Por Stephen P. White
Si has oído hablar del cambio generacional en la Iglesia, seguramente también habrás oído sobre los cambios en la práctica católica que se han vuelto cada vez más evidentes en los últimos años: la caída en la asistencia a Misa, donde los católicos mayores asisten con mucha más frecuencia que los jóvenes; o las interminables guerras litúrgicas, supuestamente entre los boomers del “Espíritu del Vaticano II” y los Zoomers trads.
Los más atentos a las finanzas pueden señalar con preocupación que los católicos mayores son desproporcionadamente más generosos en su apoyo económico a la Iglesia en comparación con los jóvenes. O cómo la crisis fiscal que enfrentan muchas diócesis, o que ven venir a corto plazo, podría afectar ministerios críticos. Muchos católicos ya sienten los efectos de años de caída en las vocaciones sacerdotales y religiosas, un problema que aún empeorará antes de mejorar.
Todos estos son motivos de preocupación legítimos. Pero también el panorama fuera de la Iglesia está cambiando, y no poco. Me refiero, en particular, a las transformaciones demográficas a largo plazo que moldearán profundamente la vida estadounidense. Una Iglesia bien preparada para los desafíos pastorales —y las oportunidades evangelizadoras— de las próximas décadas haría bien en comenzar a reflexionar sobre estas tendencias desde ahora.
Dentro de veinticinco años, la generación millennial comenzará a jubilarse. Para 2050, los mayores de los millennials estarán entrando en la década de los 70. Al mismo tiempo, la Generación Z estará rozando los 40 años. Los católicos más jóvenes nacidos antes de la clausura del Concilio Vaticano II, y los últimos baby boomers, estarán entrando en sus 80 avanzados. Prácticamente habrá desaparecido toda memoria viva de la era preconciliar.
Es probable que para el año 2050 (tal vez antes, o poco después) la población de Estados Unidos comience a reducirse.
Las tasas de natalidad han estado por debajo del nivel de reemplazo por mucho tiempo. El mayor factor que ha mantenido la población (y la natalidad) relativamente estable ha sido, como era de esperar, la inmigración. Pero incluso con una inmigración significativa —algo nada seguro en estos tiempos—, nuestra población pronto comenzará a encogerse. Según las proyecciones más recientes de la Oficina del Censo (2023), la población estadounidense se estabilizará y comenzará a disminuir a lo largo del siglo.
La misma Oficina del Censo estima que, si la inmigración se redujera a cero: “La población… se proyecta en 226 millones para el año 2100, aproximadamente 107 millones menos que la estimación de 2022.” Eso implica una caída de un tercio de la población de aquí al final del siglo. Este escenario sin inmigración, por supuesto, es completamente irreal, pero ilustra cuán dependiente es Estados Unidos de la inmigración para mantener siquiera una población estable.
Bajo escenarios más plausibles, con niveles bajos o moderados de inmigración, la Oficina del Censo proyecta una disminución —cada vez más acelerada— de la población estadounidense hacia el final del siglo, y posiblemente tan pronto como a mediados de siglo. Una caída catastrófica de 107 millones puede parecer exagerada, pero incluso una décima parte de esa cifra sería enormemente disruptiva.
La política migratoria hoy es, por decirlo suavemente, compleja y conflictiva. Los líderes católicos —obispos incluidos— se han visto obligados a defender el trato humano a los migrantes, al tiempo que reconocen preocupaciones legítimas y urgentes sobre los efectos perjudiciales de una inmigración masiva e ilegal.
Aun si los problemas políticos en la frontera se resolvieran milagrosamente mañana, la dependencia del modelo económico estadounidense en una población en crecimiento permanente sugiere que la inmigración seguirá siendo una cuestión urgente durante mucho tiempo.
Estados Unidos pronto tendrá más residentes mayores de 65 años que menores de 18. Los programas de asistencia social para personas mayores —principalmente la Seguridad Social y Medicare— se financian mediante impuestos sobre los salarios de los trabajadores actuales. A medida que crece la proporción de jubilados por trabajador, la viabilidad de estos programas se vuelve cada vez más precaria, aunque al mismo tiempo la presión política para protegerlos aumentará.
A esto se suma el número creciente de jubilados sin hijos ni familiares que los cuiden en la vejez —consecuencia inevitable de la caída de la natalidad— y la creciente carga financiera se entrelaza con el impulso ya presente por legalizar (y normalizar) la eutanasia.
La oposición de la Iglesia a la eutanasia deberá ir acompañada de un testimonio vivo. Ahora es el momento de pensar seriamente cómo la Iglesia —especialmente a nivel parroquial— puede abordar mejor el problema de la soledad y el aislamiento de los ancianos, una realidad que solo crecerá en los próximos años.
Y ¿cómo reaccionará una nación orgullosa, que ha vivido casi exclusivamente en crecimiento, ante la perspectiva de una disminución sostenida de su población y productividad económica? Nuestra tecnología ha demostrado una capacidad prodigiosa para aumentar la productividad, pero ¿podemos realmente esperar que esta o la demanda del consumidor sigan creciendo si la población entra en declive? El consumo representa dos tercios o más de la economía estadounidense.
Por más maravillas o amenazas que uno espere de la futura revolución de la inteligencia artificial —si llega—, hay motivos para dudar de que una economía basada en el consumo perpetuo pueda “innovar” para superar una caída en la producción y en el número de consumidores domésticos.
El Papa León XIV ya ha manifestado su interés en abordar nuestra última revolución tecnológica desde la perspectiva de la Doctrina Social de la Iglesia. Esa tradición —especialmente sus fundamentos filosóficos y antropológicos establecidos por León XIII— será aún más importante a medida que avance el siglo.
En el centro de todo esto está la familia. La actividad económica debe estar al servicio de fines humanos, es decir, al servicio del bien de las personas, particularmente de las familias, de la sociedad y, en última instancia, del bien común.
Este imperativo se olvida con demasiada facilidad hoy. No deberíamos sorprendernos si la visión de la Iglesia sobre una economía justa y verdaderamente humana se vuelve, en los años venideros, aún más urgente y valiosa precisamente por su rareza.
Acerca del autor:
Stephen P. White es director ejecutivo de The Catholic Project en la Universidad Católica de América y miembro del Ethics and Public Policy Center en Estudios Católicos.
