El lunes conocimos que la Policía Nacional detuvo en Torremolinos a un sacerdote de Toledo, Carlos Loriente, con varias dosis de “tusi” o cocaína rosa, droga de diseño.Loriente viajaba en un coche alquilado acompañado de varios sudamericanos rumbo a lo que todo apunta era una orgía homosexual en el epicentro gay de la Costa del Sol. En el apartamento vacacional en el que se alojaba la policía halló una balanza de precisión, monodosis y juguetes sexuales.
Hasta aquí, la noticia. Pero lo verdaderamente revelador no es solo la detención. Lo decisivo es la identidad del detenido: Carlos Loriente, el mismo canónigo que fue director del Instituto Teológico San Ildefonso, vicario del clero, secretario de la visita pastoral, hombre de máxima confianza del arzobispo Cerro… y, sobre todo, el inquisidor que encabezó la persecución contra los sacerdotes de la Sacristía de la Vendeé.
El perseguidor de la Sacristía de la Vendeé
Conviene recordar los hechos. Un grupo de sacerdotes —entre ellos el padre Francisco José Delgado— mantenía un canal de YouTube en el que hablaban, con libertad y en tono distendido, de cuestiones eclesiales, literatura, filosofía, teología, Sagrada Escritura o liturgia. No se trataba de un aquelarre hereje ni de una conspiración: simplemente de curas hablando de cosas de curas, con mayor o menor acierto.
Un día, el padre Calvo cometió la imprudencia de decir que rezaba por que el Papa se fuera al cielo cuanto antes. Esa frase, para algunos desafortunada, para otros un acto de caridad, fue el pretexto perfecto para Loriente, que la aprovechó como ariete para lanzar una persecución despiadada contra todo el grupo, y en particular contra el padre Delgado. Desde entonces, Delgado y los demás sacerdotes de la Sacristía de la Vendeé han cargado con un estigma injusto, víctimas de un proceso inquisitorial dentro de la propia diócesis, mientras el censor recibía poder, cargos y honores.
La viga y la mota
Y ahora la verdad se abre paso con una crudeza bíblica. El inquisidor de YouTube era, en realidad, un hombre de doble vida, un homosexual desatado, capaz de meterse en un coche con cuatro chaperos, viajar a Torremolinos para una orgía gay y llevar consigo droga de lujo y penes de goma. El que se escandalizaba porque unos curas hablaran de actualidad eclesial, resulta que se movía en ambientes depravados que harían sonrojar hasta al cardenal Cocopalmerio.
Nuestro Señor lo había advertido en el Evangelio: siempre son los mismos, los que ven la mota en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
¿En qué manos estamos?
La pregunta es inevitable: ¿cómo pudo el arzobispo Cerro poner en manos de este personaje la dirección del clero, del Instituto Teológico, de la visita pastoral y del cabildo catedralicio? ¿Qué sabían en Toledo antes del estallido público? ¿Se actuó con transparencia o con encubrimiento? Y, más aún, ¿es este un caso aislado o la punta del iceberg de un problema mucho mayor: un virus de homosexualidad en el clero que nadie se atreve a reconocer?
Mientras tanto, los buenos sacerdotes —con sus defectos y sus debilidades, como todos— tienen que soportar la tiranía de quienes en cualquier otra institución no habrían pasado de becarios. Curiosamente, son esos sacerdotes fieles, como Francisco José Delgado, los que sufren persecuciones internas, mientras los pervertidos, los depravados y los corruptos ascienden a los puestos de mando.
