Por David G. Bonagura, Jr.
Consideremos las vidas paralelas de Juan y de Pedro. Ambos tienen tres hijos, viven en las afueras de la ciudad y viajan a diario al centro para trabajar. Juan es agnóstico e indiferente a lo religioso. Pedro es católico practicante; asiste a Misa cada domingo y reza a diario.
Los dos hacen esencialmente lo mismo cada día. ¿Hay una diferencia sustancial entre sus vidas, dado que uno tiene fe y el otro no?
El lunes, ambos quedan atrapados en el tráfico. En el trayecto, Juan escucha las noticias; Pedro, el podcast de La Biblia en un Año. Ambos llegan tarde y contrariados. Pedro, que ha escuchado Mateo 11 en el coche, reza para que Dios aligere las cargas que conlleva llegar tarde al trabajo.
Ya en sus escritorios, abren el correo electrónico. Cada uno recibe un mensaje de su jefe asignándole una tarea odiosa. Ambos se molestan. Pedro pregunta a Dios por qué lo está poniendo a prueba. Luego, aunque aún inquieto, murmura un silencioso “hágase tu voluntad” y se pone manos a la obra.
Durante una pausa, cada uno se topa con un compañero de trabajo exasperante, con el que no desea hablar. Ambos despachan rápidamente a su interlocutor y se alejan. Pedro se da cuenta de inmediato de que ha sido grosero. Pide perdón a Dios y decide confesarse el sábado.
A la hora del almuerzo, comen en sus escritorios, cada uno con su fiambrera. Pedro hace en silencio la acción de gracias y la señal de la cruz antes de comer.
El día termina y ambos regresan a casa. Las carreteras están despejadas; cada uno llega de buen humor. Pasan de inmediato al “modo papá”: uno lleva a un hijo a entrenar, al otro a los scouts, recoge al primero, cena, sale de nuevo a buscar al segundo, limpia la cocina, revisa la tarea de un hijo y ve quince minutos de deportes en la televisión. Agotado, Juan se despide de sus hijos y cae rendido. Igual de cansado, Pedro reúne a su familia para rezar juntos un misterio del rosario. Pedro se queda dormido en la silla, con el rosario en la mano.
Llega el martes. Juan se levanta a las 6:00. Pedro, a las 5:45. Este último dedica quince minutos a la oración junto a su cama antes de comenzar el día.
¿En qué es distinta la vida de Pedro? ¿Es “mejor” que la de Juan, si hacen las mismas cosas, viven la misma vida familiar y afrontan las mismas pruebas?
Juan tiene una esposa maravillosa, hijos sanos, amigos y un buen empleo. Sin embargo, todo esto son notas discordantes en una cacofonía. No tienen ni sentido ni propósito. A veces se siente abrumado. En los pocos momentos de silencio, se pregunta qué está haciendo con su vida. Las cosas van bien, pero no tienen sentido. Avanza como puede: no hay otra opción. Los años se acumulan y se pregunta cuántos le quedan. Tiene metas terrenales para sí mismo y sus hijos. Centrarse en ellas le evita pensar en cuestiones más grandes y más inquietantes.
La fe católica permite a Pedro ver realidades que Juan no puede. Pedro sabe que Dios está siempre presente junto a él. Sabe que sus bendiciones vienen de Dios y le da gracias; sabe que las pruebas que recibe son para hacerlo crecer, y trata de aprender de ellas. Su vida no es fácil, pero comprende que Dios ha querido su existencia para muchos fines, incluso cuando no entiende lo que Dios pretende en la mayoría de las situaciones. Pero saber que Dios está al mando le da tanto propósito como sentido de aventura: dondequiera que vaya y cuando regrese, Dios tiene preparado un nuevo conjunto de circunstancias. En sus mejores momentos, Pedro sonríe al imaginar que forma parte de una gran película épica de acción cuyo final desconoce.
Pedro también agradece tener algo que Juan no tiene: estructura y responsabilidad moral. Las leyes de Dios, expresadas en los Diez Mandamientos y desarrolladas en sus múltiples dimensiones en el Catecismo de la Iglesia Católica, le indican con claridad lo que debe hacer y lo que debe evitar. Como Pedro ama a Dios, no ve estas leyes como una carga desagradable, sino como un don que le ayuda a mantenerse en el camino recto. En los últimos años ha aprendido, a través del Catecismo, lo que es la virtud: cómo hacer el bien, más allá de simplemente evitar el mal. También ha aprendido, gracias a podcasts católicos, a imitar a Cristo: a descubrir que en el sacrificio de sí mismo es donde se encuentra a sí mismo. Esto último le resulta muy difícil, y falla a menudo. Sin embargo, su esfuerzo ha mejorado su actitud en las tareas del hogar y su relación con su esposa.
Por último, Pedro tiene un amigo más que Juan: tiene a Jesucristo. Pedro habla con Jesús durante el día, en su corazón. Estas conversaciones han profundizado su deseo de participar en el sacrificio de Jesús en la Misa dominical y luego unirse a Él en la Sagrada Comunión. Sus oraciones en los minutos posteriores a comulgar son las más sencillas y auténticas que ofrece en toda la semana:
“Señor Jesús, te amo. Ayúdame. Ayúdame a amarte, a amar a mi familia y a hacer tu voluntad. Te amo, Jesús. Ayúdame.”
Nuestra cultura propone que “tenerlo todo” equivale a ser feliz. Pedro quizás no lo tenga todo, pero tiene más que Juan. No obstante, hoy en día, más adultos eligen imitar a Juan: se niegan a confiar en lo que no pueden ver con los ojos. La falta de confianza es fatal para la vida y para las relaciones. No es de extrañar, entonces, que las generaciones jóvenes reporten niveles alarmantes de ansiedad y depresión.
En el Credo niceno profesamos nuestra fe en todo lo visible y lo invisible. Cuando aprendamos a confiar en que las cosas invisibles de Dios son más reales que las visibles, estaremos en el camino de la verdadera felicidad. Es decir, estaremos en el camino de la salvación en Cristo.
Hoy juzgar “estilos de vida” no está bien visto, pero me atreveré: la vida de Pedro es mejor que la de Juan.
Acerca del autor
David G. Bonagura, Jr. es autor, más recientemente, de 100 Tough Questions for Catholics: Common Obstacles to Faith Today y traductor de Jerome’s Tears: Letters to Friends in Mourning. Profesor adjunto en el Seminario de St. Joseph y en la Catholic International University, es editor de religión de The University Bookman. Su web personal aquí.
