El cardenal Lucian Mureşan, arzobispo mayor de la Iglesia Greco-Católica Rumana, falleció el 25 de septiembre en Blaj a los 94 años, según informó Vatican News. Creado cardenal por Benedicto XVI en 2012, Mureşan encarnó durante toda su vida la fidelidad a Cristo y a la Iglesia en medio de las más duras persecuciones del régimen comunista.
Nacido el 23 de mayo de 1931 en Transilvania, en una familia con doce hijos, vio cómo en 1948 el régimen comunista prohibía la Iglesia Greco-Católica, obligándole a interrumpir sus estudios y a formarse como carpintero mientras era vigilado por la policía.
Ordenación sacerdotal en la clandestinidad
En 1964, tras recibir un indulto, fue ordenado sacerdote en secreto por el obispo Ioan Dragomir. Durante más de dos décadas ejerció su ministerio en la clandestinidad, sirviendo especialmente a los jóvenes y manteniendo viva la fe en tiempos de represión. Tras la muerte de Dragomir en 1986, asumió de hecho la guía oculta de la eparquía de Maramureş.
Con la caída del comunismo, regreso a la luz
La revolución de 1989 permitió a la Iglesia Greco-Católica salir de las catacumbas. En 1990 san Juan Pablo II lo nombró obispo de Maramureş, y en 1994 sucedió al cardenal Alexandru Todea como metropolitano de Făgăraş y Alba Iulia.
En 2005, Benedicto XVI elevó esta metrópoli a la dignidad de sede arzobispal mayor, nombrando a Mureşan como su primer arzobispo mayor. Durante años, tuvo la difícil tarea de reconstruir la Iglesia tras décadas de confiscaciones, devolver templos a los fieles y restaurar la unidad de una comunidad duramente golpeada.
Servicio a la Iglesia universal
Además de guiar a la Iglesia greco-católica rumana, Mureşan fue presidente de la Conferencia Episcopal de Rumanía en distintos períodos y, desde 2012, cardenal de la Santa Iglesia Romana con el título de San Atanasio. También formó parte del Dicasterio para las Iglesias Orientales, aportando su experiencia en la fidelidad durante la persecución.
Testigo de perdón y reconciliación
En uno de sus últimos mensajes públicos, con motivo de la conmemoración del beato cardenal Iuliu Hossu, recordó cómo la fe y la amistad con Dios permitieron perdonar a los perseguidores y mantener la esperanza en medio de la opresión. Su vida, desde la clandestinidad hasta el cardenalato, es un testimonio de resistencia cristiana frente al totalitarismo.