Por Robert Royal
La Eneida de Virgilio —el poema épico sobre la fundación de Roma que prácticamente toda persona culta en Occidente ha leído desde la época de Cristo— contiene un verso que ha desconcertado a muchos lectores. Eneas desciende al inframundo. Ve a las almas malvadas siendo castigadas, a los buenos disfrutando de los Campos Elíseos (una especie de cielo), y un desfile de los futuros héroes que traerán la gloria a Roma. Una figura, en particular, es impactante (y frustrante para el estudiante que intenta descifrar el latín): tu Maximus ille es, unus qui nobis cunctando restituis rem (“Tú eres, Fabio Máximo, quien solo con su demora restauró la República”). Fabio Máximo fue un legendario general que, mediante tácticas prudentes de demora, derrotó al temible líder del ejército cartaginés, el mayor enemigo de Roma: Aníbal.
No solemos pensar que la demora sea una forma de ganar guerras —ni de ganar nada, en realidad. Y es inusual ver a los romanos —que justo en tiempos de Jesús conquistaban brutalmente donde les apetecía— elogiando a un maestro de la sutileza militar. Cuando el Cunctator (“el que demora”) asumió el mando, un gran número de tropas romanas acababan de ser aplastadas en la batalla de Cannas, y muchos creían que Roma debía rendirse ante Cartago. Pero Fabio Máximo revitalizó la ciudad e inició una larga campaña de desgaste, evitando grandes batallas con escasas probabilidades de éxito, pero corroyendo poco a poco al enemigo en múltiples escaramuzas menores. El ejército cartaginés colapsó con el tiempo.
La historia de Roma es desconocida para la mayoría hoy en día. Pero todo esto me ha rondado la mente al pensar últimamente en el Papa León y lo que probablemente será un largo pontificado. Las especulaciones al respecto ya resultan tediosas y van desde el desánimo hasta el optimismo. Sin embargo, algo ya podemos ver con claridad: no es un hombre de grandes batallas frontales, por más que muchos —incluyéndome— desearíamos acciones rápidas y contundentes.
Es claramente un tipo “Fabio Máximo”. El efecto acumulativo de muchas acciones pequeñas será lo que determine el rumbo de la Iglesia en las próximas dos décadas y decidirá si Ella podrá, lentamente, avanzar contra las muchas fuerzas —internas y externas— que buscan, seamos francos, destruirla.
Siempre he creído que el Papa no necesita convertirse en una especie de “bombero global”, interviniendo en lo que el mundo considera los Asuntos Realmente Importantes. (La reciente propuesta vaticana de una solución de dos Estados en Israel, por ejemplo, no solo plantea una imposibilidad, sino que es un mal uso de la autoridad moral de la Iglesia en un terreno donde no posee mayor visión ni influencia que nadie más.)
Desde luego: hay que condenar la guerra, desalentar la violencia armada (sin pretender tener una solución mágica al problema de los tiroteos en una nación armada como EE.UU.); acoger al extranjero (sin convertirlo en política migratoria); cuidar la Creación, advertir sobre los riesgos de la inteligencia artificial. Pero la acción central —y el Papa León lo ha reiterado— es encontrar a Jesucristo y vivir en Su bondad y Su verdad.
Alimentar y cuidar al pueblo de Dios, e invitar a los de fuera a entrar en el redil —por conversión y pasos diarios de arrepentimiento— es tarea más que suficiente para cualquier Papa. No mediante suicidios políticos al estilo de la “diversidad” y la “inclusión”.
Hasta hace unos días, tenía esperanzas de que el Papa León lo entendía.
Después del desastre del Jubileo LGBT de este fin de semana, también tengo dudas.
Primero, vimos el espectáculo de P. James Martin anticipándose con una interpretación conveniente de las opiniones del Papa sobre las personas LGBT y la Iglesia. Dijo que “escuchó” a León decirle que continuara su ministerio en la línea alentada previamente por el Papa Francisco.
Como estadounidense, el Papa León debe saber que este tema ha sido motivo de división durante décadas, no solo bajo el pontificado de Bergoglio. En 1976, el Call to Action de Detroit (Robert Prevost tenía 21 años entonces) ya agitaba por: sacerdotes casados y mujeres sacerdotes, comunión para divorciados sin anulación, cambios en la enseñanza sobre la homosexualidad, y mayor participación laical en el gobierno de la Iglesia. Como dijo un poeta francés: “Todo cambia, salvo la vanguardia.”
Casi medio siglo después, excepto por: pronunciamientos confusos de Francisco (tímidamente, en una nota al pie) sobre la comunión para los vueltos a casar y otras situaciones “irregulares”; el vago “acoger” y “acompañar” a personas LGBT sin modificar abiertamente la doctrina; la interminable saga de las “diaconisas”, que no ha llevado a ningún lugar; y el prolongado embrollo de la sinodalidad… ¿qué ha cambiado? El dique tiene grietas y podría colapsar fácilmente, pero hasta ahora se mantiene.
El Papa León no se reunió personalmente el fin de semana con el contingente LGBT del Jubileo que desfilaba por Roma reclamando aceptación eclesial. Es imposible pensar que no se lo hayan propuesto.
El P. Martin, maestro de una campaña de desgaste constante —ampliada por los medios de comunicación que convierten cualquier ambigüedad eclesial en supuestas victorias progresistas—, ofreció por adelantado la excusa de que Ucrania, Gaza, Myanmar ocupaban ya la agenda del Papa. Pero, si realmente lo deseara, el Papa podría haber concedido un breve encuentro a un grupo que apoya.
Pero tampoco hizo otras dos cosas —pequeñas, pero necesarias—:
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No declaró que cualquier “acogida” a personas LGBT debe darse bajo la indivisa tradición moral que nos llega de Moisés a Jesús, san Pablo, san Agustín, santo Tomás de Aquino, san Alfonso María de Ligorio, Newman, san Juan Pablo II, Benedicto y tantos otros.
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No evitó —aunque el calendario oficial del Jubileo cambió varias veces al respecto— que el evento LGBT, claramente promovido por los sospechosos habituales dentro del Vaticano, tuviera lugar.
No hay eventos jubilares para ladrones, adúlteros o mentirosos. ¿Por qué sí para quienes celebran públicamente inclinaciones y conductas que la Iglesia enseña como objetivamente desordenadas? ¿A menos que, con su silencio, León quiera alinearse con quienes buscan una revolución moral dentro de la Iglesia?
Quisiera pensar que no fue su intención. Pero esa es la situación en la que ahora se ha colocado.
Estas son fallas graves. Y sabemos que grandes Papas como san Juan Pablo II y Benedicto también lucharon por contener a las fuerzas heterodoxas en la Iglesia. En este caso, León pudo haberlas bloqueado con las tácticas pequeñas que prefiere. Porque lo que está en juego es enorme: nada menos que plantar cara a las fuerzas anticristianas del mundo, proteger Roma… y protegernos a todos.
Acerca del autor:
Robert Royal es editor en jefe de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C. Entre sus libros más recientes se encuentran The Martyrs of the New Millennium: The Global Persecution of Christians in the Twenty-First Century, Columbus and the Crisis of the West y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.
