El «Papa de la unidad» deja a los obispos provida a los pies de los caballos

El «Papa de la unidad» deja a los obispos provida a los pies de los caballos

Mientras siete obispos norteamericanos, con valentía evangélica, se han atrevido a decirle al cardenal Cupich lo que todo católico de a pie siente –que homenajear a un político abortista es un escándalo y una traición a los no nacidos–, llega el Papa de la “unidad” y, con gesto paternal, los desautoriza a todos en nombre de la famosa “manta sin costuras”.

Una teoría diseñada para diluir el aborto

La consistent ethic of life del cardenal Bernardin, convertida en dogma por Cupich y ahora refrendada desde Roma, funciona como un detergente moral: mete en la misma lavadora aborto, inmigración, pena de muerte, pobreza y cambio climático… y al final todos salen con el mismo color. El aborto, crimen abominable en el centro de la cultura de la muerte, queda relativizado como un “tema más” en el catálogo de preocupaciones sociales.

Es la coartada perfecta para que políticos como Durbin o Biden, que promueven sin pudor el exterminio de inocentes, puedan seguir presentándose como “coherentemente provida” porque apoyan algún programa de acogida a inmigrantes.

Los obispos provida, sacrificados en nombre de la “unidad”

Hasta ahora, figuras como Paprocki, Cordileone o Conley habían levantado la voz contra el escándalo Cupich, recordando que no se puede homenajear a quien ni siquiera está autorizado a recibir la comunión por su defensa obstinada del aborto. Pero el Papa, que se autoproclama garante de la comunión eclesial, en lugar de respaldar a sus obispos, los ha dejado colgados de la brocha.

El “Papa de la unidad” ha elegido: no la unidad en la verdad, sino la unidad con los abortistas, a costa de la división con los pastores fieles. En otras palabras: ha preferido la falsa paz de los salones al grito de sangre de los inocentes.

Un giro inquietante

Hay algo de profundamente siniestro en todo esto. La vida del no nacido, centro de la batalla moral de nuestro tiempo, es de nuevo sacrificada en el altar de la equidistancia. El demonio siempre actúa así: enreda, relativiza, presenta el mal como parte de un “conjunto más amplio” para que pierda su carácter intolerable.

Y mientras tanto, quienes se atreven a decir “no” a la cultura de la muerte son los que quedan aislados, señalados como divisivos o extremistas. Es la vieja estrategia del acusador: deslegitimar al justo para que el injusto quede cómodo.

 

Necesitamos obispos que no confundan caridad con claudicación. La unidad auténtica no se edifica sobre la sangre de los inocentes.

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