En un discurso pronunciado en la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo (USAT), en Chiclayo, Robert Prevost —entonces obispo de la diócesis y hoy convertido en Papa León XIV— defendió explícitamente la teoría del Seamless Garment formulada en los años ochenta por el cardenal Joseph Bernardin en Chicago. Prevost recuperaba aquella imagen de la “túnica sin costuras” para recordar que la defensa de la vida no puede fragmentarse: hay que oponerse al aborto, pero también a la pobreza, a la exclusión social, a la pena de muerte, a la guerra y a todas las formas de violencia que hieren la dignidad de la persona.
La intuición de Bernardin —y que Prevost reivindicaba en su discurso— tenía un sentido pastoral: exigir coherencia, evitar que los católicos quedaran atrapados en un reduccionismo ideológico que solo defendiera una causa y olvidara el resto. El Seamless Garment llamaba a no ser selectivos, a ver la vida como un bien indivisible que debe ser protegido en cada etapa y en todas sus dimensiones.
Sin embargo, desde su misma formulación, no pocos advirtieron los riesgos de esta teoría. El primero, la tentación de equiparar males de muy diversa gravedad moral. La pobreza o la guerra son males gravísimos, pero no idénticos al aborto, que es un mal intrínseco: la eliminación deliberada de la vida inocente en su origen. El segundo, el uso político del concepto. En la práctica, la túnica sin costuras podía transformarse en un paraguas retórico para justificar alianzas con políticos abiertamente abortistas, destacando su acción en otros ámbitos sociales.
Aquello que se señaló como riesgo en los años ochenta es exactamente lo que hoy vemos en Chicago, la misma arquidiócesis donde Bernardin enunció su teoría. El cardenal Blase Cupich, heredero de esa tradición, premia y enaltece públicamente a políticos que promueven activamente el aborto, subrayando su compromiso en áreas como la inmigración o la lucha contra la desigualdad. La consecuencia es clara: el Seamless Garment se ha utilizado no para reforzar la coherencia católica, sino para diluir la centralidad de la batalla contra la cultura de la muerte.
La paradoja es evidente. Bernardin y, en su momento, Prevost en la USAT, presentaban la teoría como una llamada a la integridad moral. Pero cuando se excluye el aborto de esa ecuación, la túnica se rasga. El argumento se vacía de sentido y se convierte en un recurso para legitimar como “católicos comprometidos con la vida” a quienes en realidad niegan el derecho más elemental: el derecho a nacer.
Defender la teoría en su núcleo de mínimos sigue teniendo valor: nos recuerda que la defensa de la vida no se agota en un único frente y que un catolicismo coherente no puede desentenderse de los pobres o los descartados. Pero es imprescindible salvarla de sus derivas. Sin una clara distinción entre la gravedad única del aborto y otros males sociales, el Seamless Garment se convierte en una coartada para la incoherencia.
Hoy, a la vista de los acontecimientos, se confirma la advertencia de quienes criticaron a Bernardin. Lo que nació como un ideal de integridad ha terminado siendo instrumentalizado para premiar a políticos abortistas. Y lo que debía ser una túnica sin costuras se ha transformado en un tejido lleno de remiendos, incapaz de ofrecer a los católicos una brújula moral clara en tiempos de confusión.