El 14 de septiembre los fieles de la parroquia del Sagrado Corazón de Hollister (California) se encontraron con la carta de su obispo Daniel E. García, en la que comunicaba que la celebración de la Misa Tradicional (Vetus Ordo) quedará suprimida a partir del 13 de octubre. La decisión se presenta como un paso necesario para “garantizar la unidad litúrgica”, en aplicación estricta del motu proprio Traditionis custodes del papa Francisco.
La unidad como argumento central
En su misiva, el obispo afirma que la misión del pastor es conducir a la Iglesia hacia la unidad, y que esta se expresa plenamente en la liturgia reformada tras el Concilio Vaticano II. Citando a san Pablo VI y san Juan Pablo II, García recuerda que la Misa promulgada después del Concilio es “la única expresión del lex orandi del Rito Romano”.
El prelado añade que, aunque comprende la sensibilidad de los fieles ligados a la Misa Tradicional, “la Iglesia camina hacia una mayor cohesión en el culto”. Y advierte que los pastores no deben alentar divisiones litúrgicas ni alimentar polémicas que, según él, “pueden ser instrumentalizadas con fines ideológicos”.
Una comunidad pequeña frente a una diócesis extensa
El obispo justifica la medida también en motivos pastorales. Señala que, en una diócesis con más de 210.000 católicos, el grupo que asiste a la Misa antigua es reducido. Por ello, considera necesario que el párroco, el padre Stephen Akers, concentre sus energías en atender a toda la comunidad, en lugar de mantener una celebración que implica recursos para un número limitado de fieles.
Según California Catholic Daily, esta comunidad reunía fieles de todo el norte de la diócesis, incluyendo familias numerosas, y mantenía un ambiente de hospitalidad fraterna tras la Misa dominical, con café y convivencia.
La liturgia, que se celebraba desde hace 17 años en el rito tradicional, contaba con un coro que interpretaba gregoriano, polifonía y cantos litúrgicos a cappella, acompañada ocasionalmente por órgano. Además, la comunidad sostenía a un seminarista propio, colaboraba con misiones en África y apoyaba iniciativas locales de caridad.
Los feligreses, además, habían invertido esfuerzos en restaurar la iglesia con sus vitrales originales, confesionarios góticos y Vía Crucis, llegando incluso a reponer el altar mayor y las barandillas de comunión retiradas décadas atrás. El templo ofrecía un ambiente de recogimiento, reverencia y oración.
Un último acto antes de su traslado a Austin
La supresión, que se hará efectiva el 13 de octubre, será efectiva en menos de un mes después de la publicación de la carta. La decisión llega además en un momento significativo: García fue designado recientemente como obispo de Austin (Texas), y este será uno de sus últimos actos de gobierno en la diócesis de Monterey y que la decisión se produzca justo antes de su traslado, representa una imposición final para dejar cerrada la cuestión en Monterey.
Parte de una tendencia más amplia en EE.UU.
El caso de Hollister no es aislado. Desde la promulgación de Traditionis custodes, numerosas diócesis en Estados Unidos han limitado o eliminado la Misa preconciliar. En Detroit, por ejemplo, varias parroquias recibieron la orden de trasladar la MTL a capillas no parroquiales.
Estas restricciones responden a la voluntad del papa Francisco de reducir los espacios para la Misa tradicional, al considerar que algunos grupos han hecho de ella un “uso ideológico” contrario al espíritu de comunión eclesial.
La decisión de Monterey se inserta así en un proceso más amplio que está transformando el panorama litúrgico estadounidense y que, para los fieles ligados a la tradición, representa una pérdida dolorosa de su vida espiritual comunitaria.
