El Vaticano llega tarde al circo woke

El Vaticano llega tarde al circo woke

Resulta llamativo ver al Vaticano descubriendo hoy el manual woke con la solemnidad de quien cree estar estrenando algo. No se han dado cuenta de que llegan diez años tarde. Las marcas ya ensayaron ese teatro de colores, culpas climáticas y gestos performativos, y lo abandonaron al comprobar que ni fidelizaba clientes ni generaba respeto. Los políticos atravesaron ese mismo calvario comunicativo: discursos forzados, lágrimas impostadas… y hoy intentan huir de ese estilo porque solo provoca cansancio. Hasta Greta Thunberg, icono absoluto de aquel fervor, ha reorientado su discurso y se ha embarcado en una flotilla de gasoil.

Y sin embargo, en Roma parecen convencidos de que hay que lanzarse de lleno a ese libreto ya pasado de moda. Llegan tarde, mal y con una ingenuidad preocupante. Lo que en 2014 se vendía como audacia cultural, en 2025 es simplemente ridículo: un desfile rancio, sobreactuado, que no conmueve ni convence a nadie.

Con todo el respeto: la Iglesia se arriesga a perder su voz propia para convertirse en la última imitadora de un espectáculo en retirada. No hay nada más triste que ver a quien podría liderar, resignarse a repetir eslóganes caducados. La fuerza de la Iglesia no está en disfrazarse con consignas que ya ni las multinacionales compran, sino en recordar su misión eterna.

Si el Vaticano insiste en llegar tarde a las modas, corre el peligro de ser visto como lo que nunca quiso ser: un actor secundario, fuera de guion y fuera de tiempo.

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