De socialité de San Francisco a monja de clausura: muere Ann Russell Miller a los 92 años

De socialité de San Francisco a monja de clausura: muere Ann Russell Miller a los 92 años

La vida de Ann Russell Miller fue todo menos moderada. Figura de la alta sociedad de San Francisco, madre de diez hijos y amiga de personalidades como Nancy Reagan o la humorista Phyllis Diller, abandonó la vida de lujo y fiestas para ingresar en un monasterio carmelita de clausura en Illinois, donde pasó más de tres décadas bajo el nombre de sor Mary Joseph. Falleció el pasado 5 de junio a los 92 años tras sufrir varios derrames cerebrales.

Una vida marcada por extremos

Miller nació en una familia acomodada: su padre fue presidente de Southern Pacific Railroad y su suegro fundador de lo que llegaría a ser la compañía energética PG&E. Desde joven llevó una vida de privilegios, viajando en yates por el Mediterráneo y acumulando colecciones de zapatos que, según uno de sus hijos, hacían que las de Imelda Marcos “parecieran insignificantes”.

Casada con Richard Kendall Miller, con quien tuvo diez hijos, estuvo vinculada a más de veinte juntas benéficas y fundó el capítulo en California de la organización Achievement Rewards for College Scientists. “Los dos tercios de mi vida los dediqué al mundo; el último tercio lo dedicaré a mi alma”, dijo en 1989 durante una multitudinaria fiesta de despedida con 800 invitados, antes de entrar al convento.

Tres décadas de clausura

Ese mismo año ingresó en el monasterio carmelita de Des Plaines, Illinois, tomando votos de silencio, pobreza y oración. Pese a la incredulidad inicial de quienes la conocían, se mantuvo fiel a la clausura durante más de 30 años.

Su hijo Mark Miller recordó con humor en redes sociales que “era una monja poco común”: desafinaba al cantar, solía llegar tarde a sus deberes comunitarios y hasta jugaba con los perros del convento, pese a que no estaba permitido. En las más de tres décadas en el monasterio solo la vio dos veces, siempre separada por rejas de hierro.

Fe y tensiones familiares

Aunque católica desde su matrimonio, la fe de Miller se intensificó tras la enfermedad de un nieto, prometiendo entonces acudir a misa diaria durante un año. Cumplió la promesa y la devoción acabó por marcar su vida. Viajaba con sacerdotes para no perder la Eucaristía y educó a sus hijos en un catolicismo estricto: “La mitad de mi paga semanal iba a la iglesia”, recordaba su hija Donna Casey.

Ese rigor religioso generó tensiones familiares. No reconoció algunos matrimonios de sus hijos por no haberse celebrado en la Iglesia, lo que repercutió en el vínculo con varios nietos. Aun así, para Casey la decisión de su madre de entrar en el convento “tenía sentido”, porque era incapaz de vivir en términos medios: “Todo era blanco o negro”.

El último adiós

El monasterio carmelita donde residió las últimas décadas prepara los funerales de quien fue primero socialité y filántropa, y luego religiosa de clausura. Su vida fue, como resumió su hija, un camino marcado por extremos: de los bailes de gala a la oración silenciosa tras los muros del convento.

 

Fuente: América. The Jesuite Review

Ayuda a Infovaticana a seguir informando