¿Se nos están yendo de las manos las concelebraciones masivas?

¿Se nos están yendo de las manos las concelebraciones masivas?
Cada vez es más habitual en Roma, en grandes peregrinaciones y encuentros multitudinarios: centenares o miles de sacerdotes apiñados bajo el sol, revestidos con casullas idénticas, intentando seguir al unísono la plegaria eucarística. Algunos se cubren con gorras de equipos de fútbol, otros con publicidad de refrescos, otros con gorritos de pescador. La escena, más que subrayar la grandeza del Misterio, roza lo pintoresco y termina distrayendo de lo esencial.La concelebración nació como un signo profundo de unidad sacerdotal. El Concilio Vaticano II, en Sacrosanctum Concilium (n. 57), la recomendó en determinadas ocasiones para expresar la comunión del presbiterio en torno al obispo o al Papa. Pero lo que se pensó como un signo sobrio y solemne se ha ido desbordando en auténticas masas que, lejos de edificar, corren el riesgo de confundir a los fieles.

El valor infinito de cada Misa

El problema de fondo es la confusión implícita: pareciera que cuantas más casullas se junten, más valor tiene la Misa. Y no es así. Una sola Misa, celebrada por un sacerdote en una capilla lateral de Roma, tendría el mismo valor infinito que la Misa pontifical más solemne. Cada sacrificio eucarístico actualiza de manera plena la entrega de Cristo en la Cruz.

Piénsese en la fuerza perdida: cada uno de esos sacerdotes, en lugar de insolarse de pie a un kilómetro del altar, podría ofrecer el sacrificio en privado, aplicando intenciones concretas por las almas, por difuntos, por la Iglesia y el mundo. Cada una de esas Misas hubiese sido un manantial de gracia inagotable. En cambio, se diluyen en una concelebración masiva donde muchos ni siquiera ven el altar y se cubren con una gorra mientras repiten las palabras más sagradas de la liturgia.

Una propuesta más fecunda

Tal vez convenga replantearse estas concelebraciones masivas y limitarlas. El resto de sacerdotes podrían ejercer un ministerio no menos valioso: confesar a miles de peregrinos, preparar los corazones para la comunión, distribuir después la Eucaristía con abundancia y reverencia. La unidad sacerdotal también se muestra en ese servicio.

La liturgia exige claridad, belleza y orden. Lo de apiñar miles de casullas al sol con sacerdotes tapándose con gorras de souvenir es innecesario. Necesitamos que brille lo esencial: Cristo, que se ofrece en el altar en cada Misa con todo el valor infinito de su sacrificio redentor.

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