“Quedan exceptuados de la prohibición de no matar aquellos casos en los que una ley justa lo manda, o cuando la autoridad pública da muerte a criminales en virtud de su potestad. En tal caso, no es el hombre el que mata, sino la espada en manos de la justicia.” (De Civitate Dei, I, XXI).
¡Qué escándalo! Resulta que el mismísimo Doctor de la Gracia admite que un juez que condena a muerte o un soldado que mata en guerra justa no infringen el mandamiento de “no matarás”. Vamos, que san Agustín no sólo no hubiera condenado el proceso de Burgos, sino que encima hubiera dado la razón a la autoridad legítima que aplica justicia.
Con los criterios actuales de coherencia vital, habría que borrarlo de la lista de santos y quizá de los planes de estudio de teología moral. Porque claro: si estar contra el aborto pero admitir la pena de muerte ya te convierte en un hereje inconsútil, entonces san Agustín, padre y doctor de la Iglesia, tampoco era provida.
Aqui el capitulo íntegro de San Agustín sobre las excepciones al homicidio:
CAPÍTULO XXI
Casos de ejecuciones humanas que se exceptúan
del crimen de homicidio
Hay algunas excepciones, sin embargo, a la prohibición de no matar, señaladas por la misma autoridad divina. En estas excepciones quedan comprendidas tanto una ley promulgada por Dios de dar muerte como la orden expresa dada temporalmente a una persona. Pero, en este caso, quien mata no es la persona que presta sus servicios a la autoridad; es como la espada, instrumento en manos de quien la maneja. De ahí que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto de no matarás los hombres que, movidos por Dios, han llevado a cabo guerras, o los que, investidos de pública autoridad, y ateniéndose a su ley, es decir, según el dominio de la razón más justa, han dado muerte a reos de crímenes.
El mismo Abrahán no solamente está libre del delito de crueldad, sino que es elogiado con el título de piadoso por querer ejecutar a su hijo no criminalmente, sino por obediencia39. En el caso de Jefté surge la duda de si habrá que tomar la orden como divina. Jefté dio muerte a su hija por ser ella quien salió corriendo a su encuentro. En efecto, él había hecho voto de inmolar a Dios lo primero que le saliese al encuentro a su vuelta victoriosa de la batalla40. Tampoco Sansón queda excusado de haberse sepultado a sí mismo con sus enemigos en el derrumbamiento de la casa, a no ser porque el Espíritu Santo, que hacía milagros por su medio41, se lo ordenara interiormente.
Pues bien, fuera de estos casos, en los que se da la orden de matar, sea de forma general por una ley justa, sea de un modo particular por la misma fuente de la justicia, Dios, el que mate a un hombre, trátese de sí mismo o de otro cualquiera, contrae crimen de homicidio.