naturaleza. Si buscas el nombre de su naturaleza, es ‘espíritu’; si buscas el nombre de su oficio, es ‘ángel’: por lo que son, ‘espíritus’; por lo que hacen, ‘ángeles.’” En griego, ángel significa mensajero.
El centro del mundo angélico, este mundo de espíritus servidores y mensajeros, no es otro que Cristo mismo, porque, como continúa el Catecismo, “Son sus ángeles… Le pertenecen porque fueron creados por Él y para Él.”
Seres inmortales, puro intelecto y voluntad, que contemplan eternamente el rostro del Padre (Mt 18,10) y que sirven perfectamente a Cristo Señor no deben ser tomados a la ligera. Es decir, los ángeles custodios reales no son en absoluto como el torpe —aunque entrañable— Clarence de Qué bello es vivir. Son criaturas, sí, pero no torpes y no humanas.
No humanos, y también superiores a los humanos. Las traducciones del Salmo 8 difieren, pero el autor de la carta a los Hebreos cita el salmo de esta manera: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, o el hijo de hombre para que lo cuides? Lo hiciste por un poco de tiempo inferior a los ángeles.” (énfasis añadido).
Santo Tomás de Aquino se preguntaba si los ángeles son más imagen de Dios que el hombre, a lo que respondía: “Debemos admitir que, en sentido absoluto, los ángeles son más imagen de Dios que el hombre, pero que en ciertos aspectos el hombre es más semejante a Dios.”
El misterio de la Encarnación arroja la plena luz sobre la implicación del Imago Dei en la criatura humana, pero la magnificencia de los ángeles, en su cercanía a la Santísima Trinidad, permanece intacta.
La Iglesia advierte explícitamente contra una visión infantil de los ángeles. En un interesante (aunque poco leído) documento de la entonces Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, se advierte a los fieles contra ciertas “desviaciones” en la piedad popular respecto a los ángeles. Una de esas desviaciones ocurre:
cuando los acontecimientos diarios de la vida, que poco o nada tienen que ver con nuestro progreso en el camino hacia Cristo, se interpretan esquemática o simplistamente, incluso de modo infantil, atribuyendo todos los fracasos al Diablo y todos los éxitos a los ángeles custodios. La práctica de asignar nombres a los santos ángeles debe desaconsejarse, excepto en los casos de Gabriel, Rafael y Miguel, cuyos nombres se contienen en la Sagrada Escritura.
Nuestros ángeles custodios nos sirven y protegen, no porque seamos sus amos, sino porque el Señor les manda hacerlo. Ciertamente no debemos asignarles nombres —con las excepciones mencionadas— como si fueran mascotas o amigos imaginarios.
Otra desviación contra la que advierte la Iglesia ocurre:
cuando, como a veces sucede, los fieles se dejan llevar por la idea de que el mundo está sujeto a luchas demiúrgicas, o a un combate incesante entre espíritus buenos y malos, o entre ángeles y demonios, en el que el hombre queda a merced de fuerzas superiores y frente a lo cual está indefenso; tales cosmologías tienen poca relación con la verdadera visión evangélica de la lucha por vencer al Diablo, que requiere compromiso moral, una opción fundamental por el Evangelio, humildad y oración.
El combate espiritual es real, sin duda. Pero no somos semiespectadores indefensos atrapados en una lucha que está más allá de nuestro poder de participar.
Nunca debemos tomar a la ligera el valor inestimable de haber sido puestos bajo la protección y guía personal de un ayudante y guía tan poderoso como nuestros ángeles custodios. En ellos encontramos un consuelo que nos recuerda el amor de Dios por nosotros, una advertencia sobria sobre la seriedad de la vida espiritual, y un magnífico recordatorio de la gloria del Creador, que resplandece en la múltiple bondad de todo lo creado —lo visible y lo invisible por igual.
Sobre el autor
Stephen P. White es director ejecutivo de The Catholic Project en la Universidad Católica de América y miembro en Estudios Católicos en el Ethics and Public Policy Center.
