Decía Chesterton, con su habitual genialidad, que el catolicismo es la religión del vino, la cerveza y la carne, mientras que el protestantismo parece preferir el agua, el té y las galletas secas. Algo de razón debía tener, aunque quizá se quedaba corto. Porque la diferencia entre católicos y protestantes a la hora de enfrentar los placeres cotidianos de la vida —comida, bebida y sexo— no es meramente gastronómica, sino teológica.
Para el protestante clásico, heredero espiritual de Lutero y Calvino, la sospecha hacia el placer es prácticamente una obligación. El mundo y sus deleites parecen ser una trampa diseñada por el demonio para distraer del camino recto hacia la salvación. La comida debe ser frugal, la bebida moderada hasta el extremo de la abstinencia, y el sexo… bueno, si hay que hacerlo, será con austeridad germánica, poco frecuente y con cierta culpabilidad puritana.
El católico, sin embargo, entiende estas realidades de manera radicalmente distinta. El mundo, creado por Dios, es bueno, aunque caído. Las cosas materiales son regalos divinos que se deben disfrutar con gratitud y alegría. La comida no es solo nutrición, es celebración y comunión; la bebida no solo sacia, sino que también alegra el corazón, como señala el salmista. Y el sexo, dentro del matrimonio, no solo es permitido, sino bendecido, sagrado y, sí, placentero sin remordimientos.
Por eso, en las tierras católicas florecen las fiestas patronales con abundantes banquetes, vinos generosos y bailes hasta el amanecer, mientras que en las tierras protestantes —sobre todo las puritanas— florecen más bien las dietas rigurosas, los horarios estrictos y los sermones advirtiendo sobre el pecado de cualquier exceso.
Curiosamente, esta diferencia ha derivado históricamente en resultados algo paradójicos. Los católicos, acusados durante siglos de decadentes y relajados, han mostrado una saludable resistencia al exceso represivo. Los protestantes, obsesionados con la virtud puritana, han terminado demasiadas veces en la hipocresía moralista, el escándalo escondido y una visión negativa del cuerpo y sus funciones naturales.
En definitiva, frente al sombrío puritanismo protestante, el catolicismo ofrece un humanismo alegre que entiende que la santidad no consiste en evitar la alegría, sino en ordenarla correctamente. Ni desenfreno ni ascetismo patológico, sino gratitud festiva por los dones de un Dios que creó el mundo para que fuera disfrutado con mesura, belleza y alegría.
Después de todo, Cristo inauguró su ministerio en unas bodas, multiplicando un excelente vino en abundancia. Para escándalo de cualquier puritano.