El valor infinito de cada Misa
El problema de fondo es la confusión implícita: pareciera que cuantas más casullas se junten, más valor tiene la Misa. Y no es así. Una sola Misa, celebrada por un sacerdote en una capilla lateral de Roma, tendría el mismo valor infinito que la Misa pontifical más solemne. Cada sacrificio eucarístico actualiza de manera plena la entrega de Cristo en la Cruz.
Piénsese en la fuerza perdida: cada uno de esos sacerdotes, en lugar de insolarse de pie a un kilómetro del altar, podría ofrecer el sacrificio en privado, aplicando intenciones concretas por las almas, por difuntos, por la Iglesia y el mundo. Cada una de esas Misas hubiese sido un manantial de gracia inagotable. En cambio, se diluyen en una concelebración masiva donde muchos ni siquiera ven el altar y se cubren con una gorra mientras repiten las palabras más sagradas de la liturgia.
Una propuesta más fecunda
Tal vez convenga replantearse estas concelebraciones masivas y limitarlas. El resto de sacerdotes podrían ejercer un ministerio no menos valioso: confesar a miles de peregrinos, preparar los corazones para la comunión, distribuir después la Eucaristía con abundancia y reverencia. La unidad sacerdotal también se muestra en ese servicio.
La liturgia exige claridad, belleza y orden. Lo de apiñar miles de casullas al sol con sacerdotes tapándose con gorras de souvenir es innecesario. Necesitamos que brille lo esencial: Cristo, que se ofrece en el altar en cada Misa con todo el valor infinito de su sacrificio redentor.
