Tras la polémica generada por el premio que se concedería el próximo 3 de noviembre al senador demócrata Dick Durbin por su trayectoria a favor de los migrantes en Estados Unidos, ante la presión ejercida por obispos y fieles y la controvertida declaración de León XIV, este martes 30 de septiembre el propio senador anunció que no lo recibirá. La decisión se conoció a través de un comunicado oficial del cardenal Blase Cupich, publicado en la página de la archidiócesis de Chicago, en el que el prelado justifica el reconocimiento a pesar de las posturas abiertamente contrarias de Durbin a la enseñanza de la Iglesia sobre la vida.
Me informó hoy que ha decidido no recibir un premio en nuestra celebración Keep Hope Alive. Aunque me entristece esta noticia, respeto su decisión.
— Card. Blase Cupich
Declaración del cardenal Blase J. Cupich, arzobispo de Chicago, sobre el premio Keep Hope Alive
30 de septiembre de 2025
El senador Durbin me informó hoy que ha decidido no recibir un premio en nuestra celebración Keep Hope Alive. Aunque me entristece esta noticia, respeto su decisión. Pero quiero dejar claro que la decisión de otorgarle un premio se debía específicamente al reconocimiento de su singular contribución a la reforma migratoria y a su inquebrantable apoyo a los inmigrantes, tan necesario en nuestros días.
Sin embargo, sería negligente de mi parte no aprovechar esta oportunidad para compartir algunos pensamientos adicionales, que ofrezco como su pastor.
Al mirar hacia atrás en mis 50 años como sacerdote y 27 años como obispo, he visto cómo las divisiones dentro de la comunidad católica se han profundizado peligrosamente. Estas divisiones dañan la unidad de la Iglesia y socavan nuestro testimonio del Evangelio. Los obispos no podemos simplemente ignorar esta situación, porque tenemos el deber de promover la unidad y ayudar a todos los católicos a abrazar las enseñanzas de la Iglesia como un todo coherente.
La tragedia de nuestra situación actual en Estados Unidos es que los católicos se encuentran políticamente sin hogar. Las políticas de ninguno de los partidos políticos reflejan perfectamente la amplitud de la enseñanza católica. Además, las encuestas tienden a mostrar que, en lo que respecta a políticas públicas, los propios católicos permanecen divididos según líneas partidistas, al igual que todos los estadounidenses. Este estancamiento se ha vuelto más arraigado con los años y nuestras divisiones socavan nuestro llamado a dar testimonio del Evangelio.
La controversia de estos últimos días señala la profundidad y el peligro de tal estancamiento. Algunos dirían que la Iglesia nunca debería honrar a un líder político si promueve políticas diametralmente opuestas a elementos críticos de la doctrina social católica. Pero la trágica realidad en nuestra nación hoy es que prácticamente no hay funcionarios públicos católicos que persigan de manera consistente los elementos esenciales de la doctrina social católica, porque nuestro sistema de partidos no se lo permite.
La condena total no es el camino a seguir, pues cierra el diálogo. Pero la alabanza y el aliento pueden abrirlo, al pedir a los destinatarios que consideren cómo extender su buen trabajo a otras áreas y cuestiones. Más ampliamente, un enfoque positivo puede mantener viva la esperanza de que vale la pena hablar unos con otros —y colaborar entre nosotros— para promover el bien común. Nadie quiere dialogar con alguien que lo trata como una amenaza moral absoluta para la comunidad. Pero la gente sí se relacionará con quienes reconocen que están haciendo alguna contribución a un esfuerzo común.
Debería preocuparnos a todos que el presente estancamiento siga obstaculizando significativamente los esfuerzos de la Iglesia para promover la dignidad humana en toda la gama de cuestiones. De hecho, el niño en el vientre materno, los enfermos y ancianos, el migrante y refugiado, el condenado a muerte, los que ya sufren las consecuencias del cambio climático y la pobreza generacional seguirán estando en riesgo si nosotros, como católicos, no comenzamos a hablarnos respetuosamente y a trabajar juntos. Eso incluye escuchar. Este modo de ser Iglesia, de ser humanos, uno podría incluso llamarlo sinodal. Y este es el camino, bellamente trazado por nuestro querido y difunto Santo Padre, el Papa Francisco, que puede llevar a todos los católicos a abrazar la plenitud de nuestras enseñanzas. Tal testimonio serviría, sin duda, a la sociedad edificando el bien común.
Mi esperanza era que nuestra celebración Keep Hope Alive sirviera de invitación a los católicos que defienden con fuerza a los vulnerables en la frontera entre Estados Unidos y México, para que reflexionen sobre por qué la Iglesia defiende a los vulnerables en la frontera entre la vida y la muerte, como en los casos de aborto y eutanasia. Del mismo modo, podría ser una invitación a los católicos que promueven incansablemente la dignidad de los no nacidos, los ancianos y los enfermos, para que amplíen el círculo de protección a los inmigrantes que enfrentan en este momento una amenaza existencial a sus vidas y a las de sus familias.
Ambos grupos son católicos, independientemente de dónde se ubiquen en este espectro, y todos necesitan recordar que no somos una Iglesia de un solo tema. El aislamiento ideológico con demasiada facilidad conduce al aislamiento interpersonal, lo cual solo socava el deseo de Cristo por nuestra unidad.
También es importante dejar claramente establecido que sería erróneo interpretar las decisiones relativas al evento Keep Hope Alive como un ablandamiento de nuestra posición sobre el aborto. Afirmamos con firmeza lo que deja claro el Catecismo de la Iglesia Católica: “Desde el primer siglo la Iglesia ha afirmado la maldad moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado y permanece inmutable”. Del mismo modo, no debe haber dudas sobre nuestro deber de abogar por leyes que protejan la vida humana, así como por el derecho de la Iglesia al libre ejercicio de la religión.
Los obispos católicos respondieron heroicamente cuando el derecho a la vida de los no nacidos fue negado por las decisiones de la Corte Suprema en 1973. Ese derecho a la vida aún debe ser defendido sin concesiones. Otro asunto —el de la inmigración— ha sido durante mucho tiempo un problema abordado de manera inadecuada por nuestra nación, pero también uno en el que nosotros, los obispos de Estados Unidos, hemos invertido nuestra energía y recursos.
Hace treinta años, san Juan Pablo II predicó una homilía en nuestra nación en la que defendió enérgicamente los derechos de los no nacidos, los ancianos y las personas con discapacidad, y citó el poema inscrito en la base de la Estatua de la Libertad. Preguntó: “¿Se está volviendo la América de hoy menos sensible, menos solidaria hacia los pobres, los débiles, los extranjeros, los necesitados? ¡No debe ser así! Hoy, como antes, Estados Unidos está llamado a ser una sociedad hospitalaria, una cultura de acogida. Si América se encerrara en sí misma, ¿no sería este el comienzo del fin de lo que constituye la esencia misma de la ‘experiencia americana’?”. Necesitamos escuchar estas palabras proféticas en este momento de la vida de nuestra nación.
Esto me lleva a hacer una propuesta para avanzar. Creo que valdría la pena organizar algunos encuentros sinodales para que los miembros de los fieles experimenten escucharse con respeto sobre estos temas, permaneciendo siempre abiertos a madurar más plenamente en su identidad común como católicos. Quizás nuestras universidades católicas puedan ser de ayuda. Mientras pienso en cómo podrían llevarse a cabo tales encuentros, doy la bienvenida a sugerencias.
Podemos avanzar si mantenemos viva la esperanza.
