Karl Rahner: el arquitecto invisible del modernismo teológico

Karl Rahner: el arquitecto invisible del modernismo teológico

En una conversación brillante y minuciosa, el padre Javier Olivera Ravasi entrevista a Mn. Jaime Mercant Simón, doctor en Filosofía, Derecho y Teología, sobre una de las figuras más influyentes —y más dañinas, según ambos— del siglo XX: el jesuita alemán Karl Rahner.

Rahner, el teólogo que cambió la Iglesia sin que muchos lo sepan

Mercant comienza explicando que buena parte de los sacerdotes y teólogos actuales son “rahnerianos anónimos”: repiten sus ideas sin saberlo, igual que el personaje de Molière hablaba en prosa sin darse cuenta. Rahner, dice, es el paladín de la “nueva teología”, aquella corriente que precedió y luego impregnó el Concilio Vaticano II, desbordando el tomismo clásico para dar lugar a un pensamiento teológico centrado en el hombre y no en Dios.

Monseñor Brunero Gherardini —a quien Mercant dedica su tesis doctoral— lo había descrito así: “El mal ha alcanzado metástasis: son rahnerianos en gran parte los obispos que hoy gobiernan la Iglesia”. Para el padre Mercant, muchas de las crisis contemporáneas tienen su origen en la antropologización de la teología impulsada por Rahner: cuando el hombre ocupa el centro, Dios se disuelve en subjetividad.

De Heidegger al cristianismo anónimo

Rahner (1904–1984), jesuita, filósofo y teólogo, estudió en Friburgo bajo la influencia directa del existencialista Martin Heidegger. Su obra Espíritu en el mundo —tesis doctoral no aprobada, pero publicada— intenta leer a Santo Tomás de Aquino desde categorías kantianas y hegelianas. El resultado, dice Mercant, es un tomismo adulterado: más “neo” que tomista, una maraña de citas del Aquinate que sirven de camuflaje para un sistema idealista y racionalista.

En su pensamiento se fusionan tres ejes:

  • La teología reducida a filosofía de la religión.
  • La filosofía reducida a antropología.
  • Y la antropología reducida a autoconciencia.

De este proceso surge la idea más influyente de Rahner: el “cristianismo anónimo”. Según él, todo ser humano que se acepta a sí mismo, que realiza un acto de autoafirmación consciente, está aceptando implícitamente a Dios y a Cristo, aunque no lo sepa. La salvación deja de depender de la fe revelada o de los sacramentos y se convierte en una cuestión de autoconocimiento interior.

Olivera y Mercant subrayan la consecuencia devastadora: si todos son “cristianos anónimos”, desaparecen el sentido de misión, la necesidad del bautismo y la urgencia de la evangelización. La Iglesia se transforma en una ONG moralista donde basta “ser buena persona” o “aceptarse como uno es”.

La religión del hombre moderno

Para Mercant, Rahner quiso salvar al hombre moderno —al apóstata y al ateo occidental— sin exigirle conversión. Su teología es, en el fondo, un intento de reconciliar la apostasía europea con la fe católica, sustituyendo la gracia sobrenatural por una gracia inmanente, psicológica.

El pensamiento rahneriano, dicen, prefigura el relativismo moral y doctrinal que hoy impregna amplios sectores eclesiales: si la verdad se mide por la conciencia, ya no existe error; si la fe es autopercepción, ya no hay necesidad de Revelación.

Mercant advierte que de esta raíz proceden muchos males actuales:

  • La disolución del dogma.
  • El subjetivismo moral.
  • La reducción del cristianismo a experiencia humana.
  • La indiferencia misionera.

Un “doctor” del error moderno

Rahner fue encumbrado en vida como “el teólogo más grande del siglo XX”. Pero, según Mercant, su celebridad no fue espontánea: fue el instrumento más eficaz para demoler la teología tomista y erigir una nueva religión centrada en el hombre. Su estilo oscuro e ininteligible —“la oscuridad no es profundidad”, ironiza Mercant— sirvió para envolver el error con apariencia de profundidad.

Su propio hermano Hugo Rahner, buen conocedor de los Padres de la Iglesia, bromeaba: “Cuando me jubile, traduciré al alemán las obras de mi hermano”, dando a entender que ni los alemanes las entendían.

Entre la contradicción y la incoherencia

A Rahner se le atribuyen gestos piadosos, como su defensa del celibato sacerdotal frente a Hans Küng, aunque su vida personal estuvo marcada por una relación ambigua con una mujer, testimoniada por centenares de cartas. “Es como una anguila”, dice Mercant, “cuando crees haberlo atrapado, se te escapa”. Oscila entre ortodoxia y heterodoxia, entre fervor mariano y relativismo doctrinal.

El juicio final: Rahner, un teólogo gnóstico

En la parte final, Olivera y Mercant coinciden con el diagnóstico del padre Julio Meinvielle, quien ya en los años 50 desenmascaró a Rahner como un “teólogo gnóstico”, constructor de una religión del hombre que se salva por conocerse a sí mismo. Mercant recomienda sus artículos —publicados en Ediciones del Alcázar— como lectura esencial para quienes quieran entender el veneno del rahnerismo.

“Para defender la verdad católica hoy —concluye Mercant— hay que confutar el error. No basta afirmar la verdad: hay que desenmascarar la mentira.”

Conclusión

El diálogo entre Olivera Ravasi y Mercant Simón es una demolición serena y documentada de la teología rahneriana. Denuncia su influencia devastadora en la formación sacerdotal, su papel en el desplazamiento del tomismo, y la crisis de fe que engendró una Iglesia centrada en el hombre y no en Dios.

Una conversación imprescindible para entender de dónde viene la confusión doctrinal que hoy asola a la Iglesia —y por qué tantos siguen siendo, sin saberlo, rahnerianos anónimos.

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