Cardenal McElroy y la «mentira piadosa» sobre la inmigración ilegal

Cardenal McElroy y la «mentira piadosa» sobre la inmigración ilegal

El cardenal Robert McElroy, arzobispo de Washington, pronunció el pasado 28 de septiembre una homilía en la Catedral de San Mateo Apóstol, en el marco de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. Se trataba de una celebración con más de un siglo de tradición en Estados Unidos, pensada para mostrar cercanía pastoral a los inmigrantes y refugiados.

Pero lo que debía ser una homilía de consuelo espiritual se convirtió en un manifiesto político. McElroy aseguró que el país vive un “asalto sin precedentes” contra los inmigrantes indocumentados, acusando al Gobierno de aplicar una “campaña de miedo y terror” diseñada para separar familias y obligar a millones a “autodeportarse”. Según él, esta ofensiva ha robado a los inmigrantes cualquier paz en sus vidas y constituye una agresión sistemática.

En sus palabras, la enseñanza de la Iglesia se reducía a una sola pregunta: ¿son los inmigrantes nuestro prójimo? Y, como respuesta, apeló a la parábola del Buen Samaritano para afirmar que toda restricción migratoria constituye una falta de caridad. Aunque mencionó de pasada que la doctrina social católica reconoce el derecho de los Estados a defender sus fronteras, de inmediato lo relativizó, minimizando el carácter ilegal de la inmigración irregular.

Confundir misericordia con complicidad

Aquí está el punto crítico. La doctrina católica no puede manipularse para dar cobertura a la ilegalidad. La misericordia jamás puede servir de excusa para bendecir el desorden. Sí, la Iglesia debe acompañar y consolar, pero también debe recordar que la justicia exige respetar la ley. Lo contrario es caer en la complicidad.

McElroy pretende presentar la compasión como incompatible con el cumplimiento de la ley. Pero esa es una dicotomía falsa. El Evangelio no elimina la justicia, sino que la eleva. No hay caridad verdadera si se pisotea el bien común de toda una nación.

Una homilía que siembra confusión

El resultado es un mensaje confuso y peligroso. En la homilía, los inmigrantes ilegales aparecen como víctimas absolutas, casi mártires de un sistema perverso, mientras que el problema de la ilegalidad desaparece de escena. No hay distinción entre quienes cruzan irregularmente la frontera y quienes cumplen las leyes.

Así, el púlpito se convierte en tribuna ideológica. El mensaje que reciben los fieles es que ser católico significa oponerse a cualquier medida de control migratorio, cuando la enseñanza real de la Iglesia es mucho más completa y equilibrada.

Críticas contundentes

Las reacciones no tardaron en llegar. El Lepanto Institute escribió en X: «Tenía razón cuando dijo: ‘Nos enfrentamos a un ataque sin precedentes contra nuestra nación’. Todo lo que vino después fue basura. Lo cierto es que se ha orquestado una invasión ideológica en este país, y él y varios de sus compañeros son cómplices».

Este comentario refleja lo que muchos católicos piensan: McElroy no habla como pastor, sino como político. No consuela ni fortalece en la fe, sino que legitima la ilegalidad bajo un barniz de compasión.

El verdadero ataque

El verdadero ataque que vivimos no es solo la crisis migratoria. Es la invasión ideológica que busca vaciar a la Iglesia de su doctrina y reemplazarla por un humanitarismo sentimental sin raíces en la verdad.

McElroy, con su homilía, no defendió el Evangelio ni la enseñanza de la Iglesia. Se limitó a justificar la ilegalidad y a sembrar confusión entre los fieles.

Y los católicos no necesitamos obispos que actúen como activistas políticos. Necesitamos pastores que proclamen la verdad completa: sí a la caridad, pero también sí a la justicia; sí a la acogida, pero también sí a la ley. Lo demás es puro engaño.

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