Nos dicen que no basta con estar contra el aborto: para ser “auténticamente provida” hay que estar a favor de la inmigración sin condiciones, de las fronteras abiertas y de que todo el planeta pueda pasar por Barajas como por el zaguán de su casa.
Muy bien. Pero entonces miremos a Roma. Concretamente a las murallas leoninas y a la Puerta de Santa Ana. Allí no hay seamless garment que valga. Allí la túnica inconsútil se convierte en muralla inconsútil de 12 metros, con piedra de travertino y con Guardia Suiza a la entrada para que ni el aire se cuele sin pasaporte.
El discurso es enternecedor: “la Iglesia acoge a todos, el Papa es padre de todos, nadie es ilegal”. Pero si usted intenta cruzar los muros del Vaticano sin autorización, descubrirá enseguida que la ética integral de la vida no incluye a los espontáneos en busca de audiencia papal. Quizá, para ser coherente, León XIV debería empezar derribando las murallas de Nicolás V, abolir el cuerpo de la Guardia Suiza y abrir la Puerta de Santa Ana como si fuera la T-4.
Mientras tanto, los mismos que nos predican que el aborto y la inmigración están en el mismo paquete provida se sientan cómodos en el único Estado del mundo con un muro medieval intacto y con guardias armados para decidir quién entra y quién no.
Tal vez León XIV tampoco sea provida, al menos según su propia definición integral. Porque ya se sabe: la vida no se defiende sólo en el útero, también en la ventanilla de extranjería del Vaticano.
