Por: Pilar Abellán OV
Lorenzo Alcina tituló su importante artículo publicado en la revista Yermo en 1964 “Fray Lope de Olmedo y su discutida obra monástica”. Ya hemos visto que fue discutido por sus muchos detractores tanto él como su proyecto monástico.
El caso es que parece ser un caso común en las fundaciones religiosas de un fundador de gran carisma y observancia, tras la muerte del cual es difícil que otra persona de igual fuerza tome el relevo. Lo mismo, de hecho, que ocurrió con el monasterio masculino de san Jerónimo en Belén, del cual, tras la muerte de Jerónimo en el año 419 ó 420, sólo conocemos a un sucesor, San Eusebio de Cremona. Por eso las recomendaciones de fray Lope de Olmedo a sus monjes en su lecho de muerte sobre el futuro de su orden resultaron proféticas: “encargando a sus conciencias la observancia de la Regla y de las Constituciones, de las que dependía la subsistencia de la Religión en su primer y más decoroso estado. De lo contrario, su negligencia y las faltas cometidas en su oficio habrían sido la causa fatal de la caída de la Religión” (Caymi, cap. X libro III).
Tras la muerte de Lope, su orden relajó sus costumbres de manera inmediata. Se estaba celebrando el Concilio de Basilea en 1433 y una delegación de los monjes de fray Lope solicitaron al papa volver a la regla de san Agustín, aduciendo que el concilio IV de Letrán (1215) había prohibido nuevas reglas monásticas. Es una traición al espíritu del fundador y la causa evidente de su rápida decadencia, si bien sobrevivió varios siglos más. Lorenzo Alcina lo narra de manera lapidaria: “Pero (la Congregación) no se mantuvo fiel a las directrices de su fundador” (Alcina, L., Op. Cit., p. 52). En su artículo recientemente publicado en la revista Studia Monastica (2025, pp. 12 y 13), Peru Amorrortu afirma que “el efecto de la aprobación de la Regla (de san Jerónimo en 1428) no fue demasiado positivo para la Orden, pues la mayoría de monjes no aceptó con agrado el género de vida bastante más estricto que el celoso Lope pretendía imponerles, y se rebelaron tras su muerte, llevando sus quejas hasta el concilio de Basilea, que las refrendó (Rubio González, L. “La orden de san Jerónimo en España”, Estudio Agustiniano: Revista del Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid 11.2 (1976)).
Así, inmediatamente después de la muerte de fray Lope de Olmedo y a pesar de sus recomendaciones, la Orden de los Monjes Ermitaños de san Jerónimo volvió a vivir según la regla de san Agustín, igual que la Orden de san Jerónimo en España.
Vamos a repasar brevemente el recorrido de la orden a partir de entonces.
En España, la orden contaba a la muerte de Lope, como ya se ha dicho, con dos casas en la Archidiócesis de Sevilla: San Isidoro del Campo y san Jerónimo de Acela. Este último no tuvo una vida como eremitorio jerónimo de más de 20 años. Al parecer, en los años 1440 fue abandonado por los monjes y a partir de la década de 1470 está documentado como la bien conocida Cartuja de Cazalla. Desde el monasterio de san Isidoro del Campo, por su parte, sí se fundaron otras casas como las que quería Lope: pequeñas (12 monjes) y de rentas muy bajas, para asegurar una vida de austeridad y penitencia de los monjes. De esta manera fueron fundados Santa María de Barrameda (cerca de Medina Sidonia) y San Miguel de los Reyes (a cuatro leguas de Sevilla), así como Santa Ana de Tendilla (1473).
El P. José de Sigüenza, de ordinario tan adverso a los observantes, ha alabado la “suma pobreza” y el “igual ejemplo” de aquellos monjes, que se sustentaban “con pan y agua, alguna verdura de la pobre huerta y, quando más regalo, unas rebanadas de pan fritase n aceyte”; entre ellos había “varones de gran espíritu”; los más vestían silicios ásperos, dormían en el suelo o sobre alguna estera, heno o sarmientos. Castigavan sus cuerpos con disciplinas muy ásperas, y esto a lo menos se sabe que hubo necesidad de ponerles tassa a estas asperezas; de los ayunos no hay que hacer memoria, porque toda la vida era un ayuno estrecho, y aun en esto se estrechavan más (nota #90, Sigüenza, tomo I). La Congregación poseyó además en España: Santa Quiteria de Jaén; Nuestra Señora de Gracia, en la villa de Carmona, monasterio fundado en 1477 por Isabel Católica, y Nuestra Señora del Valle de Écija, abierto a la vida jerónima en 1486.
A principio del siglo XVI estos monasterios atravesaban diversas dificultades; existían entre ellos ciertas disensiones. Eran, como narra Sigüenza, “con la sola excepción de san Isidoro del Campo, de muy poca hacienda”; y si hemos de creer al cronista jerónimo, “ni tienen letrados ni predicadores, ni aun libros y tras esto, pocos frayles para gobierno”.
Felipe II pidió al capítulo general de la orden de san Jerónimo, reunido en 1567 bajo la presidencia de fray Francisco del Pozuelo, que admitiera en su seno los siete monasterios de los observantes en España. Los padres capitulares no se apresuraron a aceptarlos por varias razones que merecían examen y discusión. Sigüenza enumera algunas: la limpieza de sangre, tan mirada en la OSH a causa de la polémica con los conversos; el foco luterano en san Isidoro en 1557; la pobreza de los monasterios observantes y lo poco que iban estos a agradecer “la participación en una Orden tan estendida y estimada”.
“Mas después de mucho discutir – continúa Sigüenza-, movidos por la obediencia al papa San Pío V y el respeto al rey, y para remediar el desasosiego de los monasterios olmedistas, se decidió la unión. El desasosiego se debía, según Sigüenza, a que su prior general reside en Italia y que “los provinciales que acá están son absolutos, tratan baxamente a los frayles, tienen poca caridad con ellos”. Los monjes de la Orden Jerónima, en cambio, se sienten obligados por la caridad que deben a una religión nacida de la suya y cuyos monjes no eran menos hijos de san Jerónimo que ellos mismos.
La unión se realizó finalmente el 14 de septiembre de 1567. En este día se presentaron en cada uno de los monasterios de la Observancia dos religiosos de la OSH con el encargo de tomar posesión de ellos. Es curioso saber que les acompañaba el vicario general de las respectivas diócesis y que los monjes vestían de seglar, “porque ansí lo avía ordenado su magestad (Felipe II), avisado de algunos dellos que harían resistencia”. Pero “se engañaron”: no hubo resistencia alguna, sino que “al punto obedecieron”. Aquí termina la historia de la Orden de los Monjes Ermitaños de san Jerónimo en España.
De estas palabras de fray José de Sigüenza parece desprenderse que en los monasterios de la Orden de los Monjes Ermitaños de san Jerónimo sí se mantuvo la identidad penitente y de pobreza que fray Lope de Olmedo quiso imprimir, así como las características de los monasterios observantes de comunidades pequeñas, compuestas por doce monjes. Y añade Sigüenza – citado por Lorenzo Alcina – esta apreciación de monje celoso: “si no hubiera sido por la relaxación y descuido de los superiores (…), sin duda fuera una de las estrechas religiones para la carne de cuantas hay en la Iglesia de Dios”. Pasado el año de prueba, la Congregación fundada por Lope de Olmedo quedó incorporada definitivamente a la Orden de San Jerónimo. Contaba por entonces la Observancia un centenar de monjes. Desde entonces – concluye el cronista -, “la Orden ha tenido siempre cuidado en acariciarles y honrarse con ellos y hacer el caso que era razón” (Sigüenza, tomo II).
En Italia (Alcina, L., 1964. Op cit. pp. 54ss), la obra de Lope tuvo más larga vida que en España. El centro de la congregación radicaba en el monasterio romano de san Alejo. Allí sucedió a fray Lope como prior, en 1431, fray Enrique de Alemania, quien fue reemplazado, en 1433, por fray Lupino de España, elegido por el primer capítulo general de la congregación, habido en el monasterio de Castellazo, extramuros de Milán (cita #95, Narini, pp. 303-308).
A lo largo de cuatro siglos, la Congregación llegó a contar en Italia con unos veinte monasterios, nombrados en la nota al pie #96 de Lorenzo Alcina:
- San Pedro de Ospedaletto
- San Pedro ad Vincula
- San Alessio en Roma
- Quarto, en Génova
- San Pablo de Albano
- San Jerónimo de Castellazzo, en Milán
- San Cosme y san Damián, en Milán
- San Carpóforo de Como
- San Jerónimo de Novara
- San Jerónimo de Biella
- Santa María de Caromagna
- San Barbaciano de Bolonia
- San Savino de Plasencia
- San Miguel de Brembio
- San Segismundo de Cremona
- Santa María de Biadena
- San Jerónimo de Mantua
- San Martín de Pavía
- Santos Gervasio y Protasio, de Montebello
- Santa María della Campora o del Santo Sepulcro, de Florencia
Alcina afirma que a fines del siglo XVI los monjes en Italia empezaron a utilizar el título monástico de Dom y sus superiores, a pesar de ser trienales, a llamarse abades. Los abades generales residían en el monasterio de San Pietro d´Ospedaletto, en la provincia de Lodi (Lombardía) y gozaban de los privilegios de usar ornamentos pontificales y conferir órdenes, gracias que les concedieron los papas Pablo V y Urbano VIII (nota #97: Helgot y Bullat, p. 468).
Tristemente, narra Alcina, “la Congregación del P. Olmedo ya no era por entonces, como dice un historiador italiano del siglo XVI, “la figlia e l´imagine di Girolamo” (“la hija e imagen de Jerónimo; nota #98, Rossi, oc p. 267). Cuando se separaron de ella los monasterios españoles (1567) empezó a llamarse Congregación Jerónima de la Observancia de Lombardía (nota #99), y en el siglo XVII se apellidó Congregación de monjes de San Jerónimo de Italia (Nota #100: Nerini, op. cit. pag XXIX: aprobación de la obra por “Dom Theodorus Maria Veggi, Congregationis Monachorum Sancti Hieronymi in Italia, Abbas Generalis”).
Cuando una orden del emperador José II exclaustró a los jerónimos de Lombardía en la segunda mitad del siglo XVIII y la Congregación se vio reducida a los monasterios que poseía en los Estados Pontificios y en el ducado de Parma, se adoptó el nombre de Congregación romano-parmense de monjes jerónimos. Entre tanto habían tenido lugar cambios importantes en la estructura del instituto. Desde 1584, en vez de celebrar capítulo general anualmente, como prescribían las constituciones redactadas por fray Lope de Olmedo, se celebraba cada tres años (Nerini, p. 306). En 1611, con autorización del Papa Pablo V, sustituyeron las Constituciones de fray Lope de Olmedo por otras nuevas.
Nos basamos en el citado artículo de Lorenzo Alcina para narrar cómo, “durante el siglo XVIII tuvo la Congregación italiana sus disputas con otras Órdenes religiosas acerca de la antigüedad de la Orden Jerónima, del mismo modo que las habían tenido los jerónimos españoles en el siglo XVII. Su defensor fue nada menos que el abad general Dom Félix María Nerini, quien, como el P. Hermenegildo de san Pablo en España, pretende que la orden deriva directamente de los monasterios de Belén (nota #103: Nerini, Hieronymianae familiae vetera monumenta, Placentiae, 1754. Véase también Dom Pier Luigi Galletti, osb, Lettera intorno la vera e sicura origine del Venerabile Ordine dei PP Girolamini, Roma, 1755).
La Congregación jerónima italiana sintió siempre gran afecto hacia los jerónimos españoles y portugueses. Dom Nerini escribe que la gran obra de fray Lope de Olmedo fue implantar en Italia el monacato de san Jerónimo aunque sean pocas sus casas; pero se consuela Dom Nerini diciendo que “por la gracia de Dios esta orden se ha propagado con mucho más esplendor en Portugal y España, poseyendo en estas naciones cerca de 80 monasterios, entre ellos los famosos de Santa María de Belén, en Lisboa, y san Lorenzo del Escorial. Sin embargo, contrariamente a lo que firma el historiador Bonanni (nota #105: Filippo Bonnanni, S.J., Catalogo degli Ordini Religiosi della Chiesa Militante, Roma, 1714, 2ª ed, parte I, cap CXIX), los generales españoles no intervinieron nunca en los asuntos de los jerónimos italianos.
Y llegamos al fin de la desfigurada existencia de la Orden fundada por fray Lope de Olmedo. Un golpe mortal para su existencia – afirma Lorenzo Alcina – fueron las guerras napoleónicas. En aquella ocasión se clausuraron para siempre algunos de sus monasterios, de manera que pronto se vio reducida al de san Alejo, en Roma, y unos pocos más, como San Pablo de Albano y san Savino de Plasencia. A principios del siglo XIX el Papa nombró a un nuevo superior y visitador apostólico, el cardenal Leonardo Antonelli, sin duda en vistas a reorganizarla. Pero nada pudo lograrse. Y en 1834 un decreto de Gregorio XVI mandaba a los pocos jerónimos que aún quedaban desalojar el monasterio de san Alejo, si bien luego la benevolencia pontificia les permitió seguir en él hasta 1846. En este año tomaron posesión del edificio los clérigos regulares de Somasca. Dom Hipólito de Monza fue el último abad jerónimo del monasterio de san Alejo, y al propio tiempo, el último abad general de la congregación.
Concluimos con las certeras palabras de Lorenzo Alcina, cuyo artículo proporciona tan valiosa información: “Así terminó aquella Observancia jerónima fundada con tanto empeño por fray Lope de Olmedo en la primera mitad del siglo XV. Los huesos del reformador reposan todavía en la iglesia de San Alejo esperando el último y universal juicio. Los hombres han juzgado diversamente su obra monástica. Pero, ¿qué importa el juicio de los hombres? Dom Pío Rossi, osh, lejano biógrafo e hijo espiritual de fray Lope de Olmedo, escribe estas líneas con las que quiero terminar el presente trabajo: “Fortunato Lupo, che può esser lodato in Dio, e di cui non tace Iddio istesso le giuste lodi. Che giova l´essere lodato da alcuno, se´l Signore di tutte le cose vitupera? Io no so stima, disse San Paolo, d´esser giudicato dagli huomini, perche´l mio Giudice e Dio: ne potrò essergli fedele servitore se piacerò agli huomini del Mondo” (.Rossi, p. 487).
“Afortunado Lope, que puede ser alabado en Dios, y de quien Dios mismo no calla las justas alabanzas. ¿De qué sirve ser alabado por alguien, si el Señor de todas las cosas lo injuria? Yo no sé estimar, dijo San Pablo, ser juzgado por los hombres, porque mi Juez es Dios: no podré serle fiel servidor si agrado a los hombres de la Tierra”.