Por Robert Lazu Kmita
Un artículo reciente de Michael Rota y Stephen Bullivant, titulado “Religious Transmission: A Solution to the Church’s Biggest Problem”, publicado en Church Life Journal, ha suscitado reacciones en diversos círculos por su tesis principal: nueve de cada diez personas nacidas en la Iglesia católica la abandonan.
El éxodo de adultos, y en especial de adolescentes y jóvenes, es uno de los síntomas más alarmantes de la profunda crisis de la vida cristiana, no solo dentro de nuestra Iglesia, sino en toda nuestra cultura. (Creo que la enfermedad más terrible y extendida es la mentalidad anticonceptiva, y el régimen abortista al que conduce. Todos los demás problemas reflejan este suicidio lento de las comunidades del mundo occidental que han dejado de procrear.)
Respecto al éxodo juvenil, es imprescindible realizar un examen profundo y proponer sugerencias concretas. Pero antes —como sucede con los pacientes que presentan múltiples síntomas graves—, es necesario establecer un diagnóstico certero que revele las causas ocultas del “mal”. Mi perspectiva es algo inusual hoy en día: la de un converso de la Iglesia “ortodoxa” a la Iglesia católica romana.
Lo que advertí después de pedir (en el año 2000) ser recibido en plena comunión con la Iglesia romana (retornando así a la Iglesia de mis antepasados polacos) fue una grave crisis de identidad católica. Sin exagerar, me atrevo a decir que la identidad católica de un número alarmantemente grande de fieles está en proceso de disolución. Esta crisis, evidentemente, solo puede llevar a la indiferencia y alienación que fácilmente desembocan en el éxodo que denuncian Rota, Bullivant y otros.
Para comprender mejor las causas, conviene definir brevemente qué entendemos por “identidad católica”. Mi punto de partida es el clásico “Acto de fe”:
Dios mío, creo firmemente que Tú eres un solo Dios en tres Personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo; creo que tu divino Hijo se hizo hombre y murió por nuestros pecados, y que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo estas y todas las verdades que la santa Iglesia católica enseña, porque Tú las has revelado, que no puedes engañarte ni engañarnos. Amén.
Quien cree lo que aquí se expresa de forma tan sucinta puede considerarse cristiano (es decir, católico). A esto añadiría la convicción de que la Iglesia católica es la única y verdadera Iglesia fundada por nuestro Señor Jesucristo.
Ninguna otra comunidad o “iglesia” puede considerarse tal. Y, además, ninguna otra puede ofrecer a sus fieles la salvación. Las herejías y el estado de cisma respecto a la verdadera Iglesia son peligros reales que impiden la conversión plena y, en última instancia, la salvación de las almas.
Por supuesto, esto no excluye que Dios pueda salvar almas también desde otras comunidades, pero eso implica necesariamente que entren en comunión con la Iglesia católica, al menos mediante el “bautismo de deseo”.
Hoy, los católicos ya no creen —como san Cipriano— que fuera de la Iglesia católica no hay salvación (Extra Ecclesiam nulla salus). El diálogo interreligioso y ecuménico, el pluralismo práctico del mundo actual y la ausencia de una auténtica evangelización y catequesis cristiana han generado indiferencia e incluso hostilidad hacia cualquier valor “firme” (a veces incluso hacia la misma noción de dogma).
De hecho, aunque algunos sacerdotes, obispos y fieles me acogieron con simpatía en mi conversión, muchos otros manifestaron perplejidad: ¿cuál es el sentido de convertirse de la Iglesia “ortodoxa” a la Iglesia católica? ¿Acaso no son lo mismo? No imaginan cuántas veces me han hecho esta pregunta.
Para mí, hay un detalle significativo: en las iglesias “ortodoxas” y en las comunidades protestantes y neopentecostales, los católicos son presentados constantemente como herejes, apóstatas, etc. Por ejemplo, monjes muy conocidos en Rumanía afirman que desde el Gran Cisma de 1054 no existe Iglesia en Occidente. Dicen también que el catolicismo es una masa de invenciones papistas y herejías añadidas al credo tradicional, y así sucesivamente.
Podría presentar colecciones impresionantes de tales afirmaciones, que —debo subrayar— no son la excepción, sino la regla.
En cambio, los católicos ya no están convencidos de que su Iglesia sea verdaderamente la única fundada por Cristo, y que fuera de ella no es posible la salvación. Perdidos en interminables discusiones sobre “cristianos anónimos” y otras sutilezas, teólogos posconciliares como Karl Rahner, Hans Küng, Jacques Dupuis, entre otros, han alimentado y amplificado esta crisis de identidad.
Asimismo, la pérdida del “más allá” —el Cielo y el Infierno— como horizonte constante de referencia y meditación personal, ha agravado este indiferentismo generalizado. Si la salvación puede hallarse en cualquier parte, ¿por qué habrían de seguir siendo católicos los jóvenes?
La consecuencia más dramática e inmediata de la crisis de identidad eclesial es la desaparición del espíritu misionero. (No sé si esto se percibe con claridad en un país con decenas de millones de católicos, como Estados Unidos, pero en un país donde los católicos apenas suman unos pocos miles o cientos de miles, esta consecuencia es evidente.)
En un contexto donde la mayoría de la población corre el riesgo de perder la salvación por pertenecer a iglesias y comunidades heréticas y cismáticas, cabría esperar que obispos, sacerdotes y fieles trabajaran incansablemente para convertir esas almas perdidas. O, al menos, que estuvieran siempre dispuestos a ayudar a estas personas a abrazar la verdadera religión cristiana.
Lamentablemente, no es así. El diálogo ecuménico hace tiempo que ha reemplazado al anuncio del Evangelio y a la formación de una identidad católica sólida. Y los jóvenes han aprendido esta lección. Muchos simplemente abandonan la religión de padres que no solo no saben, sino probablemente nunca supieron, por qué eran católicos.
Acerca del autor:
Robert Lazu Kmita es novelista, ensayista y columnista con doctorado en Filosofía. Su novela La isla sin estaciones fue publicada por Os Justi en 2023. Es también autor y editor de numerosas obras, incluida una Enciclopedia del mundo de J.R.R. Tolkien (en rumano). Escribe regularmente en su Substack, Kmita’s Library.
