Un “Madcool” flojito
La idea era hacer un Madcool católico, una especie de macrofestival de luces, música y camisetas de colores. Pero si compites con el mundo en su propio terreno, lo normal es que pierdas. El problema no es tanto que el WOW Fest esté “mal”: lo verdaderamente grave es que es inocuo. No toca el corazón, no remueve la conciencia, no conduce a lo eterno. En el mejor de los casos, deja a los jóvenes como entraron, o más aburridos.
Mientras tanto, fenómenos como Hakuna —al margen de lo que cada uno piense sobre el movimiento— crecen porque surgen de forma orgánica, porque hay algo genuino. El WOW Fest, en cambio, huele a evento diseñado en despacho, con burocracia, agencia de comunicación, presupuesto inflado y mucha foto para la memoria diocesana, pero sin alma.
Transparencia y autocrítica
Sería un mínimo de honestidad que alguien explicara cuánto ha costado todo esto, qué agencias se han llevado el contrato, qué medios económicos de las diócesis se han destinado. Porque si el resultado es tan pobre, los fieles tienen derecho a exigir transparencia.
El problema de fondo es una estructura de delegaciones de juventud que lleva décadas triturando dinero y esfuerzos en intentar “presentarse al mundo como un plan molón”. Pero los jóvenes no buscan lo molón. Buscan lo eterno, lo verdadero, lo que permanece. Si se les ofrece una mala copia de festival, la respuesta será la que hemos visto: mala música, mal sonido, mala iluminación, ambiente frío y afeminado. Y, lo más preocupante, cada vez menos jóvenes.
No se enteran
Han pasado cincuenta años y la jerarquía sigue sin enterarse. Mientras se sigan dedicando a organizar “bodrios” como el WOW Fest, el resultado será siempre el mismo: fracaso, desgaste y vacío. Y lo más grave: otra oportunidad perdida para mostrar a los jóvenes lo único que puede salvarles: a Cristo.
El teólogo alemán Ulrich L. Lehner, expone bien en su libro «Dios no mola», recordando que frente al Dios edulcorado de la posmodernidad, está el Dios verdadero de la Biblia; frente al Dios buenecito de los manuales de autoayuda, está el Dios paradójico – iracundo y misericordioso al tiempo – del catolicismo; frente al Dios que nos recompensa por nuestros méritos, está el Dios amoroso que nos ofrece el regalo inmerecido de la gracia; frente al Dios moralista, está el Dios que nos saca de nuestro ámbito de comodidad y nos llama a la aventura, transformándonos. Ese es el llamado que los jóvenes necesitan, uno claro, sin suavizantes ni adornos.
