Es domingo 21 de septiembre, y por razones de trabajo me encuentro unos días en Madrid. El Valle de los Caídos se ha vuelto famoso por las eternas disputas que lo pretende ‘resignificar’, no entro en el tema, me limito a contar lo que he que vivido y animo a todos a vivirlo.
Mañana muy soleada, el fresco se va adueñando de Madrid y se siente mucho más en la montaña. Enfilo la A6, muy desierta como corresponde a un domingo, y mi primera sorpresa es la fila de coches para pasar el control de acceso al Valle. Solo hay un paso, y una persona, es evidente que a esas horas todos vamos a Misa. El sufrido guardián se disculpa, son órdenes, no se puede repetir lo sucedido la semana pasada de los carteles etarras colgados en la fachada; paciencia. Sin problemas para el aparcamiento y nos vamos a la Basílica.
El verde del enorme pinar y el trayecto que hay que realizar para ‘ascender’ a la Iglesia, ayudan a sentir algo especial. La enorme cruz que se ve desde la autopista se va agrandando y se va imponiendo. Subir la escalinata ayuda a poner un paréntesis entre el mundo exterior y algo sagrado. La Basílica se ve un poco abandonada, más de veinte cubos recogen el agua de las filtraciones, se controla el acceso con detector. Muy grata la presencia de jóvenes voluntarios de la abadía que te reciben con una sonrisa y te indican como acceder sin problemas. El largo espacio que hay que caminar hasta llegar a la zona de culto ayuda a sentirse en un lugar sagrado, la sobria y elegante decoración y el sonido del órgano que se va acercando.
El espacio es impresionante, por su majestuosidad y dimensiones, el enorme crucificado central se impone. El altar está preparado, las velas encendidas, la escolanía empieza a cantar y todo se llena de un silencio que invita a la oración. El espacio de bancos está a rebosar, hay mayores pocos, y muchas familias con muchos niños que se comportan de una forma ejemplar, se ve que están acostumbrados. En medio de las melodías se cruzan los lloros de bebes, algo que se ha perdido en nuestras iglesias. A mi derecha veo una familia que ocupa todo un banco, son siete, papá, mamá y tres niñas, algunas mozas y dos niños, uno más crecido. El adolescente hace de maestro de ceremonias con su hermana pequeña y le indica las posturas con cariño. No era un caso único.
La celebración impecable como corresponde a un monasterio benedictino, ya se sabe que en cosas de liturgia son la aristocracia imbatible. Dignísima la escolanía ajustada al ritmo de la celebración, credo tercero gregoriano muy seguido, se nota nivel en los jóvenes asistentes. La homilía como debe de ser, con contenido. Nos ha recordado que hay que llevar a todos al cielo y que evidentemente hay casos un poco complicados. No ha faltado la referencia a tres mártires, dos canonizados y un seminarista, siervo de Dios, cuyas reliquias reposan en el ‘inmenso relicario que es esta basílica’. Su fiesta se celebra hoy y, junto con San Mateo, han tenido un cumplido recuerdo.
La comunión como corresponde a lo vivido, creo que me quedo corto si digo que un 90%, quitando los niños, muchos se acercaban a recibir la bendición. Más sorprendente es que, prácticamente la totalidad de los presentes, lo han hecho de rodillas y en la boca; que hay que recordar, es la forma ordinaria de recibirla.
La salida una explosión de alegría, niños correteando, padres haciendo milagros para mantener el rebaño controlado. Un grupo de jóvenes, evidentemente hermanos, comentado que aquí tenemos una fotografía de papá cuando tenía dos años con los abuelos; ya se sabe, de tal palo… El complemento perfecto es una buena comida en la hospedería, gratísima, con reserva, muy concurrida, con terraza y con posibilidad de comida campestre. Lo dicho, un domingo perfecto, no es extraño que todo esto no guste nada y que todos los demonios anden sueltos. La Misa terminó con la oración, hoy muy necesaria, a San Miguel.
Pruébenlo y estoy seguro de que repetirán, a nadie le amarga un dulce.
