Retiro al monasterio de San Alejo y muerte de fray Lope de Olmedo en olor de santidad (1432 – 1433)

Retiro al monasterio de San Alejo y muerte de fray Lope de Olmedo en olor de santidad (1432 – 1433)

Pilar Abellán OV

 

Tras el fallecimiento de Martín V, su principal valedor, y las continuas presiones de su antecesor, Diego de Anaya, fray Lope de Olmedo dimitió de sus funciones como administrador apostólico de la Archidiócesis de Sevilla y volvió a Roma en 1432.

1.-Muerte de Martín V y dimisión de Lope como Administrador Apostólico de Sevilla

Vimos en la anterior entrega las dificultades que encaró fray Lope de Olmedo de los partidarios de Diego de Anaya y de él mismo, que discutió su nombramiento hasta el punto de intentar que lo excomulgaran. Junto a los problemas en Sevilla, el 20 de febrero de 1431 falleció su amigo y benefactor, el Sumo Pontífice Martín V.

Caymi narra que “Lope se entristeció sobremanera al conocer la muerte de Martín V; y en honor de los muchos favores que había recibido de él, ofreció a Dios varias veces el sacrificio de expiación por su gran alma, y ordenó a los sacerdotes, regulares y seculares de la Iglesia que le estaban encomendados que hicieran lo mismo: el mayor tributo de todos, que la gratitud de un hombre puede pagar al alma de un difunto que le ha beneficiado. Lope duró un poco más en el gobierno del arzobispado de Sevilla, pero finalmente, siempre deseoso de soledad, se liberó internamente de las ataduras de la administración, y envió la renuncia (se basa en Rossi p. 417; y Heliot tom. 3 part. 3 cap. 60), hecha en forma auténtica al papa Eugenio IV, que había sucedido a Martín V. El Pontífice recibió la renuncia (pp. 196 – 197) y en ella descubrió con su vasto discernimiento cuánto más digno de tal cargo era quien renunciaba a él por tan alta razón. Como Lope se viese aliviado de tan gran carga, llamó al Monasterio de San Isidoro a los Prelados de sus otros Monasterios españoles, y les recomendó con todo el ardor del espíritu la observancia monástica, la caridad, la paz y la ejemplaridad de costumbres”.

Hacemos un breve inciso para recordar que, en vida de Lope, los únicos monasterios que tuvo en Castilla fueron San Isidoro del Campo y San Jerónimo de Acela, ambos en la diócesis de Sevilla. Aunque Caymi parece estar bajo la impresión de que la orden de fray Lope tenía entonces ya otros monasterios en España, lo cierto es que las fechas de fundación de las otras cinco casas que llegó a tener son posteriores a su muerte.

José Antonio Ollero Pina [1] considera que, “probablemente, fray Lope de Olmedo todavía soportó el gobierno de la diócesis hasta los últimos meses de 1432. Sin embargo, como ya mencionamos en la anterior entrega, es posible que se marchara a Roma meses antes, a su monasterio de San Alejo y san Bonifacio, donde fallecería en abril de 1433. El dato histórico seguro es que no fue hasta el 16 de septiembre de 1433 que se declaró de nuevo la sede vacante en Sevilla y la Iglesia fue proveída en don Juan de Serezuela, Obispo de Osma y hermano uterino del condestable don Álvaro de Luna [2].

2.-La obediencia de Lope a la Iglesia en la figura del Sumo Pontífice

Ante la renuncia de fray Lope al cargo de administrador apostólico de Sevilla, es oportuno plantearse la pregunta de por qué, con una orden recién fundada y en expansión, el Papa pudo nombrar a fray Lope administrador apostólico de una diócesis, cargo que comportaba fuertes responsabilidades, a las que el pontífice añadió otras misiones; y cómo Lope aceptó tal misión.

La Orden monástica de fray Lope contaba entonces con pocos monasterios y tan sólo 5 años de existencia. Entonces, ¿cómo iba a hallar Lope tiempo para consolidar su orden en estos años críticos cuando había recibido tareas tan absorbentes? ¿No tenía el papa otros hombres de confianza para llevar a cabo las tareas encomendadas a Lope en Castilla y Portugal?

Parece ser que era una práctica habitual en la Iglesia del siglo XV que personas de confianza del papa fueran nombradas puntualmente para misiones difíciles; no es un caso único. Pero sorprende tal vez la aceptación de fray Lope quien, habida cuenta de la estrecha relación de amistad que le unía con Martín V, podía haber intentado “negociar” el nombramiento por el bien de su nueva orden. La hipótesis que planteo, y que mencionamos ya al tratar de la fundación de san Jerónimo de Acela, en Cazalla, es que el proyecto monástico de fray Lope no se desarrolló como él había previsto, principalmente como consecuencia de la obediencia de fray Lope a la Iglesia, en la figura del papa Martín V, que tenía sus propios planes para Lope y su orden. Creo que esta hipótesis queda demostrada en los textos que venimos presentando en los últimos meses, que recogen los acontecimientos a partir de 1425, cuando Martín V llamó a fray Lope a Roma para extender su proyecto monástico en Italia.

Ya explicamos, pero no está de más volver a insistir, que la obediencia es una virtud fundamental en la Iglesia y uno de los tres votos que profesan los religiosos. Además, San Jerónimo, cuyo monacato tanto se esfuerza en imitar y continuar fray Lope de Olmedo, insistió hasta tal punto en la obediencia que ésta es tratada en la Regla de san Jerónimo compilada por fray Lope de Olmedo en el primer capítulo. También san Jerónimo puso un énfasis muy explícito en la adhesión a la cátedra de Pedro. Por todas estas razones, y no sólo por su amistad personal y los favores que le debía, creo que se puede entender la aceptación por parte de fray Lope de Olmedo de las iniciativas de Martín V, aunque significaran cambios drásticos en sus propias ideas sobre la vida monástica.

3.- Últimos meses de la vida de fray Lope de Olmedo en el monasterio de San Alejo y San Bonifacio y traspaso (3 abril 1433)

Narra Norberto Caymi que “habiendo renunciado a la sede sevillana, emprendió la vuelta a Roma. Llegado con el favor del Cielo, tras un largo viaje por mar, al puerto de Civitavecchia, se valió de una vil embarcación (siguiendo en esto sus propias Constituciones – Observari omninò volumus, quod quum equitare nobis expediat. in afinis tantum equitemus. Statut Lup. in Bul I. Piis Votis) para terminar el resto de su viaje y llegó en humilde apariencia al Monasterio de San Alejo. Cuando por fin llegó allí, donde siempre habían estado fijos sus ojos y su corazón, entró inmediatamente en el templo, como acostumbraba, para dar las debidas gracias a Dios por su regreso sano y salvo; y después recibió los tiernos abrazos de sus religiosos, todos los cuales se llenaron de lágrimas al verle de nuevo después de tan larga separación.

Poco después, se presentó a los pies del Sumo Pontífice Eugenio, a quien dio cuenta de su gestión e imploró su patrocinio para él y para toda su Congregación. Aquel gran Sacerdote, a quien eran bien evidentes las excelsas cualidades de Lope, lo que había hecho en el ministerio de la Iglesia de Sevilla, y la heroica renuncia al mismo, le recibió con semblante afectuoso, elogiando su espíritu claustral, y le aseguró a él y a su Orden para siempre su asistencia y protección. Con lo cual, el Venerable Lope, contento de ser de buena medida, volvió a su Monasterio, con la más ferviente resolución de no abandonarlo nunca más hasta su muerte”.

Reproduzco extensas citas de la obra de Dom Norberto Caymi porque los últimos capítulos son de una gran belleza y adquieren un tono aún más panegírico. Es interesante aquí abrir un breve inciso para contextualizar la obra, publicada en 1754, y entender el porqué de este carácter panegírico. Debemos para ello remontarnos al año 1600, fecha de la primera publicación de la “Historia de la Orden de San Jerónimo” de fray José de Sigüenza OSH, prior del monasterio de El Escorial. Es tal el número no sólo de imprecisiones y faltas a la verdad en la crónica de Sigüenza en todo lo referente a fray Lope de Olmedo, sino también las lecturas en negativo de su obra monástica y los comentarios maliciosos (en definitiva, la damnatio memoriae), que todo parece indicar que los jerónimos de fray Lope, que aún tenían 20 monasterios en Italia – mientras en España ya habían sido absorbidos por la OSH – se sintieron obligados a responder, para poner en valor la vida y obra de fray Lope. Y eso fue lo que hizo Dom Pío Rossi, abad general de la Orden de los Monjes Ermitaños de san Jerónimo fundada por Lope de Olmedo, publicando en la primera mitad del siglo XVII la obra “Vida del Reverendísimo y Venerable Padre fray Lope de Olmedo, monge professo del Real Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe”, obra de la que se conservan diversos ejemplares en la Biblioteca Nacional de España.

La obra de Rossi queda así claramente contextualizada. Pero la pregunta siguiente es, ¿por qué y para qué escribió Dom Norberto Caymi un siglo más tarde otro libro, “La vita del Venerabile Lupo d´Olmeto”, basada principalmente en la obra de Rossi, cuando ésta tenía solamente un siglo de existencia y era plenamente vigente? Y aquí nos topamos con un hecho de nuevo muy interesante: la publicación de esta obra de Caymi coincide en el tiempo con otras publicaciones sobre la Orden fundada por fray Lope de Olmedo escritas por el abad general de su tiempo, Dom Felice Maria Nerini. ¿Por qué? Porque, al parecer, en el siglo XVIII se desató una intensa controversia sobre cuál era la primera de las órdenes religiosas bajo el patrocinio de san Jerónimo que se había fundado, lo cual explica esta literatura que reivindica el ser la primera o verdadera de todas ellas.

Volviendo a los últimos meses de la vida de fray Lope de Olmedo en el monasterio de san Alejo y san Bonifacio en Roma, veamos qué dice Caymi al respecto.

El capítulo IX de su libro III narra los rigores de penitencia de Lope en el Monasterio de San Alejo con estas palabras: “Cuando el Venerable Lope se hubo reunido en su Monasterio, y se retiró a un lugar donde pudiera conversar con Dios a sus anchas, se entregó a los ejercicios de penitencia (Rossi), recordando siempre que había acudido allí para alimentarse continuamente del pan del dolor. No había nada en él, ni una sola palabra, que no inspirase austeridad, que no mostrase mortificación. El amor de Dios era la guía de todas sus acciones; y la llama, que ardía constantemente en su corazón, se manifestaba también al mundo exterior a través de ellas. La adoración y la contemplación, que son el pasto vital del alma, fueron, como en el pasado, su mayor freno.

Frecuentemente arrebatado por el dolor de sus faltas, incluso las más leves, cometidas en su juventud, no podía contener el torrente de lágrimas que brotaba de sus ojos (Rossi). Su ayuno duraba casi todo el año, pero con mayor severidad desde las calendas de noviembre hasta Pascua, y todos los viernes tenía por costumbre ayunar, según lo que había proscrito en sus Constituciones y se establece en los primeros estatutos de la Orden, recogido también en la bula de institución, Piis Votis Fidelius. A pesar de que, por compasión natural hacia sus religiosos, les permitía comer carne cuando estaban enfermos, débiles o decrépitos, siempre se abstenía de hacerlo, no obstante: con ello instruía a quienes presiden las comunidades religiosas para que ejercieran la caridad hacia sus súbditos y evitaran cualquier comodidad particular. La mayor parte del tiempo dormía sobre tablas desnudas, y a veces sobre un poco de paja, con el único fin de dar descanso a sus cansados miembros. Bajo su áspera camisa de lana escondía un cilicio más áspero y espinoso (Rossi; también Heliot, tomo 3)” [3].

Gran amante de la reclusión– continúa Caymi-, nunca salía de su monasterio, salvo cuando algún caso de extrema necesidad le obligaba a salir. Lope invitaba a sus monjes a estos nobles ejercicios de penitencia”. Caymi resume así las palabras de Lope a sus religiosos (Lupus en Epil. ad Mart. V): «Aunque la forma de vida que tenemos en la actualidad es algo más estricta que en el pasado, sin embargo, y para dar cuenta de nuestras faltas, y para seguir los pasos de nuestro Santo Padre Jerónimo, es conveniente que actuemos de esta manera. Porque, ¿qué diremos de nosotros mismos, después de que el mismo Santo Padre Jerónimo se llamara a sí mismo árbol infructuoso, al pie del cual ya se ha puesto el hacha para cortarlo? No bastaría ciertamente esta penitencia, ni otra diez veces mayor, para cancelar nuestros pecados, si nuestro beatísimo Redentor Jesucristo no hiciese uso de su misericordia para con nosotros, y no apreciase, por su suprema gracia, el poco bien que hacemos en satisfacción del mucho que le es debido. Y aunque aquellos religiosos, cuya manera de vivir hemos dejado atrás (OSH), lleven una vida más suave, no es de extrañar, pues sus acciones siguen siendo rectas, y debemos juzgar que son aceptables a Dios y santísimas a sus ojos. Por eso dice Cristo en la Casa del Padre Eterno que nos están preparadas diferentes recompensas; y el Apóstol nos da a entender que uno de esta manera y otro de aquella otra pueden agradar a Dios. Nosotros, siendo más culpables, y por tanto merecedores de mayor castigo, debemos practicar nuestra Regla monástica con nuestras Constituciones, confirmándonos, en cuanto podamos, en la vida de nuestro Santísimo Legislador San Jerónimo».

“De este modo – indica Caymi-, hablaba Lope del vivo deseo que había en su corazón de hacer santos a sus religiosos. Así los animaba si estaban cansados, los vivificaba si estaban tibios, los corregía si eran culpables, pero todo esto lo hacía con la mayor dulzura y amabilidad; y siempre los prevenía generosamente en las prácticas de penitencia, que les exigía.

Por lo dicho hasta aquí como prueba de la conducta tan rígida de Lope en el Monasterio de San Alejo al final de sus días, cualquiera puede fácilmente ver si es conforme a lo que Sigüenza dice de él; pareciera que, antes de morir, Sigüenza quisiera castigar a Lope de alguna manera, diciendo que perseveró en su Orden santamente, aunque con mucho menos rigor que cuando empezó” (Sigüenza, tom. 2, lib. 3, cap. 8). A lo que Caymi responde: “(Sigüenza) comienza con un elogio, como es habitual, para que el dardo que lanza en su reproche tenga mayor impacto”.

Dejamos hablar a Caymi en el capítulo X de su libro III: “Fueron los duros y mortificantes modales con los que trataba a su propio cuerpo” los que aceleraron su final, puesto que su cuerpo “no pudo resistir más la fuerza de los mismos, y llegó a enfermar gravemente” (según Rossi, Vit. Lat. Cap. 20). Pero el generoso atleta – relata Caymi-, incluso en su juventud acostumbrado a tolerar constantemente cualquier incomodidad y enfermedad, regocijándose en su miserable estado, daba la impresión de que era más fuerte cuando estaba más vencido por la enfermedad. Finalmente, la gravedad de su enfermedad le advirtió que ya no necesitaba permanecer en la tierra, y con lágrimas ardientes y suspiros suplicó a Dios que lo llamara de vuelta de este doloroso exilio, para poder disfrutar una vez más de su bendita presencia. Para ello pidió con gran humildad ser dotado de los Santísimos Sacramentos de la Iglesia; y los recibió con esa devoción y con ese recogimiento que cualquiera puede imaginar de un hombre completamente elevado en Dios. En un acto de gran tristeza, le rodearon sus Monjes, a los que con tanto amor y tanta dificultad había regenerado al Cielo; a los que se dirigió rogándoles que no se entristeciesen ni pagasen su pasaje; porque esto le retrasaría en cierto modo la ansiada Bienaventuranza, y perturbaría su tranquilidad y placidez de ánimo.

Después de esto encomendó su familia a Dios, al Padre san Jerónimo, y a los allí congregados, a quienes dejó el cuidado, y el gobierno de los Monasterios (algún tiempo antes de su muerte Lope había renunciado al gobierno del Monasterio de S. Alejo, al cual fue puesto en su lugar el P. Enrico di Voachtendonk, alemán, como se menciona en el Catálogo de los Abades de S. Alejo escrito por el abad Nerini, “De Temp. & Coenob. SS. Bonif & Alex. Hist. Monum. Cap. 20”, y en el Apéndice), encargando a sus conciencias la observancia de la Regla y de las Constituciones, de las que dependía la subsistencia de la Religión en su primer y más decoroso estado.

De lo contrario, su negligencia y las faltas cometidas en su oficio habrían sido la causa fatal de la caída de la Religión: de modo que tendrían que dar cuenta muy estricta de ella en el Juicio; según lo que ya habían inculcado en las mismas Constituciones. En este medio Lope levantó los ojos al Cielo, que anhelaba impaciente, y expiró. La muerte de este hombre justo tuvo lugar el 3 de abril de 1433 (legible con claridad en la lápida, aunque Lorenzo Alcina yerre y diga 13 de abril) a la edad de 63 años, ocho años después de la fundación de su propio Instituto. Su cadáver, tras correspondientes ceremonias, fue enterrado por los monjes en su Iglesia de San Alejo y honorablemente depositado cerca del altar mayor de dicha Basílica, donde aún hoy se conserva”.

Estamos citando las palabras textuales de Caymi, que agrega un dato muy valioso: “Nuestro Padre Abad D. Jacopo Muttoni, digno hombre de fe, que gobernaba el Monasterio de S. Alejo en la época en que la Iglesia estaba siendo restaurada, movido por santa curiosidad, habiendo deseado con otros monjes ver el cuerpo de Venerable Lope, me atestiguó que los preciosos huesos del Beato, junto con su cabeza entera, estaban guardados en una urna de piedras cocidas y mortero de cal unidos; la urna estaba pintada de manera similar, según la costumbre de la época, para distinguir a los que habían muerto en olor de santidad. No contentos con esto, los piadosos discípulos, deseosos de legar a la posteridad un monumento estable del amor y la veneración que sentían por su Maestro y Padre, quisieron sellar su tumba con una gran piedra en medio relieve que representara toda su imagen revestido con una sencilla cogulla y con esta inscripción alrededor:

HIC IACET REVERENDUS IN XPO PATER FR. LVPPVS DE OLMETO NACION ISPAVS. RESVSCITATOR ET REFORMATOR AC PRIMVS GENERALIS PREPOSITVS ORDINIS MONACHORVM HEREMITARVM SCI IERONIMI. PRIORQVE HVIVS MONASTERII QUI OBIT DIE III APRILIS A.D. MCCCCXXXIII. PONT. DNI EVGENII PPE. IIII ANNO TERTIO.

(Aquí yace el Reverendo en Cristo Padre fray Lope de Olmedo, nación hispánica, resucitador y reformador y primer prepósito general de la Orden de los monjes ermitaños de san Jerónimo, y prior de este monasterio, quien falleció el día 3 de abril del año del Señor 1433, año tercero del pontificado del papa Eugenio).

“Este epitafio – narra Caymi-, tan apropiado al sujeto cuyo nombre lleva, y que expresa con la más sucinta verdad lo que hizo, es llamado por el P. Sigüenza “no muy modesto” (tomo 2 libro 3 cap 8). Que, si es tal, será juzgado por cualquiera que, después de haber leído la “Vida”, venga a observarlo. Pero es el título de Reformador, que contiene el Epitafio, el que no pudo tragar el Historiador (así se refiere siempre Dom Norberto Caymi a fray José de Sigüenza). Y de esto me reservo hablar en otra parte”.

Éstas son las últimas palabras de Caymi sobre la vida de fray Lope. Reflejan la tensión y el celo por restituir la buena memoria de Lope ante las palabras injuriosas que el P. Sigüenza le dedicó en su Historia de la Orden de San Jerónimo y la controversia sobre la originalidad y antigüedad de los diversos institutos religiosos bajo la advocación de san Jerónimo.

En su importante artículo publicado en la revista Yermo en 1964, Lorenzo Alcina relata que fray Lope recibió culto de beato por lo menos en algunos monasterios de su Congregación de la Observancia. Así, por ejemplo, en el de San Savino, en la italiana Placencia, existía una imagen suya, “diademate coronata”, con la siguiente inscripción: “Beatus Frater Lupus de Olmeto, praepositus generalis”, que el abad Rossi mencionó en su obra.

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[1] Ollero Pina, José Antonio: «La caída de Anaya. El momento constructivo de la Catedral de Sevilla (1429-1434)», en Jiménez Martín, Alfonso (ed.): La piedra postrera. V Centenario de la conclusión de la Catedral de Sevilla. Vol. II, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2007, pp. 129-178.(pp. 159 y ss).

[2] Pineda Alfonso, J. A., 2015. “EL GOBIERNO ARZOBISPAL DE SEVILLA EN LA EDAD MODERNA (SIGLOS XVI-XVII” Tesis doctoral, Universidad de Sevilla.

[3] P. Helyot & Bullat, Histoire Des Ordres Monastiques Religieux Et Militaires, Et Des Congrégations Séculières, 1721.

[4] El P. Heliot en su Historia de las órdenes religiosas tom. 3. part. 3 ch. 60 ha omitido la palabra Heremitarum en esta inscripción. El mismo P. Heliot en el lugar antes mencionado, en lugar de colocar el día III en la inscripción, ha colocado el día XIII.

[5] En el Epitafio del P. Sigüenza al final del capítulo 8 del libro 3 tom. 2 de la Historia de la Orden, tiene como error el año 1444.

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