Cuando el Papa fue a Westminster

Cuando el Papa fue a Westminster

Por Stephen P. White

Hace quince años, en este mismo mes, el Papa Benedicto XVI se convirtió en el primer pontífice en realizar una visita de Estado al Reino Unido. (Juan Pablo II había hecho una visita pastoral en 1982.) Fue un acontecimiento histórico, tanto para la Iglesia Católica en el Reino Unido como para el propio país. Casi cinco siglos después de que Enrique VIII rompiera con la Iglesia, el Obispo de Roma era recibido por la Reina en Holyroodhouse, acogido por el arzobispo de Canterbury en Lambeth e invitado a dirigirse a líderes y dignatarios británicos en Westminster Hall, el mismo lugar donde san Tomás Moro fue juzgado y condenado 475 años antes.

El acto central de la visita del Papa fue la beatificación de John Henry Newman en Birmingham. Naturalmente, Newman tuvo una presencia destacada en los diversos discursos y homilías que pronunció el Papa durante todo su viaje. Vale la pena volver a algunas de esas intervenciones de Benedicto, no sólo porque la reciente decisión del Papa León XIV de declarar a Newman doctor de la Iglesia las hace especialmente oportunas, sino porque las palabras de Benedicto, profundamente inspiradas por Newman, han ganado en relevancia con el paso del tiempo.

En su homilía para la Misa en la catedral de Westminster, el Papa Benedicto subrayó el entusiasmo de Newman por un laicado sólido y bien formado, y por la responsabilidad que todos los bautizados comparten en la misión de la Iglesia. Lo citó con estas palabras:

Quiero un laicado que no sea arrogante, ni imprudente al hablar, ni pendenciero, sino hombres que conozcan su religión, que se adentren en ella, que sepan exactamente dónde están, que sepan lo que creen y lo que no, que conozcan tan bien su credo que puedan dar razón de él, que conozcan lo suficiente de historia como para poder defenderlo.

Desde esta perspectiva, los fieles laicos son indispensables, no sólo para la Iglesia y su misión, sino también para la sociedad en su conjunto. Son el medio principal por el cual la Iglesia actúa como levadura en todos los ámbitos de la vida social y civil. La visión de Newman, observó Benedicto, encuentra un eco en las enseñanzas del Concilio Vaticano II, especialmente en Lumen Gentium.

Y esa visión del laicado se complementa con lo que Benedicto llamó la “visión profundamente humana del ministerio sacerdotal” de Newman.

En su discurso ante los líderes y dignatarios en Westminster Hall, Benedicto estableció el vínculo entre el apostolado de los laicos y un clero sano y vigoroso. De hecho, insistió en que la esencia de la vocación sacerdotal se vuelve más clara cuando la vocación laical se vive con fidelidad y celo.

Recemos, entonces, para que los católicos de esta tierra tomen cada vez más conciencia de su dignidad como pueblo sacerdotal, llamado a consagrar el mundo a Dios mediante vidas de fe y santidad. Y que este aumento del celo apostólico venga acompañado de una efusión de oración por las vocaciones al sacerdocio ordenado. Porque cuanto más crece el apostolado laical, más se siente la necesidad de sacerdotes; y cuanto más se profundiza el sentido de vocación del laico, más resalta lo propio del sacerdote.

Esta reciprocidad entre las vocaciones laical y clerical dista mucho del enfoque de suma cero –tan común en algunos sectores de la Iglesia hoy en día–, que parece incapaz de imaginar la relación entre laicos y clero si no es en términos de poder.

Una mentalidad similar amenaza también la vida pública y cívica. Como tanto Newman como Benedicto comprendían, tratar la relación entre fe y razón como una competencia excluyente es empobrecer ambas.

Y aquí llegamos al corazón del discurso de Benedicto en Westminster Hall: “La cuestión central es esta: ¿dónde se encuentra el fundamento ético de las decisiones políticas?”

¿Cómo puede una sociedad –especialmente una sociedad pluralista como la del Reino Unido– aspirar a responder las preguntas políticas fundamentales excluyendo la luz de la fe en nuestras deliberaciones sobre cómo debemos vivir juntos? “Si los principios morales que sustentan el proceso democrático están determinados por nada más sólido que el consenso social”, advirtió Benedicto, “la fragilidad del proceso se vuelve demasiado evidente; ahí radica el verdadero desafío para la democracia.”

El Papa argumentó que la tradición católica sostiene que “las normas objetivas que rigen la acción justa son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación.” En consecuencia, el papel de la Iglesia no es imponer esas normas a la comunidad política como si no pudieran provenir de otra fuente, sino “purificar” y “arrojar luz” sobre el modo en que el debate racional debe buscar, descubrir y aplicar los principios morales objetivos. La religión cumple una función “correctiva” en el ejercicio de la razón.

De manera significativa, Benedicto también insistió en que “las distorsiones de la religión surgen cuando no se presta suficiente atención al papel purificador y estructurante de la razón dentro de la religión.” En su defensa de la interdependencia mutua entre fe y razón en Westminster Hall, el Papa no mencionó a Newman por su nombre, pero resulta difícil pensar que no lo tuviera muy presente.

Y hay quienes argumentan –paradójicamente con la intención de eliminar la discriminación– que los cristianos en cargos públicos deben, en ocasiones, actuar contra su conciencia. Estas son señales alarmantes de una falta de aprecio no sólo por los derechos de los creyentes a la libertad de conciencia y religiosa, sino también por el papel legítimo de la religión en el ámbito público.

Ojalá se hubiera escuchado la advertencia del Papa.

En el Reino Unido de hoy, puedes ser arrestado por un tuit políticamente incorrecto. O por rezar en silencio demasiado cerca de una clínica abortista. La razón, desligada de la fe religiosa que debe corregirla, desciende a la absurda inhumanidad. ¿Qué puede corregir tales absurdos?

Hace quince años, Benedicto, a través de Newman, ofreció una respuesta firme: “Un laicado que no sea arrogante, ni imprudente al hablar, ni pendenciero, sino hombres que conozcan su religión, que se adentren en ella, que sepan exactamente dónde están, que sepan lo que creen y lo que no.”

Recemos por esa levadura.

Acerca del autor:

Stephen P. White es director ejecutivo de The Catholic Project en la Universidad Católica de América y miembro del Ethics and Public Policy Center en estudios católicos.

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