En una de las últimas publicaciones del canal «Que no te la cuenten», el padre Javier Olivera, hace una interesante reflexión sobre el silencio y la denuncia, la prudencia y la justicia, en relación con los últimos escándalos vividos por la iglesia española en Toledo y Madrid, casos que hemos expuesto ampliamente en Infovaticana.
Recuerda que en la historia de la Iglesia han pasado cosas similares, y aún perores, y que la denuncia pública es necesaria, como es el caso del saqueo de Roma en 1527, durante el pontificado de Clemente VII, quien se había aliado con los musulmanes por estar en guerra con Carlos V, cuando el penitente Brandano de Petroio increpó públicamente al Papa acusándole de pecado y profetizando la destrucción de Roma:
“Bastardo sodomita, conviértete, porque por tus pecados Roma será destruida en 14 días”.
Los pecados personales de quienes tienen autoridad repercuten en toda la Iglesia y el Pueblo de Dios tiene derecho a exigir santidad a sus pastores. En los casos de Madrid y Toledo el verdadero escándalo no está solo en la caída personal de los sacerdotes, sino en sostener a clérigos en cargos de responsabilidad pese a hechos públicos de gravedad.
El Magisterio sobre vocaciones
La Instrucción de 2005 de la Congregación para la Educación Católica, publicada bajo Benedicto XVI, que establece que no pueden ser admitidos al seminario ni a las órdenes sagradas quienes practiquen conductas contrarias a la moral sexual, quienes tengan tendencias profundamente arraigadas en ese ámbito o quienes apoyen una cultura contraria al Evangelio.
A la luz de tales enseñanzas este Dicasterio, de acuerdo con la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, cree necesario afirmar con claridad que la Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión, no puede admitir al Seminario y a las Órdenes Sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay.
Dichas personas se encuentran, efectivamente, en una situación que obstaculiza gravemente una correcta relación con hombres y mujeres. De ningún modo pueden ignorarse las consecuencias negativas que se pueden derivar de la Ordenación de personas con tendencias homosexuales profundamente arraigadas.
Denuncia y corrección evangélica
Según el Evangelio, explicó, los pasos para afrontar estas situaciones son: corrección fraterna privada, luego con testigos, después acudir al obispo y, si no hay respuesta, hacerlo público para toda la Iglesia. En su opinión, callar ante hechos públicos convierte en cómplice por silencio.
Defender a la mayoría fiel
El sacerdote insistió en que la inmensa mayoría del clero en España y en el mundo vive con fidelidad su ministerio. Hacer visibles estos casos, añadió, defiende la dignidad del sacerdocio y protege el buen nombre de quienes se entregan diariamente al servicio del Pueblo de Dios.
Además, recomienda reflexionar con el Sermón sobre los Pastores N°46 de San Agustín, texto que se medita en el oficio de lectura justamente por estos días. Para finalizar, Olivera recuerda que:
Decir la verdad con prudencia y caridad es un deber de todo pastor y una forma de salvaguardar la santidad de la Iglesia, que no depende de la virtud personal de sus miembros, sino de Cristo mismo.