Canadá: tres hombres que viven en concubinato logran la adopción de una niña en Quebec

Canadá: tres hombres que viven en concubinato logran la adopción de una niña en Quebec

Quebec: tres hombres poliamorosos adoptan a una niña en un experimento social aberrante

Lo que hasta hace poco parecía un disparate de laboratorio ideológico se ha convertido en una realidad espeluznante: tres hombres que conviven en una relación poliamorosa han conseguido, de manera excepcional, adoptar a una niña en la provincia de Quebec. La noticia, publicada por La Presse, no es un simple episodio curioso, sino un hito gravísimo en el desmantelamiento de la familia natural y en la conversión de los niños en cobayas de ingeniería social.

Una aberración avalada por el Estado

El proceso fue tramitado por la Dirección de la Protección de la Juventud (DPJ), organismo público encargado de menores vulnerables. Es decir, una institución del Estado —supuestamente llamada a proteger a los pequeños— decidió entregar a una criatura indefensa a un trío de adultos que se autodefine como “trouple”, una invención semántica para enmascarar lo que no es más que poliamor.

En un principio, la propia DPJ rechazó semejante disparate. Pero bastó la presión de abogados y lobbies ideológicos para que, trasladando el caso a otra región administrativa, se aprobara la adopción. El argumento fue tan pobre como peligroso: alegaron “discriminación” y “derecho a la igualdad”. Como si el capricho de tres adultos pudiera equipararse al derecho sagrado de un niño a tener un padre y una madre.

El niño, reducido a objeto de deseo

Aunque en la práctica solo dos de los tres hombres han sido reconocidos legalmente como padres, el tercero vive con ellos y se atribuye funciones de “figura parental”. El resultado es el caos: la niña queda en un limbo jurídico y afectivo, dependiente de la estabilidad de un trío sentimental tan frágil como antinatural. En caso de ruptura, podría perder a uno de esos “referentes”, quedando sometida a un escenario de inestabilidad diseñado por puro capricho.

La exigencia de este trío es aún más delirante: que la ley reconozca la “pluriparentalidad”, es decir, que un niño pueda tener tres, cuatro o los padres que haga falta según el menú afectivo de turno. Se borra de un plumazo el sentido mismo de la filiación y se convierte la infancia en campo de experimentación ideológica.

El propio gobierno alerta del disparate

El gobierno de Quebec ha recurrido la decisión, advirtiendo de que reconocer más de dos padres legales abriría escenarios imposibles para la custodia de los menores. El profesor de Derecho Dominique Goubau lo resumió con lógica elemental: “Si reconocemos tres, ¿por qué no cinco o seis?”. Cada adulto extra es una fuente añadida de conflicto y sufrimiento para el niño.

Pero la maquinaria ideológica no descansa. Los colectivos progresistas llaman a esto “diversidad familiar”, cuando en realidad es la demolición de la familia.

La familia no se improvisa ni se reinventa

Detrás de este caso está la ofensiva contra la familia natural. Lo que se nos presenta como avance es, en realidad, una monstruosidad jurídica y moral: subordinar el bien del niño al deseo cambiante de los adultos. La Iglesia lo ha recordado siempre con claridad: la familia es la unión estable de un hombre y una mujer, abierta a la vida y orientada al bien de los hijos.

Romper este principio es abrir la puerta al caos social. Porque donde se debilita la familia, se tambalea todo. Lo de Quebec no es un experimento lejano y exótico: es un aviso de hasta dónde están dispuestos a llegar los ingenieros sociales. Y los católicos no podemos callar: la familia no es un juguete ni un laboratorio, sino la obra de Dios para la vida del hombre.

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