La frase del Papa sobre el infierno que puede generar confusión

La frase del Papa sobre el infierno que puede generar confusión

En una de sus catequesis recientes, el Papa afirmó: «Cristo nos alcanza también en este abismo, atravesando las puertas de este Reino de Tinieblas. Entra, por así decirlo, en la misma casa de la muerte para vaciarla. Para liberar a los habitantes tomándoles la mano uno por uno. Es la humildad de un Dios que no se detiene delante de nuestro pecado, que no se asusta frente al rechazo extremo del ser humano». La fuerza poética de estas palabras es innegable, pero su formulación, leída sin precisión teológica, corre el serio riesgo de sembrar confusión en un asunto que la Iglesia ha tratado siempre con extremo cuidado.

La fe católica enseña que Cristo descendió “a los infiernos” tras su muerte, pero el sentido de esa expresión —descendit ad inferos— no se refiere al infierno de los condenados. En la tradición bíblica y patrística designa el sheol o hades, el estado de los muertos en general, donde aguardaban los justos del Antiguo Testamento privados todavía de la visión de Dios. Allí el Señor anunció la redención y abrió las puertas del cielo. La Iglesia enseña con igual claridad que el infierno de condenación eterna es irrevocable y definitivo: quienes mueren rechazando a Dios no son liberados (cf. Catecismo 1035; 633–635).

Cuando el Papa habla de “vaciar la casa de la muerte” y de liberar a sus habitantes “uno por uno”, la imagen puede sugerir —si no se matiza— que también los condenados son rescatados, lo cual contradice la doctrina católica. Es verdad que su intención es catequética: subrayar la radicalidad de la misericordia de Cristo, capaz de llegar a lo más profundo de la condición humana. Sin embargo, el lenguaje escogido es objetivamente ambiguo. Tal como está expresado, puede alimentar la ilusión de una salvación universal automática, un error doctrinal siempre rechazado por la Iglesia.

Conviene recordar que en la tradición medieval se hablaba de los “infiernos” en plural, englobando realidades distintas: la gehenna (el infierno eterno), el limbo de los justos —donde Cristo rescató a los santos del Antiguo Testamento— y también el purgatorio, donde las almas se purifican antes de entrar en la gloria. Desde esta perspectiva, la imagen papal encaja mejor si se aplica al purgatorio: ese “tomar de la mano uno por uno” describe con acierto el proceso purificador de quienes ya están salvados, pero todavía necesitan ser liberados de sus apegos. Aplicarla al infierno de los condenados, en cambio, resulta teológicamente imposible.

El descenso de Cristo a los infiernos es, en definitiva, una verdad de fe que debe anunciarse con toda su riqueza, pero también con la claridad que evite equívocos. Cristo no “vacía” el infierno de los condenados: abre el cielo a los justos que esperaban la redención. Su misericordia es infinita en la oferta, pero no anula la libertad humana ni el drama del pecado mortal. Lo que no necesita la catequesis son expresiones ambiguas que oscurezcan la doctrina y dejen al pueblo fiel a merced de interpretaciones erróneas.

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